Trump convirtió una discusión compleja sobre poder, tecnología y regulación en otra batalla cultural. El 14 y 15 de septiembre calificó las advertencias sobre riesgos de la IA de “conspiración enfermiza” y de “hoax”, y afirmó que la única barrera de seguridad necesaria es “un presidente fuerte e inteligente”. La operación discursiva es clara: deja de discutirse qué controles democráticos requiere una tecnología disruptiva y se discute quién tiene autoridad para definir qué riesgos son reales. Esa autoridad, en su relato, recae en el poder presidencial y en el desarrollo empresarial acelerado.
El presidente Trump declaró la guerra el lunes al pánico en torno a la seguridad de la IA, desestimando las advertencias apocalípticas de la industria como parte de una «conspiración enfermiza» para sabotear a Estados Unidos y su legado.
Por qué es importante: Trump está reescribiendo un debate complejo y de años sobre los peligros de la IA con la retórica partidista que ha definido a MAGA durante una década: engaños, conspiraciones, traidores y, en el centro de todo, un hombre.
Situación actual: El lunes se produjo una fuerte escalada en la oposición de larga data del gobierno a la regulación de la IA, ya que Trump replanteó el debate sobre la seguridad en términos marcadamente personales.
La intriga: la campaña de Trump contra el pesimismo en torno a la IA se extendió luego al escenario de la Cumbre All-In en Los Ángeles, donde el CEO de Nvidia, Jensen Huang, recibió una llamada del presidente en medio de una entrevista en vivo.

Entre líneas: Trump está injertando sus propias quejas políticas en una narrativa alternativa que ya está cobrando fuerza entre sus aliados de Silicon Valley: que el pánico por la IA es artificial.
En resumen: Trump ha sido un defensor de la aceleración de la IA desde el principio.
No es casual que la intervención de presidente de Estados Unidos coincidiera con una ofensiva de los grandes actores tecnológicos. Trump irrumpió por teléfono en una entrevista pública de Jensen Huang (Nvidia) en el All-In Summit de Los Ángeles.1 La imagen resume el capitalismo contemporáneo: el presidente de la principal potencia hablando en vivo con uno de los hombres que concentran el poder material de la nueva economía.
El conflicto dentro de Silicon Valley
Ni siquiera entre los propios capitalistas tecnológicos hay una posición homogénea. Dario Amodei (Anthropic), Sam Altman (OpenAI), Elon Musk y Demis Hassabis han planteado la necesidad de desacelerar ciertos desarrollos y de establecer mayores mecanismos de seguridad.2 Los mismos que construyen la tecnología advierten sobre ella no porque hayan abandonado la lógica capitalista, sino porque conocen desde adentro una velocidad de desarrollo que puede superar la capacidad institucional de controlarla.
El problema no es elegir entre tecnooptimistas y tecnopesimistas. Es una lucha por las reglas de acumulación del próximo ciclo. Trump ocupa ese terreno con una posición aceleracionista: Estados Unidos debe desarrollar la IA lo más rápido posible para no perder la carrera frente a China. Cualquier regulación que ralentice la innovación estadounidense se lee como ventaja para el competidor. La seguridad queda subordinada a la competencia geopolítica.3
Del Estado regulador al Estado acelerador
El capitalismo neoliberal sostuvo durante décadas que el Estado debía retirarse para que el mercado asignara recursos. El desarrollo de la IA muestra otra cosa. El Estado vuelve a ser decisivo: financia infraestructura, energía, investigación, chips, centros de datos y defensa; protege propiedad intelectual y garantiza mercados. La cuestión no es Estado versus mercado, sino qué clase de Estado y al servicio de qué fracciones del capital.
La administración Trump se orienta a un Estado que reduce restricciones regulatorias al mismo tiempo que moviliza recursos públicos y poder geopolítico para la supremacía tecnológica estadounidense. No es ausencia de Estado. Es Estado al servicio de la aceleración. Cuanto más estratégica se vuelve la IA, menos sentido tiene la fantasía libertaria de un mercado completamente autónomo.
El riesgo inmediato no es solo una IA futura que “domine el mundo”. Es qué ocurre con el trabajo cuando la productividad crece mucho más rápido que la capacidad social de redistribuir beneficios. Amodei ya advirtió que la IA puede eliminar una parte enorme de los empleos administrativos y profesionales de nivel inicial.4 Esa pregunta suele desaparecer detrás del espectáculo existencial.
Si la IA multiplica la productividad pero la propiedad permanece concentrada en unas pocas corporaciones, el resultado no es necesariamente abundancia. Puede ser concentración extraordinaria de riqueza, poder y capacidad de decisión, con deterioro de las condiciones materiales de amplias capas de trabajadores. Ese es el conflicto de clase de la inteligencia artificial.
La nueva alianza
Trump comprende que la IA será territorio de acumulación, poder geopolítico y disputa imperial. Por eso no quiere frenarla. Su solución es confiar en quienes poseen los medios materiales para desarrollarla. El mercado, sin embargo, no puede ser al mismo tiempo motor de la carrera y garante de sus límites sociales. Wall Street apuesta por la continuidad de la aceleración: las advertencias apocalípticas tuvieron impacto limitado; los inversores priorizan las perspectivas de crecimiento. Es racional desde la perspectiva del capital financiero. El capital no pregunta primero si una tecnología es buena para la humanidad. Pregunta qué tasa de retorno puede producir.
Por eso la frase “AI fears are a hoax” hay que tomarla políticamente en serio, aunque no literalmente. Los riesgos no son un invento. Tampoco toda advertencia apocalíptica debe aceptarse sin crítica. Reducir el debate a una conspiración cancela la discusión sobre poder, propiedad, trabajo y regulación.
La pregunta no es si hay que detener la inteligencia artificial —probablemente sea imposible—. Es bajo qué relaciones sociales se desarrollará. Una IA controlada por unas pocas corporaciones transnacionales puede ser instrumento de concentración económica, vigilancia y disciplinamiento laboral. Una IA sometida a regulación democrática, propiedad pública en sectores estratégicos y mecanismos de redistribución de ganancias podría reducir trabajo necesario y ampliar bienestar.
El verdadero enfrentamiento no es entre Trump y los “doomers”. Es entre dos modelos de futuro: uno que acelera y deja que el mercado resuelva las consecuencias; otro que exige que la sociedad decida quién controla la tecnología, quién obtiene sus beneficios y quién paga sus costos.
Trump ya eligió: aceleración, Silicon Valley, competencia imperial con China. Eligió que el futuro tecnológico siga siendo propiedad del capital.
Notas
1. Llamada en vivo de Trump a Jensen Huang durante una entrevista en el All-In Summit (Los Ángeles), 14 de septiembre de 2026. Huang puso al presidente en altavoz. Trump: “The robots will not be taking over… The whole thing is a hoax.” Huang: “We’re not going to let that happen.” Relatos de Axios, TechCrunch y NBC News.
2. Dario Amodei pidió desacelerar el desarrollo y mayor supervisión (ensayo y declaraciones, 12 de septiembre de 2026; BBC). Sam Altman y Elon Musk coincidieron públicamente con esa línea esos mismos días. Demis Hassabis viene planteando desde hace años la necesidad de mecanismos de seguridad ante sistemas más capaces.
3 En los mismos posts del 14 de septiembre Trump insiste: “WHOEVER WINS AI, WINS! We are leading China… and will continue to do so.”
4. En mayo de 2025 Amodei estimó que la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos de oficina de nivel inicial y llevar el desempleo al 10-20% hacia 2030. En septiembre de 2026 Anthropic publicó un modelo económico con escenarios hasta 2030: en el más extremo, el desempleo en trabajadores del conocimiento llega al 17,9% y la participación del trabajo en el PIB cae del 60% al 45%, mientras el producto se duplica cada cuatro años y medio (El Mundo; The Decoder; The New Yorker).
