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Il Manifesto

Italia es el país de Europa en el que los salarios han perdido más poder adquisitivo, el indicador económico que mide la brecha entre las clases altas y las clases bajas de la sociedad se encuentra entre los más altos, el número de hogares amenazados por la pobreza aumenta cada año a diferencia del resto de la Unión Europea (UE), y también este, nuestro país [Italia], es el país en el que gobierno se ha centrado durante cuatro años en medidas represivas dirigidas a la protesta, sin querer o no saber hacer nada para apoyar los ingresos y el empleo.

A menudo nos hemos preguntado por qué, precisamente en Italia, la calma social aún no había estallado a pesar del sufrimiento de capas cada vez más amplias de la población, la insostenibilidad de la vida en las ciudades y la expulsión de los centros históricos,  la carestía de la vida, los alquileres prohibitivos, la degradación de los servicios públicos: escuela, transporte, salud. Sobre todo cuando observamos lo que estaba sucediendo en los países vecinos, con el papel principal desempeñado por estos mismos jóvenes que, aquí, podrían parecer resignados. Pero, de hecho, no lo estaban, tanto que las manifestaciones italianas a favor del pueblo palestino de Gaza, el año pasado, fueron las más importantes de las habidas.

La represión y las diversas bonificaciones, el palo y la zanahoria, no lo explican todo. Detrás de esta relativa calma se escondían ciertamente otros factores, como la moderación sindical (récord negativo de horas de huelga), la resistencia –bien o mal– de las redes familiares de ayuda mutua, así como la capacidad de crear confusion del gobierno y su máquina de comunicación, que desviaron la ira de los penúltimos hacia los últimos. Hacia las personas migrantes invasoras, los maranzas matones [referencia a las maras –bandas– de América Central], las y los jóvenes en general, especialmente los que se preocupan por el futuro: en otras palabras, los ecoterroristas atacados gracias a las circunstancias penalizantes y a la definición de nuevos delitos. Así que hemos llegado a un punto en el que el tapón salta.

Son chicas y chicos muy jóvenes los que lo hacen saltar, pero salta para todos y todas. Así, de repente descubrimos un país en plena efervescencia, con estudiantes que luchan por sus escuelas y universidades, agricultores y transportistas que se rebelan contra un gobierno supuestamente amigo, cientos de conflictos en curso en los lugares de trabajo, una huelga general a la vista. No es solo el Gobierno el que se da cuenta de ello de repente, viendo derrumbarse sus esperanzas de una paz electoral a costo cero (cero como los recursos disponibles para la última ley de finanzas, el último presupuesto), sino también la oposición, sorprendida en un debate en el que se mira al ombligo sobre su liderazgo [¿quién debe dirigir la coalición electoral: Elly Schlein del Partido Demócrata o Giuseppe Conte del Movimiento 5 Estrellas?].

No es casualidad que la señal de alarma sea dada por estos jóvenes que Giorgia Meloni había identificado desde el principio como una amenaza, desde el primer decreto anti-rave party hasta la interminable serie de decretos sobre seguridad. Y hoy, Meloni, sigue con el mismo impulso: si la primera respuesta del gobierno a las manifestaciones del fin de semana (18-19 de octubre) fue conceder más dinero y más armas a las fuerzas del orden, ¡la segunda ahora consiste en apuntar a los manifestantes las bayonetas de los soldados que patrullan en las calles para vigilar a los carteristas!

Así que, aquí está, la amenaza. Son las y los jóvenes excluidos del bienestar los que brillan ante sus ojos; jóvenes de segunda y tercera generación guetizados como cuerpos extraños mientras que, ahora que la generación del invierno demográfico de la década de 2010 llega a la adolescencia, también constituyen, numéricamente, un elemento decisivo del futuro del país.

¿Han sido violentos? Ciertamente, tal vez incluso en formas que pueden resultar contraproducentes, y ciertamente han resistido con más vigor que antes a los aparatos de represión desplegados en las calles.

Pero aquí, la señal de alarma se dirige a todos los comentaristas escandalizados y a los que hacen listas de buenos y malos. ¿No se han dado cuenta de hasta qué punto fue violento el anuncio oficial de que ya no hay espacio para todos en la clase, según el cual las y los compañeros extranjeros serán separados de las y los italianos? ¿En qué mundo pacífico y no violento viven estos caballeros tan bien establecidos? Evidentemente no en aquel en el que la ostensible masacre de Gaza llena nuestros días, en el que los cuerpos de los migrantes reaparecen en el mar y donde la culpa recae en ellos que se lo buscaron o los que intentaron rescatarlos [los barcos humanitarios y sus tripulaciones], en el que los drones en Ucrania matan, en vivo, a civiles mientras líderes y militares anuncian la guerra a nuestras puertas, en el que la reivindicada brutalidad de las milicias de Trump ni siquiera perdona a los niños. Todos estos comentaristas están dispuestos a llamar la atención sobre los vídeos de los manifestantes cuando se trata de burlarse de algunos selfies, pero olvidan de cuántas imágenes sangrientas se compone cada día la política de los adultos. Y qué educación se deriva inevitablemente de ello.

Lo que estamos presenciando, ahora también en Italia, es sobre todo una respuesta a la violencia de la marginación y las desigualdades, una violencia que se dirige principalmente a las y los más jóvenes. Es una respuesta no organizada pero cargada de sentido político: la escuela, los ingresos, la vivienda, el futuro: solo hablan de eso, aunque esta respuesta no esté en la agenda política de las oposiciones.

https://www.europe-solidaire.org/spip.php?article80094

Traducción: satorzulogorria

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Fatto Quotidiano.

Diroberto Rotunno

Generaciones cada vez más pobres que las anteriores, un ascensor social fuera de servicio y un gobierno que no ha sabido volver a ponerlo en marcha. Por el contrario, algunas de sus medidas incluso han agrabado la avería. Este es el contexto social, entre otros factores, el que sirve de telón de fondo a los episodios de violencia y enfrentamientos que hemos presenciado durante varios días en Italia. Esta no es necesariamente la única explicación, pero crea un clima propicio.

Las cifras del Istat (Istituto nazionale di statistica) publicadas hace unos días son claras: el 12,6 % de los hogares cuyo cabeza de familia es menor de 35 años viven en la pobreza absoluta. Esto representa un aumento con respecto al 11,6 % de 2024 y un aumento más marcado respecto a antes de la pandemia, cuando esta cifra era del 9,7 %. En otros grupos de edad, hay una ligera disminución o cifras estables.

En los últimos años, el empleo ha aumentado especialmente entre los mayores de 50 años, en particular debido al endurecimiento de las condiciones de acceso a la jubilación. La tasa de desempleo es del 20,3 % entre la población laboral menos de 24 años y del 9,7 % entre la de 25 a 34 años, frente al 3,6 % de ld de 50 a 64 años. En cuanto a los salarios, el 48,5 % de la gente menor de 35 años tienen una renta anual inferior a 15 000 euros (datos del INPS-Istituto Nazionale della Previdenza Sociale). La movilidad social está estancada: entre las personas nacidas entre 1980 y 1994, el 27,1 % tiene un nivel de vida inferior al de sus padres.

“No se dice que la inestabilidad social se deriva del aumento de las desigualdades y la pobreza, pero a lo largo de la historia, estos dos fenómenos a menudo se han correlacionado”, explica Salvatore Morelli, profesor de economía en la Universidad Roma Tre y miembro del Foro Disuguaglianze Diversità. Y añade:

Hoy la juventud sufre dos formas de desigualdad: la desigualdad económica, que hace que cada generación se enfrente a un mercado laboral menos favorable que el de la generación anterior, y la desigualdad de reconocimiento, de consideración. ¿Hasta qué punto se les escucha poco? ¿Cuántos de ellos estudian y trabajan sin tener derecho a la ciudadanía? ¿Hasta qué punto se criminaliza su disidencia?

 

Los acontecimientos de los últimos días muestran a adolescentes que se preparan para entrar en el mundo laboral, pero que perciben la precariedad dentro de su familia, convirtiendo así su frustración en ansiedad y bajas expectativas. “Italia – explica Salvatore Morelli – está experimentando un estancamiento de los ingresos; los patrimonios están aumentando, a diferencia de los ingresos”. “Las condiciones económicas”, añade, “tienden a cristalizarse de generación en generación, lo que reduce la movilidad social”. Es difícil emanciparse, independizarse, con un solo salario, lo que favorece a quienes viven en hogares con un patrimonio sólido. El perfil típico de la pobreza se ha invertido: “Antes, estaba asociada al Sur y a las personas mayores de 65 años; hoy, está ganando terreno entre las y los migrantes y la juventud, especialmente en el Norte”, señala el economista. “En 2000, las familias cuyo cabeza de familia tenía entre 19 y 30 años tenían un ingreso medio similar al de los mayores de 65 años; hoy, la diferencia es muy grande a favor de los mayores de 65 años”. Cuanto más joven se es, más riesgo de encontrarse en una situación de pobreza, que es hereditaria. El gobierno de Giorgia Meloni lo ha convertido en motivo de sanción, suprimiendo ayudas como la renta de ciudadanía precisamente a las familias más jóvenes, a las parejas sin hijos o cuyos hijos ya son mayores de edad.

Las y los jóvenes de la edad de los protagonistas de los enfrentamientos de los últimos días perciben esta situación como un freno, un obstáculo a sus aspiraciones. Una ira difícil de canalizar porque los jóvenes son menos numerosos en términos demográficos y en términos de peso electoral. Por lo tanto, son menos escuchados: “han contribuido menos al cambio climático -nota Morelli- pero lo sufren más. Cuando hablamos de las y los jóvenes, nunca hablamos de sus sueños, aspiraciones o frustraciones; se les acusa de actuar mal y con poca continuidad”.

ESSF

Traduccion: satorzulogorria