Ambos países firmaron un memorando para finalizar la guerra, pero la ofensiva de Israel en Líbano puede hacerlo fracasar. La guerra que prometió ganar en dos días fue un salvavidas de plomo para Trump. El acuerdo firmado entre Estados Unidos e Irán representa específicamente un intento de cerrar una guerra que resultó más costosa y prolongada de lo que esperaba la administración de Donald Trump. Sin embargo, su estabilidad depende de factores que exceden a los dos firmantes. El principal obstáculo es el papel de Benjamin Netanyahu y la continuidad de las operaciones israelíes en el sur del Líbano.
El memorando establece el cese de hostilidades, la apertura de una negociación de 60 días y compromisos vinculados al programa nuclear iraní, el levantamiento parcial de sanciones y la seguridad en el estrecho de Ormuz. A cambio, Washington habilitó temporalmente exportaciones petroleras iraníes y abrió la posibilidad de liberar fondos congelados.
Desde una perspectiva geopolítica, el acuerdo refleja que ninguno de los actores logró imponer una victoria decisiva. Estados Unidos evitó una escalada regional de consecuencias imprevisibles; Irán preservó la continuidad de su régimen y obtuvo alivios económicos parciales; mientras que Israel aparece como el actor más incómodo frente a una negociación que limita su margen de acción militar.
La cuestión central que muestra Luzzani es que la paz no depende únicamente de Washington y Teherán. Los bombardeos israelíes posteriores a la firma del acuerdo evidencian que el frente libanés sigue siendo un punto de ruptura potencial. Cada ataque amenaza con reactivar una dinámica bélica que podría arrastrar nuevamente a las potencias involucradas. La guerra finalmente no duró "cuatro días", no hubo "cambio de régimen", como prometió el Mossad y probablemente su final haya ingresado a una zona de indefinición estructural. En la apertura, Vance advierte sobre el "desamor". Un romántico finalmente el vice.
En un clima de alta incertidumbre, Estados Unidos e Irán firmaron, en forma digital, un memorando de entendimiento (MdE) para poner fin a la guerra. El acto, planificado para el viernes 19 en Ginebra, fue precipitado por el presidente estadounidense Donald Trump quien firmó el documento un minuto antes de que termine el 17 de junio en Francia, en el Palacio de Versalles con el presidente Emmanuel Macron como testigo.
Lamentablemente, la fragilidad del pacto quedó en evidencia desde los primeros instantes, ya que, para su cumplimiento, se requiere la voluntad de un tercero: Israel, y el Gobierno del primer ministro Benjamin Netayahu no tienen ningún interés en terminar la guerra.
El MdE, largamente negociado por ambos países, con la mediación de Pakistán y el ojo vigilante de China, establece en el primer punto «el cese inmediato y permanente de todas las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano». El fin de las hostilidades contra el pueblo libanés es una exigencia inapelable de Teherán y esto no se cumplió.
Las constantes provocaciones y bombardeos de Israel –antes y, sobre todo, después de la firma del MdE (a pesar de las presiones públicas de EE.UU.)– deterioraron la iniciativa de paz. Decenas de ataques en el sur del Líbano registrados el jueves dejaron –hasta el cierre de esta nota– 47 víctimas fatales y decenas de heridos. Ante la ausencia de límites, Teherán suspendió su viaje a Ginebra y advirtió que no negociaría mientras continúen los bombardeos «brutales y sin restricciones». Poco después el vicepresidente JD Vance, quien iba a representar a EE.UU., también canceló el viaje.
El Gobierno estadounidense, interesado en concluir lo antes posible con un conflicto que lo tiene empantanado y que ha desestabilizado la economía mundial, no solo ha hecho importantes concesiones a Irán sino que ha presionado fuertemente a Israel para que no siga atacando al Líbano y deje de boicotear el acuerdo.
En su discurso en la cumbre del G7 en Francia, Trump advirtió a Netanyahu que debía ser «más responsable porque demasiada gente está muriendo en el Líbano». «Para atacar a Hezbollah no hacía falta derribar edificios con decenas de civiles», lo reprendió. «Sin Estados Unidos, Israel no existiría. Y sin mí, tampoco existiría, porque ningún otro presidente estuvo dispuesto a hacer lo que yo hice».
El vicepresidente Vance no fue menos duro: «Donald Trump es el único jefe de Estado que simpatiza con Israel en este momento. Si yo estuviera en el Gabinete de Israel, no estaría atacando al único aliado poderoso que me queda en el mundo». Y en un reconocimiento de la complicidad de la Casa Blanca con las muertes en Gaza y Líbano les «recordó» que, en los últimos tres meses, dos tercios del armamento de defensa de Israel han sido financiados por los contribuyentes estadounidenses.
El MdE expresa la indiscutible derrota estratégica de EE.UU. Una guerra que, según Trump, iba a durar cinco semanas y derribar al Gobierno islámico terminó en la firma de un documento con cláusulas favorables a Irán, como el respeto la soberanía y la integridad territorial (punto 2), el fin de las sanciones (punto 7) y la recuperación de los fondos y activos congelados (punto 11).
El texto aclara que este memorando es un paso inicial «para negociar y alcanzar el acuerdo final en un máximo de 60 días, ampliable de mutuo acuerdo» y que el tratado final será respaldado por una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU.
Ambos países garantizaron el desbloqueo del estrecho de Hormuz y agregaron dos salvedades 1) EE.UU. mantendrá sus fuerzas en la proximidad de Irán dentro de los 30 días de la firma del MdE y 2) Irán, en diálogo con Omán y otros países del Golfo Pérsico, definirán cómo será la futura administración del estrecho.
Irán, por su parte, reafirmó que no desarrollará armas nucleares. Ambos países concordaron discutir más adelante el tema del enriquecimiento de uranio y que su conclusión figurará en el acuerdo final.

Un momento histórico. Masoud Pezeshkian, mandatario de Irán, suscribe el pacto en su oficina en Teherán.
Foto: Getty Images
El jueves, los medios iraníes difundieron la imagen del presidente Masoud Pezeshkian mostrando el MdE que acababa de firmar. Poco después el ayatollah Mojtabá Jamenei se dirigió por cadena nacional a todo el país, para aclarar que, aunque no confía en EE.UU., decidió aceptar el acuerdo por la promesa que le hiciera el presidente Pezeshkian.
«El presidente de Estados Unidos, por desesperación,utilizó todo tipo de palancas en este asunto. En principio, yo tenía otra opinión, pero por el compromiso que el honorable presidente Pezeshkian me dio en nombre propio y de los demás miembros, para proteger los derechos del pueblo iraní y del frente de resistencia, y al aceptar la responsabilidad, permití que se llevara a cabo», afirmó.
Por su parte el presidente del parlamento iraní expresó otro punto de vista en relación al memorando. Trump «intervino personalmente hasta altas horas de la madrugada para garantizar un alto el fuego en todo el Líbano, y aseguró que conversó sobre esto (con Benjamin Netanyahu). Todo lo que queríamos obtener mediante la acción militar, lo conseguimos, en una medida varias veces mayor e incomparable, a través de la negociación».
Para el Gobierno de la Revolución Islámica y para Asia se trata de un momento histórico. Estas hostilidades no solo han modificado las alianzas y recolocado a Irán como potencia regional, sino que abre las posibilidades de un nuevo balance de poder global.
En cambio, para Donald Trump, con una elección por delante, la guerra se convirtió en un salvavidas de plomo. El gran interrogante es si logrará dominar a Israel e imponer la paz en el Líbano. Parece difícil: Netanyahu y su Gabinete dependen del furor bélico y de la muerte para su sobrevivencia.
Hace tan solo unos años, Marjorie Taylor Greene era una de las miembros más fervientes del Partido Republicano. Ahora, no quiere saber nada del partido. «Somos MUCHOS los que estamos absolutamente hartos y no apoyaremos a un partido que traiciona a sus votantes y a su país»