El texto aborda el creciente malestar psíquico en Argentina, especialmente entre jóvenes, marcado por ansiedad, depresión, trastornos del sueño y riesgo suicida. Más de la mitad de quienes necesitan atención psicológica no acceden a tratamiento, y los sectores populares concentran los peores indicadores.
El autor sostiene que reducir el sufrimiento a un problema meramente sanitario es un error: la salud mental debe entenderse desde una perspectiva colectiva, vinculada a condiciones sociales, económicas y políticas. Se compara la crisis actual con la de 2001, cuando la organización comunitaria (piqueteros, fábricas recuperadas, asambleas barriales) permitió elaborar el dolor de manera compartidaPágina actual+1Página actual. Sin embargo, aquella crisis produjo simultáneamente un proceso de organización social.Página actual. El movimiento piquetero, las fábricas recuperadas, las asambleas barriales, los clubes de trueque y múltiples experienci.... Hoy, en cambio, predomina el individualismo y la fragmentación social, con un Estado debilitado y políticas públicas desfinanciadas.
La precarización laboral, la lógica meritocrática y el aislamiento digital generan sujetos más solos frente a sus padecimientos. Esto se refleja en el alarmante aumento del riesgo suicida entre jóvenes de 18 a 28 años, etapa vital para construir proyectos de vida que hoy chocan con empleos precarios, salarios insuficientes y falta de horizontes colectivosPágina actual+1Página actual. Quizá por eso uno de los datos más alarmantes sea el crecimiento del riesgo suicida entre jóvenes de 18 a 28 años. No se...Página actual. Cuando esas expectativas chocan sistemáticamente con empleos precarios, salarios insuficientes, imposibilidad de acceder.... Según Julieta Calmels, en Argentina mueren 14 personas por día por suicidio, cifra directamente vinculada al deterioro social y económico.
El artículo concluye que la crisis actual no sólo empobrece ingresos, sino también vínculos, proyectos y esperanza. La salud mental requiere reconstruir espacios comunitarios: sin comunidad no hay salud mental, y sin horizonte común, incluso vivir puede volverse insoportable para muchos jóvenes. En suma la salud mental es inseparable de la justicia social y de la posibilidad de imaginar un futuro compartido. Un lapsus momentáneo de razón.
La salud mental volvió a instalarse como una de las principales preocupaciones sociales de la Argentina. Los datos del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA muestran un crecimiento persistente del malestar psicológico, especialmente entre las juventudes; con altos niveles de ansiedad, depresión, trastornos del sueño y riesgo suicida. Más de la mitad de quienes necesitan atención psicológica no logra acceder a un tratamiento, mientras los sectores populares concentran los peores indicadores de bienestar.
Reducir estos datos a un problema sanitario constituye un error. El sufrimiento psíquico nunca es exclusivamente individual. Como refiere Alicia Stolkiner (2015), la salud mental debe comprenderse desde una perspectiva de salud colectiva, atendiendo a las condiciones históricas y sociales en las que se desarrolla la vida. El padecimiento psíquico, por lo tanto, no puede reducirse a categorías clínicas individuales; sino que debe ser pensado también en relación con las condiciones de vida, los derechos y los vínculos sociales.
En ese sentido, la comparación con la crisis de 2001 resulta inevitable. A comienzos del siglo XXI la Argentina atravesó una catástrofe económica y política de una magnitud difícil de exagerar. La pobreza alcanzó niveles inéditos, el desempleo destruyó millones de proyectos de vida y el Estado perdió buena parte de su legitimidad. Sin embargo, aquella crisis produjo simultáneamente un proceso de organización social.
El movimiento piquetero, las fábricas recuperadas, las asambleas barriales, los clubes de trueque y múltiples experiencias comunitarias funcionaron como dispositivos colectivos de elaboración del sufrimiento. Allí donde el mercado expulsaba, aparecían nuevas formas de solidaridad. Allí donde el Estado se retiraba, emergían organizaciones capaces de producir pertenencia, reconocimiento y acción política. No resolvían el dolor. Pero impedían que ese dolor quedara completamente privatizado.
Hoy el escenario presenta una paradoja inquietante. Los indicadores económicos y sociales vuelven a deteriorarse, pero el entramado comunitario que permitió metabolizar parte del malestar en 2001 aparece profundamente debilitado. Predomina una cultura marcada por el individualismo, la competencia permanente y la fragmentación de los vínculos sociales. La precarización laboral, las redes sociales como espacio privilegiado de reconocimiento y una creciente lógica meritocrática producen sujetos cada vez más solos frente a sus padecimientos.
El movimiento piquetero, las fábricas recuperadas, las asambleas barriales, los clubes de trueque y múltiples experiencias comunitarias funcionaron como dispositivos colectivos de elaboración del sufrimiento.
Además, a diferencia de otras etapas de la historia reciente, este proceso ocurre en un contexto de retiro del Estado nacional de numerosas políticas públicas. El desfinanciamiento de programas sociales, culturales y sanitarios, junto con el debilitamiento de dispositivos comunitarios de salud mental, reduce la capacidad de la sociedad para alojar el sufrimiento. Allí donde antes existían mediaciones institucionales y redes de cuidado, hoy se impone con mayor fuerza la lógica de la autosuficiencia: cada sujeto queda librado a sus propios recursos para enfrentar padecimientos cuya causa excede ampliamente la esfera individual. El resultado no es una sociedad más libre, sino una sociedad más sola.
Como sostiene Ana María Fernández (2007), la subjetividad es una producción histórico-social. Las transformaciones del neoliberalismo modifican las formas de habitar las instituciones, los vínculos y las experiencias colectivas. Cuando se debilitan esos soportes comunitarios, el sufrimiento deja de encontrar espacios de elaboración compartida y tiende a vivirse como un fracaso individual.
Quizá por eso uno de los datos más alarmantes sea el crecimiento del riesgo suicida entre jóvenes de 18 a 28 años. No se trata solamente de una franja etaria. Es el momento de la vida en que las personas intentan construir un proyecto: estudiar, conseguir un trabajo, independizarse, formar vínculos estables, imaginar un futuro. Cuando esas expectativas chocan sistemáticamente con empleos precarios, salarios insuficientes, imposibilidad de acceder a una vivienda y ausencia de horizontes colectivos; no sólo se deteriora la economía, también se debilita el sentido mismo de vivir.
El aumento del suicidio en estas edades interpela mucho más que al sistema de salud. Habla de una sociedad que comienza a ofrecer cada vez menos.
No se trata solamente de una franja etaria. Es el momento de la vida en que las personas intentan construir un proyecto: estudiar, conseguir un trabajo, independizarse, formar vínculos estables, imaginar un futuro.
Como advirtió Julieta Calmels, subsecretaria de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencias de la provincia de Buenos Aires, “hoy mueren 14 personas por día por suicidio” en el país, vinculando ese dato con el deterioro de las condiciones económicas y sociales.
Desde una perspectiva de salud colectiva y derechos humanos, diversos autores han mostrado que el sufrimiento psíquico no puede comprenderse por fuera de las condiciones sociales que lo producen. La desigualdad, la precarización y la ruptura de los lazos comunitarios no sólo generan pobreza material; también producen formas específicas de padecimiento subjetivo.
Los datos del OPSA muestran precisamente esa distribución desigual del malestar: los peores indicadores aparecen entre los jóvenes y los sectores de menores ingresos. No es casualidad. La salud mental sigue el mapa de la desigualdad.
La pregunta es qué tipo de sociedad estamos construyendo. Porque cuando el dolor deja de tener espacios colectivos donde ser elaborado, termina convirtiéndose en un problema privado. Y cuando el futuro desaparece como posibilidad compartida, el sufrimiento deja de ser una excepción para transformarse en una condición de época.
La crisis actual no sólo empobrece los ingresos. También empobrece los vínculos, debilita los proyectos de vida y erosiona la esperanza. Si en 2001 el sufrimiento encontró formas de organización colectiva, hoy el desafío consiste precisamente en reconstruirlas. Sin comunidad no hay salud mental. Y sin un horizonte común, incluso vivir puede convertirse para muchos jóvenes en una tarea insoportablemente difícil.
Perfil / Canal E (2026, 2 de julio). Julieta Calmels alertó en “QR!” que “hoy mueren 14 personas por día por suicidio” y vinculó la crisis económica con el deterioro de la salud. Recuperado de: https://www.perfil.com/noticias/canal-e/julieta-calmels-alerto-en-qr-que-hoy-mueren-14-personas-por-dia-por-suicidio-y-vinculo-la-crisis-economica-con-el-deterioro-de-la-salud.phtml
Del Do, A. (2026) Salud mental y derechos humanos, Buenos Aires. URL:
https://www.teseopress.com/saludmentalyderechoshumanos
Etchevers, M. J., Garay, C. J., Putrino, N. I. y Grasso, J. (2026). Relevamiento del estado psicológico de la población argentina. Observatorio de Psicología Social Aplicada, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Disponible en: http://www.psi.uba.ar/opsa/
Fernández, A. M. (2007). Las lógicas colectivas. Imaginarios, cuerpos y multiplicidades. Buenos Aires: Biblos.
Stolkiner, A. (2015). Salud mental: avances y contradicciones de su integración a la salud comunitaria. En L. Tesler (comp.), ¿Qué hacer en salud? Fundamentos políticos para la soberanía sanitaria. Buenos Aires.
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Adelqui Del Do es Psicólogo, especialista en psicología clínica. CD Feduba. Integrante de Enclaves.