De la desaparición y exterminio de estudiantes secundarios en septiembre de 1976 al intento de femimagnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner en 2022, la historia argentina vuelve a colocar una pregunta incómoda en el centro de la escena: ¿qué sucede cuando el adversario político deja de ser concebido como un sujeto de derechos y comienza a ser pensado como un obstáculo que debe ser eliminado? La Noche de los Lápices y el atentado contra Cristina no son episodios equivalentes ni responden al mismo contexto histórico, pero pueden leerse dentro de una problemática común: la violencia como instrumento para clausurar la disputa política. En 1976, esa lógica fue llevada hasta el extremo por el terrorismo de Estado y la desaparición física. En 2022, el intento de asesinato de la principal dirigente de la oposición mostró que la violencia política podía volver a alcanzar el cuerpo de un adversario como forma extrema de supresión. Entre ambos acontecimientos se abre una cuestión que excede la memoria: qué condiciones sociales, políticas y culturales permiten que el adversario vuelva a ser construido como un enemigo cuya eliminación aparece como posible.

Los testimonios de los sobrevivientes de La Noche de los Lápices no reconstruyen solamente una serie de secuestros y torturas. Exponen el funcionamiento de un sistema represivo que convirtió a adolescentes en enemigos políticos, utilizó la tortura como método de disciplinamiento y transformó la desaparición forzada en una forma de castigo que se prolongó mucho más allá del cautiverio.
En septiembre de 1976, estudiantes secundarios de La Plata fueron secuestrados por fuerzas represivas de la última dictadura. Tenían entre 14 y 17 años. Algunos habían participado de reclamos estudiantiles por el boleto escolar y de actividades políticas y sociales. Esa condición bastó para que fueran incorporados a la categoría de la “subversión” que la dictadura utilizaba para justificar la persecución.
Los sobrevivientes describieron el paso por centros clandestinos como el Pozo de Arana y el Pozo de Banfield, donde fueron sometidos a golpes, picana eléctrica, interrogatorios y condiciones de cautiverio destinadas a destruir física y psicológicamente a los detenidos.
Pero el elemento central de estos testimonios no es solamente la brutalidad individual de los represores. Es la existencia de una estructura organizada de deshumanización. Los adolescentes dejaron de ser considerados estudiantes, hijos, compañeros o ciudadanos: fueron convertidos deliberadamente en “subversivos”. Esa clasificación permitía invertir la relación entre víctima y victimario y presentar el crimen estatal como una supuesta operación de seguridad.
El relato de Emilce Moler, una de las sobrevivientes, resulta particularmente revelador porque permite reconstruir desde el interior de los centros clandestinos la dimensión cotidiana de esa violencia. La tortura no era un episodio excepcional: constituía un mecanismo sistemático de interrogación, castigo e intimidación. El cuerpo era utilizado como territorio de disciplinamiento.
También aparece en los testimonios una dimensión todavía más profunda: la desaparición como tortura extendida en el tiempo. Pablo Díaz explicó que la desaparición no termina con el secuestro ni siquiera con la muerte de la víctima. Mientras no existan verdad, restos y reconocimiento oficial, el sufrimiento continúa para las familias. El desaparecido permanece atrapado en una ausencia que el Estado produjo deliberadamente.
Por eso, la memoria de La Noche de los Lápices no pertenece solamente al pasado. Su significado histórico reside también en mostrar qué ocurre cuando el Estado elimina las garantías jurídicas, construye enemigos internos y transforma la diferencia política en una amenaza que debe ser exterminada.
50 años.
Ni olvido ni perdón pic.twitter.com/bLPiD6lFcw— H.I.J.O.S. Capital (@hijos_capital) September 16, 2026
A cincuenta años de aquellos hechos, los testimonios de los sobrevivientes siguen cumpliendo una función decisiva: poner palabras allí donde la dictadura quiso imponer silencio. La memoria no reconstruye solamente quiénes fueron secuestrados. Reconstruye también el mecanismo mediante el cual una sociedad puede ser llevada a aceptar que determinados seres humanos dejan de tener derechos.
La lección histórica de La Noche de los Lápices es, precisamente, que la democracia no comienza únicamente con el voto: comienza cuando nadie puede ser convertido en enemigo del Estado por sus ideas, su militancia o su voluntad de organizarse.
Esa lección se olvió y el 1 de setiembre de 2022 volvió la práctica de supresión física del adversario político por parte de los sectores dominantes, práctica que está en los fundamentos de las desapariciones y asesinatos producidos, también en setiembre, pero de 1976.