El 11-S bajo sospecha: Las preguntas que Washington nunca quiso responder

Veinticinco años después, el 11-S vuelve a ocupar un lugar incómodo en la política estadounidense. No porque hayan aparecido pruebas concluyentes que permitan afirmar que los atentados fueron organizados por el propio gobierno norteamericano —esa afirmación sigue sin estar demostrada— sino porque comienza a resultar cada vez más difícil sostener que la historia del 11-S puede reducirse a la narración simple de un ataque exterior que tomó completamente por sorpresa al aparato de seguridad más poderoso del planeta.

Tucker Carlson es uno de los protagonistas más visibles de este cambio. Lo significativo no es solamente lo que afirma actualmente, sino el reconocimiento de que él mismo se equivocó al descalificar durante años las preguntas de quienes cuestionaban determinados aspectos de la versión oficial. En The 9/11 Files, Carlson vuelve sobre aquellas preguntas y desplaza el centro de gravedad de la discusión: ya no se trata necesariamente de quién «derribó las Torres», sino de qué sabía el aparato de inteligencia estadounidense antes del atentado, qué información circulaba entre sus agencias y por qué determinadas señales no fueron convertidas en acciones preventivas.

Ese desplazamiento es políticamente mucho más importante que cualquier teoría conspirativa.

Hoy sabemos que existieron advertencias previas. Y las nuevas desclasificaciones de la CIA conocidas en estos días vuelven a poner el problema sobre la mesa: documentos de inteligencia muestran advertencias reiteradas sobre las intenciones de Osama bin Laden y Al Qaeda, incluida información que señalaba la posibilidad de ataques dentro de Estados Unidos. La cuestión, entonces, no es inventar retrospectivamente una conspiración, sino explicar por qué un Estado que disponía de información relevante no logró impedir el ataque.

Ahí aparece una diferencia fundamental entre una investigación crítica y una teoría conspirativa. Una cosa es demostrar que existieron fallas de inteligencia, disputas burocráticas, información compartimentada, advertencias ignoradas y posteriores operaciones de encubrimiento o clasificación documental. Otra, muy distinta, es convertir esos hechos en una prueba de que el gobierno estadounidense organizó deliberadamente los atentados. La primera cuestión posee abundante material documental. La segunda requiere pruebas que no han sido establecidas.

La misma cautela debe aplicarse a Israel.

Carlson ha avanzado hacia la hipótesis de que sectores israelíes pudieron haber tenido conocimiento previo de los atentados. Ha mencionado, entre otros elementos, a los ciudadanos israelíes detenidos después del 11-S y las investigaciones del FBI sobre posibles actividades de inteligencia. Pero incluso dentro del material presentado por el propio Carlson aparece una distinción decisiva: las investigaciones no demostraron que aquellos individuos conocieran anticipadamente los ataques.

Por eso resulta imprescindible separar conocimiento previo, espionaje, negligencia, encubrimiento, complicidad y autoría. Son categorías diferentes y no pueden convertirse unas en otras mediante inferencias políticas.

Lo que sí puede analizarse seriamente es algo mucho más amplio: qué actores estatales pudieron beneficiarse políticamente de las consecuencias del 11-S y cómo esas consecuencias transformaron la estructura del poder estadounidense.

El atentado permitió una extraordinaria expansión del aparato de seguridad: Patriot Act, vigilancia masiva, fortalecimiento de los organismos de inteligencia, guerras permanentes, tortura, Guantánamo, intervención en Afganistán e Irak y una expansión sin precedentes de la infraestructura securitaria. La propia historia posterior de la CIA incluye el escándalo de las torturas y la utilización de inteligencia defectuosa para justificar la invasión de Irak.

Aquí aparece la verdadera dimensión política del problema.

No hace falta demostrar que el Estado estadounidense organizó el 11-S para demostrar que el 11-S transformó profundamente al Estado estadounidense.

Y esa diferencia es crucial.

Carlson, desde la derecha nacionalista, está llegando a un territorio que durante décadas fue ocupado principalmente por la izquierda antiimperialista: la crítica al aparato de seguridad, al intervencionismo militar y a la utilización de amenazas externas para ampliar el poder estatal.

La paradoja es enorme. Una parte de la derecha que durante décadas defendió el poder militar estadounidense comienza ahora a preguntarse si ese mismo poder mintió, ocultó información o utilizó una tragedia para impulsar una agenda geopolítica previamente deseada.

El fenómeno también debe ser leído a la luz de los actuales alineamientos internacionales. La guerra de Gaza, el creciente cuestionamiento de la relación entre Washington e Israel y las guerras de Medio Oriente modificaron una parte del imaginario político de la derecha estadounidense. Carlson es uno de los ejemplos más visibles de ese desplazamiento. Investigaciones recientes señalan precisamente cómo su posición sobre Israel y el 11-S se fue modificando en paralelo con el creciente rechazo dentro de sectores conservadores estadounidenses al apoyo incondicional de Washington a Israel. En el inicio Tucker Carlson revisa su posición inicicial sobre el 11S y no es el único analista que lo está haciendo ante la falta de evidencia y en perspectiva, a la luz de los actuales alineamientos geopolíticos.

Esto no convierte a Carlson en un analista de izquierda ni transforma automáticamente sus hipótesis en verdades. Pero sí revela una fractura dentro del campo político estadounidense.

La pregunta histórica ya no es solamente qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001.

Es también qué ocurrió después.

Quién ganó poder. Quién ganó contratos. Qué instituciones se expandieron. Qué libertades fueron restringidas. Qué guerras fueron justificadas. Qué información permaneció clasificada. Qué actores fueron protegidos. Y, sobre todo, cómo una tragedia que produjo un enorme trauma social fue convertida en una plataforma para una transformación radical del Estado y de la política exterior estadounidense.

Desde una perspectiva de poder, esa es una pregunta mucho más profunda que la obsesión por encontrar una «conspiración».

Porque incluso si mañana ninguna de las hipótesis más extremas de Carlson pudiera demostrarse, permanecería intacto el interrogante fundamental:

¿Cómo pudo el aparato de inteligencia más poderoso del mundo recibir durante años advertencias sobre la amenaza de Al Qaeda, no impedir el mayor atentado de su historia y, después, utilizar esa tragedia para construir un orden político, militar y securitario completamente nuevo?

Ese interrogante no pertenece al terreno de la conspiración.

Pertenece al terreno de la historia del poder. En el inicio Tucker Carlson revisa su posición inicicial sobre el 11S y no es el único analista que lo está haciendo ante la falta de evidencia y en perspectiva, a la luz de los actuales alineamientos geopolíticos.

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Con el contexto disponible, el eje de Tucker Carlson sobre el 11-S es bastante más interesante políticamente que la simple etiqueta de «teoría conspirativa».

Carlson está haciendo un giro respecto de su propia posición anterior: reconoce que durante años atacó a quienes planteaban dudas sobre la versión oficial y ahora sostiene que algunas de esas preguntas eran legítimas.

El núcleo de su planteo

En The 9/11 Files, Carlson no afirma simplemente que «todo fue una operación falsa». Su argumento central es que el Estado estadounidense no contó toda la historia, que hubo información de inteligencia previa que no fue adecuadamente utilizada y que posteriormente el 11-S fue utilizado para justificar una transformación profunda del Estado norteamericano.

Entre las cuestiones que plantea aparecen:

  • el conocimiento previo de sectores de inteligencia sobre integrantes de Al Qaeda;
  • el programa Able Danger y los intentos de transferir información antes del atentado;
  • las fallas de la CIA, el FBI y otras agencias;
  • la escasa disponibilidad pública de determinadas imágenes del ataque al Pentágono;
  • interrogantes sobre la investigación oficial;
  • la utilización del 11-S para justificar Afganistán, Irak, vigilancia masiva, tortura y expansión del aparato de seguridad.

Hay además un punto especialmente importante: Carlson está intentando desplazar la discusión desde «¿quién derribó las Torres?» hacia una cuestión institucional mucho más difícil de descartar: ¿qué sabía el aparato de inteligencia estadounidense, cuándo lo sabía y por qué no actuó?

Eso permite hacer un análisis político serio sin aceptar automáticamente todas sus conclusiones.

La cuestión de Israel

En paralelo, Carlson ha planteado públicamente que Israel pudo haber tenido conocimiento previo de los atentados, pero ha aclarado que eso no equivale a afirmar que Israel haya organizado el 11-S. Esa distinción es fundamental.

Aquí conviene ser particularmente riguroso: conocimiento previo, negligencia, infiltración de inteligencia, complicidad y autoría son hipótesis completamente diferentes. No deberían mezclarse.

Lo políticamente más relevante

Desde una perspectiva de poder, el aspecto más interesante del fenómeno Carlson es otro.

El 11-S produjo una enorme recomposición del Estado estadounidense: Patriot Act, expansión de la vigilancia, crecimiento de los organismos de inteligencia, guerras permanentes, privatización de funciones militares y de seguridad, tortura y una extraordinaria expansión del aparato imperial.

Por eso resulta significativo que Carlson, desde la derecha nacionalista estadounidense, termine cuestionando precisamente la utilización política del atentado por el establishment de Washington.

Su tesis más fuerte no necesita demostrar que el gobierno estadounidense «organizó» el atentado. Basta una pregunta mucho más incómoda:

¿Cómo pudo el aparato de seguridad más poderoso del planeta acumular tantas señales de alerta y, al mismo tiempo, producir después una narrativa que permitió expandir extraordinariamente su propio poder?

Ahí el 11-S deja de ser solamente una discusión sobre conspiraciones y pasa a ser una discusión sobre Estado, inteligencia, imperialismo y reproducción del poder de clase.

Y hay una paradoja política muy potente: Carlson está haciendo desde la derecha una crítica del Estado profundo que durante décadas fue patrimonio de sectores de la izquierda antiimperialista estadounidense.

Esto conecta directamente con la línea de análisis sobre imperialismo estadounidense, guerras de Medio Oriente, Israel y la transformación del Estado después del 11-S. El punto interesante sería analizar dónde Carlson aporta elementos documentales y dónde su relato pasa de la crítica institucional a hipótesis que todavía no están demostradas.

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