1111 es el signo casual de una clausura. Carece totalmente de movimiento. Empieza como termina: su último dígito es igual al primero. No tiene recorrido, ni tensiones, ni crecimientos ni decrecimientos. Una línea recta, con la repetición de un único número, que podría extenderse al infinito. Allí, en ese edificio, está el cuerpo de Cristina Fernández de Kirchner. Recluido, inmovilizado, invisibilizado, retenido, - imaginan que para siempre - castigado con la oscuridad. No debe ser oído ni visto por el pueblo. No puede bailar. Ella está intervenida por el poder real para que ya no pueda hacer signo: para que se rompa toda relación entre su figura y la multitud. No sólo ellos no quieren verla: no quieren que nadie lo haga. Le ha sido derogada su ciudadanía visual. Por supuesto esta cancelación provoca efectos, entre ellos, la falta de represntación y la deilidad de los liderazgos de reemplazo. Argentina como vimos con Bramuglia, Vandor y Cámpora, Brasil con Hadad, Ecuador con González y más recientemente Bolivia con Arce, muestran la imposibilidad estructural de una transición exitosa con el liderazgo original proscripto. Basados en la evidencia, sabemos que:
-Con anomalía institucional y el líder original proscripto todas las sucesiones fracasan.
-En condiciones de normalidad institucional, el resultado es aleatorio.
-Los resultados de la sucesión son independientes de la voluntad del líder.
En este sentido #CristinaLibre no es una consigna electoral, es la condición de posibilidad de restaurar la democracia y si así se decidiera, ensayar una transición, cuyo resultado siempre es aleatorio.

Hay otro cuerpo de la política: el monstruoso, el que se deforma para tomar distintas identidades, el caleidoscópico, el fragmentario, el que baila, canta, salta, grita, se irrita, se violenta, se ríe y festeja. Es el cuerpo de Javier Milei.
Existe una estrategia para el cuerpo de la ex Presidenta: corregir “la bala que no salió”. Sacarlo del juego por otros medios. Someterlo a un estado de vida política vegetativa. Limitarlo en todos sus recursos. Transformarlo en un desecho.
Con el cuerpo presidencial, por el contrario, buscan el ejercicio pleno de la fragmentación para que comunique con todos sus fragmentos en múltiples escenarios y con diversos estilos. Intensifican su potencial político.
Es nuevamente la cancha inclinada: el mejor comunicador del bloque hegemónico en su máxima expansión versus la mejor comunicadora del bloque alternativo en sus peores condiciones.
Cristina está aislada en su departamento y parece imponerse una especie de secreta autorización para que algunos sectores de su espacio político la abandonen. La necesidad de un recambio generacional, los supuestos errores cometidos por la ex Presidenta – por ejemplo, la elección como candidatos de Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa – y el estilo de conducción del Kirchnerismo duro, operan como argumentos para el distanciamiento o, por lo menos, para la indiferencia.
Ello sucede en medio de un proceso de reorganización emocional de la Argentina, conducido por el más agresivo frente antinacional del que se tenga memoria desde la dictadura. Ese bloque de poder económico, político y mediático, local y global, ensaya un intento sin precedentes de construir un desecho: mantener a esa mujer sin palabras y sin imágenes, en la soledad abismal de una serie de preguntas sin respuestas. Construyen un trofeo de guerra en el lugar donde antes había un proyecto de ofensiva política nacional y popular. La mejor arma en la batalla cultural es recluida en las mazmorras oscuras del poder.
Algunos interrogantes, entre otros, quizás serían útiles para las agendas militantes: ¿Quién puede sostener que la construcción de un nuevo sistema político, luego de otra crisis del modelo neoliberal, no tendrá las marcas limitantes de la exclusión de esa mujer, transformada en desecho por el frente antinacional? Dicho de otro modo, ¿ese nuevo sistema político no corre el riesgo de nacer débil si se parte de la aceptación de esa exclusión?
¿No se contribuye a fundar un nuevo estatuto de la memoria donde el olvido es un fenómeno de corto plazo? ¿Por qué no tendría consecuencias la indiferencia? ¿La lógica de la utilidad, de lo que sirve en cada coyuntura, no desafía el diseño de un sistema de valores donde el compromiso con el “caído en batalla”, la defensa del compañero o la compañera, la gratitud y el agradecimiento deberían no ser negociables?
¿El distanciamiento sin debate no contribuye a dificultar la construcción del nuevo Frente Nacional y Popular? ¿A quién le sirve un estado de potencial ruptura de la fuerza propia?
No es sólo Cristina: somos todos y todas.
El Kirchnerismo ha ingresado en una etapa de caos interior: ha perdido sus prioridades afectivas.
* Periodista y sociólogo.