Tras una primera vuelta electoral deslucida, donde el candidato oficialista Iván Cepeda intentó atenuar, opacando, la polarización que intrudujo el Pacto Histórico con el gobierno de Petro, (en La Argentina hay antecedentes de este fenómeno de opacamiento en el año 2015), la segunda ronda sin embargo se asumió como estructural la polarización y los resultados para la izquierda fueron, aún derrotada, muy promisorios. El análisis que sigue se aparta de las interpretaciones que presentan la elección como un "rechazo definitivo" al gobierno de Petro. En cambio, propone entenderla como una alternancia dentro de un sistema bipolaremergente, donde la izquierda ya no es una fuerza testimonial sino un competidor permanente por el poder.
Desde una perspectiva comparada latinoamericana, el caso colombiano muestra una dinámica semejante a la observada en otros países de la región: gobiernos que alternan con diferencias electorales muy reducidas, alta polarización ideológica y electorados prácticamente divididos por mitades.
En ese sentido, la principal conclusión no es que la derecha haya construido una mayoría sólida, sino que ningún bloque consiguió transformarse en mayoría hegemónica. El nuevo gobierno comienza con legitimidad electoral, pero también con una oposición extraordinariamente fuerte, mientras que el progresismo pierde el Ejecutivo pero conserva un volumen político suficiente para disputar nuevamente el poder en el próximo ciclo electoral.

Daniel Felipe Barrera Arias
El pasado 21 de junio se llevó a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia con un resultado -aún a la espera de los escrutinios finales- amargo para las fuerzas progresistas. El candidato de la extrema derecha, Abelaro de La Espriella (ABDL), obtuvo el 49,66% de los votos, mientras el candidato del Pacto Histórico obtuvo el 48,70% de los votos. La diferencia entre ambas campañas no supera los 250.000 votos, es decir, una diferencia no superior a un punto porcentual (0,96%). Pese a lo insólito de los resultados, se presentan algunas claves de lectura sobre los resultados y el escenario político que se aviene para Colombia.
Algunos analistas han catalogado este ballotage como el más reñido de la historia; nunca en la vida republicana de Colombia la diferencia entre dos contendientes electorales había sido tan pequeña. El panorama se torna más inédito si se advierte que es la primera vez, desde que existe segunda vuelta en Colombia, que un candidato gana la presidencia sin obtener más del 50% de los votos.
De esta manera, los resultados electorales han mostrado que existen dos proyectos de sociedad diametralmente opuestos. Sin importar los resultados del escrutinio, que muy probablemente confirmarán la victoria de ABDL, es evidente que el próximo mandatario de Colombia tendrá que reconocer los estrechos márgenes de legitimidad con que cuenta, reconociendo que existe una sociedad que no se recoge en su programa político. Utilizando la analogía leninista, el próximo gobierno deberá caminar sobre riscos empinados. Precisamente, reconocer la dificultad de la topografía política e ideológica de Colombia implica reconocer el clivaje geográfico en el que se encuentra el país; por un lado, el centro y el oriente del país (Antioquía, Norte de Santander, Casanare y Santander), que apoyan decididamente un proyecto conservador, profundamente neoliberal y securitista; del otro lado, la costa pacífica, el Caribe y el sur del país (Chocó, Vaupés, Putumayo, Nariño y Cauca), que siguen convencidos de la paz, la democratización de la tierra y la reducción de las desigualdades.
Luego de casi 10 años de las elecciones por el Plebiscito por la Paz en 2016, se puede al menos confirmar que el mapa electoral de Colombia se encuentra atravesado por esta brecha entre las zonas periféricas y empobrecidas y los grandes nudos urbanos del país, pese a algunas excepciones como Bogotá. Lo cierto es que esta fractura se encuentra íntimamente vinculada con los proyectos políticos enfrentados; mientras la promesa de seguridad y mano dura para contrarrestar la delincuencia ha calado en las clases medias y populares de las zonas urbanas, la transformación del régimen de tierras y el fomento a la productividad agrícola promovidos por el Gobierno han hecho mella en los sectores populares de las zonas más rurales. Dicho esto, sigue siendo una tarea pendiente para las fuerzas democráticas de izquierdas cautivar al electorado de clase media aspiracional, que sabe que sus intereses económicos se pueden ver afectados por el eventual gobierno de ABDL, pero que compensan ese malestar con el resarcimiento simbólico que les provee la opresión del otro interiorizado.
Reconocer esta escisión política, permite pensar que el escenario político y legislativo que se avecina para Colombia es el de una fuerte tensión, propia de un empate catastrófico en el que ninguna de las dos fuerzas podrá imponer a su antojo el orden social. Ni el eventual gobierno de ABDL va a renunciar a sus demandas radicales y contrareformistas de campaña, ni el Pacto Histórico (la principal fuerza legislativa del país) va a abdicar en sus luchas por defender los derechos obtenidos durante estos cuatro años de avances para las clases obreras y populares. Así las cosas, y aunque ABDL no se ha caracterizado por su matiz conciliador y consensualista, deberá recular, al menos en principio, con su agenda conservadora y antiderechos o podrá enfrentarse de manera temprana a la movilización de las fuerzas sociales y a un bloqueo legislativo importante.
Resulta difícil imaginar una segunda vuelta tan reñida sin atender la pujanza popular. Tanto es así que algunos sondeos y encuestas electorales mostraban una abultada diferencia entre ABDL y Cepeda. Sin embargo, los resultados mostraron que, frente a una campaña comandada por los sectores corporativos, el espectáculo esquizofrénico de las redes sociales y la IA, las maquinarias de las administraciones regionales y la gestión de los partidos tradicionales, se impuso el empeño de los sectores populares, el voz a voz, el trabajo de base, el arrojo de l@s jóvenes, la movilización estratégica de recursos comunitarios y la participación de los movimientos sociales.
Aunque el candidato del Pacto Histórico haya perdido en la segunda vuelta, es evidente que fue el candidato que más creció entre la primera y la segunda vuelta, pasando de 9.688.000 votos en primera vuelta (40,93 %) a 12.708.695 votos (48,70%) en la segunda. Quizás lo más esperanzador para las fuerzas progresistas fue la capacidad de agencia popular y los procesos de activación política que mostraron las bases sociales a lo largo y ancho del país, reflejando que el Pacto Histórico no solo es la principal fuerza legislativa y electoral, sino también la fuerza social y territorial más potente del país.
Por eso, se equivocan quienes aseguran que estos resultados electorales significan un fracaso estrepitoso para las fuerzas populares en Colombia. Por el contrario, la forma en que se realizó la campaña y los resultados evidenciaron que el Pacto Histórico y sus reformas constituyen el nuevo eje gravitacional de la política colombiana. Asimilar que el progresismo ha inaugurado un ciclo político significa que no hay nadie que haga política institucional y social que no se enmarque en la agenda de reformas que planteó el Gobierno Petro en el mediano y largo plazo; bien puede ser para profundizarlas o para revertirlas. En este punto, valdría la pena reconocer que las tradiciones republicanas se caracterizan por ser procesos contradictorios; no son líneas rectas sucesivas, sino procesos zigzagueantes de idas y vueltas que demuestran la capacidad de incubación acumulada de legados, aprendizajes y trayectorias institucionales heredadas.
No obstante, pese al enorme esfuerzo social que se hizo durante las últimas tres semanas, existieron algunos elementos de la campaña del candidato Iván Cepeda que merecen ser parte de la autocrítica necesaria para un avance político-electoral de las fuerzas de izquierda frente a las próximas contiendas electorales. El principal de estos elementos estuvo vinculado con las dificultades durante toda la campaña de generar un fenómeno político; fueron incapaces de instaurar un relato político más allá de la continuidad del Gobierno Petro o un régimen afectivo y comunicacional para sus votantes. Una diferencia abismal con la campaña de ABDL, que sí logró establecer un engañoso fenómeno político del outsider (el nuevo ropaje político e institucional de las viejas demandas neoliberales y hacendatarias), forjando una economía política de los símbolos mucho más eficiente alrededor de varias representaciones patrias.
Frente a este escenario, y suponiendo que los escrutinios confirmen la victoria de la extrema derecha, el progresismo se ve abocado a una situación de reorganización de sus fuerzas legislativas y sociales. Ahora, en ausencia de su gran figura unificadora, deberá forjar un programa de contención política y defensa de las reformas logradas durante este cuatrienio, fortaleciendo sus bastiones electorales para las próximas elecciones regionales y garantizar un vínculo orgánico con sus bases. En esa medida, la estrategia del Pacto Histórico no puede reducirse al bloqueo parlamentario; resulta imprescindible una agitación política en las calles para evitar la radicalización de un ciclo contrarreformista violento, sin perder la iniciativa política. Por otro lado, el vacío político y simbólico de Petro debe ser pensado como una ventana de oportunidad para democratizar la estructura interna del partido, fortalecer el liderazgo de nuevos cuadros políticos, estableciendo condiciones para una mayor pluralidad al interior del partido y consolidar los ejes ideológicos y programáticos en estrecha vinculación con las masas populares.
Daniel Felipe Barrera Arias politólogo y maestrando en sociología política de Flacso-Ec. Sus líneas de investigación giran alrededor del Estado, la teoría política y las mediaciones estatales.