Perón no inventó a la clase trabajadora ni le regaló sus derechos. Su liderazgo fue posible porque los trabajadores irrumpieron como fuerza social y política, desafiando los privilegios de las clases dominantes.
La infancia de Juan Domingo Perón y su contacto con el mundo rural ayudan a comprender su formación. Pero el nacimiento del peronismo no se explica por la biografía de un hombre, sino por una transformación histórica: la industrialización, las migraciones internas y la emergencia de una clase trabajadora que ya no aceptaba vivir sin derechos ni representación política.
El Estatuto del Peón, el aguinaldo y las vacaciones pagas modificaron las relaciones entre capital y trabajo. No fueron concesiones gratuitas: expresaron una nueva correlación de fuerzas, en la que los trabajadores conquistaron derechos y obligaron al Estado a intervenir en un orden social organizado alrededor de los intereses patronales.
Perón fortaleció a los sindicatos y reconoció a los trabajadores como sujetos políticos, mientras procuraba contener el conflicto social dentro de un proyecto de conciliación de clases. Los trabajadores avanzaron en derechos y participación, pero no se abolió el poder económico de los propietarios.
La clave histórica no es lo que Perón concedió, sino lo que los trabajadores conquistaron y la fuerza social que fueron capaces de construir.
Recordar a aquel pibe llamado Perón significa, entonces, reconocer a los hombres y mujeres que con la lealtad como andamiaje estructural, hicieron posible su liderazgo y finalmente comprender que ninguna conquista popular es irreversible cuando cambia la relación de fuerzas.
Porque el peronismo nació cuando los trabajadores dejaron de ser mano de obra subordinada y se convirtieron en protagonistas de la política argentina.
Hace pocos días atrás se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Juan Domingo Perón. Siempre se dio como fecha de nacimiento oficial el 8 de octubre de 1895 en Lobos. Un estudio histórico revisionista con fuerte asidero rectifica esa fecha: 7 de octubre de 1983 en Roque Pérez.
A los efectos de este trabajo, lo que importa es descubrir a través de citas, anécdotas y reflexiones al primer Perón, a ese pibe y luego jovencito, sumergido en una Patagonia tan inmensa como agreste, tan desolada como atrayente. Allí se forjará su espíritu y su carácter, su temple y su entereza ante la adversidad. Elementos que le servirán para su futura carrera militar y su rol de líder de masas.
Me valgo de dos libros para ello. Uno casi desconocido titulado “Perón. Luz y sombras. 1893-1946” editado en Barcelona por Letras e Imágenes en 2004 y cuyo autor es Joan Benavet. El otro es: “Las memorias del General” de Tomás Eloy Martínez, publicado por Planeta en 1996.
Bueno, ahí vamos:
Dice el mismo Perón: “Cierta noche, antes de acostarnos, mirábamos por la ventana el campo inmenso, interminable, sumergiéndose dentro de un azul sepulcral como un abismo. La voz de mi padre, cortó el hermetismo de las sombras. ¿Saben por qué en el campo la soledad es más grande que el horizonte? Porque el general Roca asesinó a los únicos seres humanos de esta llanura”.
“Por fin, en 1908 se instalaron los Perón en una finca de su propiedad, bautizada al año siguiente como ‘La Porteña’ –en recuerdo de otra ocupada en Lobos, donde Mario había empezado a recuperarse de su tuberculosis-, comprendiendo el terreno cuatro leguas rotuladas con alambre divisorio en la zona de Sierra Cuadrada, a casi 200 kilómetros de Comodoro Rivadavia”.
“El territorio pintaba como un mundo ancho y ajeno, donde el entorno y la forma de las cosas se desvanecía en sorprendentes remolinos de viento, argamasando arbusto, polvo y arena. De repente y en una misma jornada, invierno y verano podían mezclarse con sofocantes calores, que cedían el paso al frío más intenso y viceversa”.

La madre de Perón: Juana Sosa.
“En ese confín de la tierra, sin luz eléctrica ni agua corriente, aprovechar la claridad del día cuando el sol estaba alto era vital asunto. Recién entonces la higiene a fondo dejaba de ser una quimera congelada por la escarcha, y que sólo con el auxilio de baldes calentados por el fuego de leña permitían lavar ropa y calzado. Sin el vigor de sus rayos, el rigor del frío se tornaba implacable, obligando a invernar cuando la nieve blanqueaba los caminos”.
“Así, las glorias del paisaje chocando con la soledad, las privaciones y el riesgo de la vida cotidiana, determinaron en el pequeño Perón de comienzos de siglo un proyecto de hombre contradictorio, modelado entre horizontes libres y espacios cerrados, entre los que aún las tempranas reflexiones no habían cultivado a fondo el germen de su gran ambición”.
“En 1904, Chankaike nos regaló su peor invierno. La hacienda fue diezmada y mi padre se curó de sus ansias de libertad y de su vocación por alejarse de todo lo que no fuera campo abierto. Sin embargo, creo que toda la familia recibió en la Patagonia una lección de carácter. Yo doy gracias a Dios por eso: he comprendido que esos cinco años en los que se formó mi subconsciente ejercieron una influencia favorable sobre el resto de mi vida”.
Juan Domingo Perón con su hermano Mario Avelino.
“Yo siempre tuve perros ovejeros, porque en la Patagonia un perro vale más que un peón. Para sacar del monte las ovejas, que son salvajes, un peón a caballo no sirve. Se necesita un perro. Por eso se tienen muchos. Yo también tenía galgos, para cazar guanacos y avestruces. Y de los caballos, ni se hable… Para alguien que, como yo, ha andado por el desierto, el caballo es parte de la vida (…) Además los perros han dejado en mi vida un recuerdo indeleble: un quiste hidatídico, calcificado en el hígado”.
“En el largo peregrinaje del matrimonio hacia los confines de la civilización, se combinaron ciertamente dos proyectos. Uno era el de Juana, a quien favorecía la distancia de los poblados como sinónimos de prejuicio. Ser patrona de chacras en ese medio le quedaba grande a una descendiente de indios. En cambio, su naturaleza de mando –armonizando el autoritarismo con el hechizo de la gracia- podía campear sin dificultades en escenarios aislados, donde la virtud y la capacidad de realización cuentan decisivamente en la lucha por sobrevivir”.
“Sin duda, en este período agreste de su infancia, Juana, que como buena tehuelche lo amamantó durante sus cinco primeros años llevándolo consigo a todas partes en un pequeño cajón con ruedas, tornó a ser una gran figura emblemática. La habilidad desplegada para encontrar, sin apenas leer y escribir, un marido de clase social superior, administrando con carácter y astucia las relaciones familiares y laborales en la hacienda y el vecindario, debió ser un espectáculo digno de verse”.
“Juana –como reconoce el hijo- se daba maña para realizar los principios de equilibrio social que Mario enunciaba, y era la primera en echar una mano a gente en dificultades, ayudando en los partos y en las curaciones de cualquier dolencia, gracias a las sabias enseñanzas de doña Mercedes Toledo, la ‘abuela inmemorial’. Con este salvaconducto y una sonrisa invariable, ganaba respeto y autoridad ante todos”.

Yerra ‘Mario Perón’ en Camarones. Chubut.
“En su vejez, el exiliado recordaría ese tramo de su infancia como el más añorado. Allí se sentía libre tomando mate en la cocina, con peones que aligeraban con chanzas y divertidas historias, la fatiga de la jornada laboral; o bien cabalgando bajo el azote de las ventiscas y los resplandecientes colores del cielo polar, mientras boleaba bichos entre los médanos arenosos de un paisaje agreste”.
“Acompañándose por perros fieles y algún amigo, se tornó experto, tanto en resguardarse del temido zarpazo del mítico puma patagónico como de avanzar usando el rifle, o bien las boleadoras en la caza de avestruces y guanacos”.
“Aquel grupo de peones nos acompañó durante los primeros años de la estadía en la Patagonia. Eran como de la familia, y yo los trataba como a tíos. Nunca se los consideró peones en el sentido peyorativo que los argentinos dieron a esa palabra durante tantos años. Hay que reconocer, también, que se trataba de gente magnífica; en su infinita humildad cabía una grandeza que no me fue fácil encontrar luego en gente más evolucionada. Por eso cuando llegué al gobierno, les dediqué mi primer pensamiento. En 1945, los peones de campo vivían en un régimen medieval: para arrancarlos de esa ignominia, preparé el Estatuto del Peón apenas ocupé la Secretaría de Trabajo”
“Juancito rastreaba con paciencia las huellas dejadas por las pasturas de la manada hasta dar con su paradero. Dispuesto para el ataque, ejercitaba el ladino arte de las pistas falsas, destinadas a marear al guanaco jefe, desconcertándolo con un desbarranque de piedras o bien mediante nubes de polvo que le provocaban el sobresalto y la captura. Perón contó luego que la táctica de las pistas falsas para vencer al enemigo, representó su primera estrategia de militar nato”.

Dice Perón que una vez llegado a Buenos Aires para estudiar… “El cambio fue tremendo: de la libertad absoluta en medio de la cual le agradaba vivir a mi padre, pasé a una disciplina escolástica que debía transformarme y transformar mi vida. Al principio eso fue muy duro, pero resultó una gran escuela para la formación de mi carácter, forjado en las duras condiciones de la Patagonia, donde la lucha contra el frío representaba un esfuerzo casi sobrehumano. Ahora no era el frío ni los pumas que rondaban las ovejas lo que había que vencer, sino exigencias estudiantiles que eran a menudo más engorrosas y difíciles”.
“Su imagen de jinete cabalgando en el viento y boleando bichos, se había transmutado en la de un atildado alumno con la cartera llena de útiles, textos del grado y las célebres plumas ‘cucharita’”.
Contado por él mismo: “Concurría a clase por las mañanas y, mientras vivía con mis tías arriba, casi todas las noches me escapaba a la planta baja a jugar al ‘truco’ con los encargados del colegio. Fue para mí una época muy feliz…”
“Si antes la felicidad era tomar mate con los peones y oír sus historias, ahora consistía en jugar a las cartas con los conserjes que aseaban la escuelita, y que de seguro tenían nuevas historias que contarle. A Juancito le fascinaba la gente de la planta baja porque allí se pisaba firme. Sin duda alguna el contacto con la sencillez de la experiencia popular formaba ya entonces parte de una estructura que jamás cambió”.

Perón y su amor por el caballo. Portada de la revista ‘Mundo Peronista’. Año 1952.