Elecciones en Colombia: Balance II

En este análisis, el cambio de gobierno colombiano con una reconfiguración continental más amplia, evitando interpretarlo como un fenómeno exclusivamente nacional. Colombia aparece como un eslabón de la estrategia hemisférica de la administración Trump.

Sin embargo, el análisis tiende a enfatizar la dimensión geopolítica por encima de los factores internos. El resultado electoral también expresa conflictos sociales acumulados —desigualdad, inseguridad, desgaste del gobierno de Petro y reorganización de las élites económicas— que ayudan a explicar el triunfo de la derecha y que no pueden reducirse únicamente al respaldo de Washington.

En síntesis, la tesis del artículo es que Colombia deja de experimentar una política exterior relativamente autónoma para reincorporarse al dispositivo estratégico estadounidense en América Latina. El cambio de gobierno no sería solamente un reemplazo de élites nacionales, sino un reposicionamiento geopolítico del país dentro del proyecto regional impulsado por Trump.

Colombia en el tren de Trump

De la Espriella sumará a Colombia al tren de países de América Latina gobernados por distintas derechas que revierten la “ola rosa” de hace dos décadas y facilitan la recuperación de la hegemonía continental del EEUU de Trump bajo su renovada Doctrina Monroe.

El ajustado triunfo en segunda vuelta del empresario “outsider” Abelardo de la Espriella sobre el izquierdista Iván Cepeda (49,6% a 48,7%) incorpora a Colombia al grupo de países de América Latina con gobiernos derechistas alineados con Estados Unidos como pocas veces en el último medio siglo.

De la Espriella (47), del nuevo movimiento Defensores de la Patria, asumirá el 7 de agosto hasta 2030 después de cuatro años de gobierno del izquierdista Gustavo Petro marcados por una buena gestión económica, frustrantes intentos por erradicar la violencia armada en el país y una tensa relación con Washington.

«Este respaldo histórico nos llena de gratitud, pero también de una enorme responsabilidad. Hoy comienza una nueva etapa para nuestro país, una etapa construida sobre la voluntad libre y democrática de millones de ciudadanos que decidieron creer en una Colombia grande, segura, próspera y llena de oportunidades”, dijo el presidente electo.

El presidente Donald Trump, quien había expresado su abierto apoyo a De la Espriella, con el mismo ánimo injerencista con el que apoyó en Argentina al anarco capitalista Javier Milei en las elecciones legislativas de 2025, asumió como propia la última victoria: “Lo apoyé y ganó la elección”, afirmó.

«La Administración Trump desea trabajar estrechamente con tu próximo gobierno para avanzar en la cooperación en seguridad regional, terminar la migración ilegal a EEUU y endurecer nuestros lazos económicos», detalló el secretario de Estado, Marco Rubio. Evitó aludir al narcotráfico: Colombia es el segundo productor mundial de cocaína, la mayor parte consumida en Estados Unidos.

Colombia se suma al tren derechista que completan ahora Argentina, Chile, Bolivia, Perú (tras el triunfo confirmado de Keiko Fujimori esta semana, también por un estrecho margen y en ballotage), Ecuador y, al norte, El Salvador y Honduras, la mayoría con fuerzas que desplazaron o absorbieron partidos tradicionales. Brasil, Uruguay y México siguen en la vereda progresista.

De la Espriella proyectó la sombra derechista al Sur: “Vamos a hacer una liga maravillosa: un tigre y un león”, le dijo a Milei, mientras prometía reducir un 40% la burocracia del Estado colombiano (700 mil empleados menos), una iniciativa que dependerá de un nuevo Congreso en el que la izquierda es primera minoría.

En línea con la política exterior de Milei, el futuro presidente electo anunció que “Colombia restaurará y fortalecerá su relación con el Estado de Israel como nunca antes. Israel puede contar con Colombia como un amigo leal y un aliado firme”.

El presidente electo ha prometido a los colombianos poner fin al círculo vicioso de violencia política y de grupos criminales vinculados que azota al país hace décadas, y en este caso inspirado en otro símbolo de las nuevas derechas regionales, el salvadoreño Nayib Bukele, con más fuerza militar y 10 mega cárceles.

De La Espriella aprobó con entusiasmo los ataques estadounidenses a presuntas embarcaciones de narcotraficantes (más de 200 muertos en el Atlántico y el Pacífico) y dijo que los imitaría integrando la iniciativa Escudo de las Américas con el que la Administración Trump reactiva la Doctrina Monroe, hoy “Donroe”.

Los análisis ya giran su mirada hacia Brasil, donde el izquierdista Lula Da Silva se convierte en la última ficha que Washington quiere ver caer de su lado en América del Sur si la oposición liderada por Flavi oBolsonaro se impone en las presidenciales de octubre, una posibilidad todavía incierta según las últimas encuestas.

Lula felicitó enseguida a De la Espriella y destacó que la «amistad» entre Brasil y Colombia «trasciende ideologías» y es «fundamental» para abordar desafíos comunes, como la preservación de la Amazonia, la reducción de la pobreza y el combate al crimen organizado en su frontera común de casi 1.650 kilómetros.

Las manchas del Tigre

El excéntrico De la Espriella, un abogado bogotano de origen, de ciudadanía italiana, residente de Miami y admirador de Trump, promete “mano de hierro” pero en 2007 fue defensor de Alberto Santofimio Botero, el exministro de Justicia hallado culpable como instigador, en complicidad con sicarios del narcotráfico, del asesinato del popular candidato presidencial liberal Carlos Galán en 1989.

También completó su fortuna defendiendo a clientes como el empresario colombo-venezolano Alex Saab, actualmente detenido en Estados Unidos, o David Murcia Guzmán, protagonista de la mayor estafa piramidal de Colombia.

Durante el gobierno del presidente derechista Alvaro Uribe (2002-2010), quien inicialmente evitó apoyarlo en las primarias opositoras, participó como abogado de los diálogos de paz con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), una actuación que le mereció acusaciones de supuestos vínculos con esas fuerzas paramilitares.

Colombia llegó a estas últimas elecciones sufriendo un recrudecimiento de la violencia general en el país (13 mil homicidios en 2025, incluyendo decenas de líderes sociales, y 48 masacres en enero-abril pasados), pese a la estéril propuesta de Paz Total de Petro a guerrilleros, paramilitares y grupos armados.

De la Espriella propone ahora una “remasterización 2.0” de la Seguridad Democrática impulsada por Uribe para recuperar el control estatal del terriotrio naiconal en 90 días, apoyado en drones e inteligencia artificial.

La agenda contempla además la construcción de 10 megacárceles de máxima seguridad al estilo de Bukele en El Salvador, el aumento de penas para delitos de alto impacto y la reducción de beneficios para reincidentes.

En materia de cultivos ilegales, quiere erradicar las 330.000 hectáreas de coca a través de la fumigación aérea, erradicación manual y persecución a los capitales de los narcos.

La grieta colombiana

De la Espriella le ganó a Cepeda por apenas 250 mil votos, un margen de 1% que mostró a un país muy dividido geográficamente ya desde el plebiscito de 2016 sobre un acuerdo de paz con la guerra, entre una periferia y una Bogotá de izquierda enfrentadas a un centro andino de derecha, analiza La Silla Vacía.

Iván Cepeda ganó donde casi siempre gana la izquierda y De la Espriella donde gana la derecha. Sin embargo, una mirada más detallada de la elección del 2026, muestra cambios importantes en esa división regional.

“Esas diferencias se apretaron (…) la derecha creció en varios de los bastiones de la izquierda, como Bogotá, y la izquierda en los de la derecha, como Antioquia”, explica, tras considerar aspectos específicos como edad, educación y clase social.

Y concluye: “La elección la ganó De la Espriella con uno de ellos: una clase popular, andina y conservadora que le dio el crecimiento en segunda vuelta”, mientras la clase media colombiana se dividía por partes iguales, con predominio claro de De la Espriella entre la clase media-alta (64%).

A su vez, Cepeda reconoció el triunfo pero llamó a una “desobediencia civil pacífica” desde el Pacto Histórico, que obtuvo la mayor cantidad de votos de su historia y tiene la primera bancada en el Congreso, pero deberá esperar a las elecciones regionales de 2027 para superar los errores de esta campaña.

La Silla Vacía los resumió así: una división artificial entre “demócratas” y “fascistas” y el “pueblo” y la “élite”; la subestimación de los miedos de las clases medias urbanas; y una fórmula vicepresidencial pensada para una confrontación con el uribismo.

También mencionó el desprecio a las formas modernas de comunicación política; la tardía apertura de las discusiones programáticas; incapacidad de definir la relación con Petro; y el mensaje desmovilizador del triunfo en primera vuelta.

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