Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre en Pekín en 1955 (Fuente).

En enero de 1977, el diario Le Monde publicó una carta abierta dirigida al Parlamento francés que, décadas después, se convertiría en uno de los documentos más incómodos de la historia intelectual europea reciente. El texto criticaba la legislación francesa sobre la edad de consentimiento y pedía la liberación de tres hombres acusados de mantener relaciones sexuales con menores de trece y catorce años. Entre los firmantes aparecían algunos de los nombres más prestigiosos de la cultura francesa del siglo XX: Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Roland Barthes, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Félix Guattari o Louis Althusser. Dos años más tarde, en 1979, volverían a publicarse manifiestos similares. Hoy, esos documentos resultan perturbadores no solo por lo que defendían, sino porque obligan a preguntarse cómo fue posible que una parte tan influyente de la intelectualidad progresista francesa llegara a considerar legítimo cuestionar la protección legal de los menores.

La polémica suele reaparecer cada cierto tiempo, sobre todo desde la explosión del movimiento #MeToo y, especialmente en Francia, tras el llamado «caso Matzneff». Sin embargo, para comprender realmente el significado de aquellas peticiones es necesario evitar dos simplificaciones opuestas: la primera consiste en interpretar automáticamente a todos los firmantes como defensores conscientes y sistemáticos de la pederastia; la segunda, en reducir el episodio a un simple «malentendido histórico» fruto de una época más permisiva. La realidad es bastante más compleja y, precisamente por eso, más inquietante.

La Francia de los años setenta vivía todavía bajo la influencia cultural de Mayo del 68. Una parte importante de la izquierda intelectual había convertido la crítica a la moral sexual burguesa en uno de sus principales campos de batalla. La familia tradicional, la autoridad escolar, la represión sexual y el control estatal sobre la vida íntima eran vistos por muchos pensadores como mecanismos de dominación política. La liberación sexual no se entendía únicamente como un asunto privado, sino como una forma de emancipación frente a estructuras consideradas opresivas.

En ese contexto surgieron movimientos que hoy resultan muy difíciles de comprender desde la sensibilidad contemporánea. Algunos grupos radicales comenzaron a cuestionar la propia idea de edad de consentimiento, argumentando que el Estado infantilizaba a los menores y negaba su capacidad de decisión. Ciertos intelectuales interpretaban las relaciones sexuales entre adultos y adolescentes como una cuestión de libertad individual, siempre que existiera consentimiento. El problema, visto desde el presente, es que ese concepto de consentimiento apenas tenía en cuenta las enormes asimetrías de poder, experiencia y vulnerabilidad que pueden existir entre un adulto y un menor.

La carta de 1977 se redactó en el contexto de un proceso judicial contra varios hombres acusados de mantener relaciones sexuales con menores. Los firmantes denunciaban lo que consideraban una criminalización excesiva y sostenían que algunos menores podían consentir libremente esas relaciones. El lenguaje empleado en el documento resulta hoy chocante porque presenta a los menores como sujetos plenamente capaces de decidir en un terreno donde actualmente se reconoce una especial vulnerabilidad psicológica y emocional.

A menudo se afirma que el escritor Gabriel Matzneff fue el redactor de aquella petición. La cuestión no está del todo clara. Matzneff participó activamente en los círculos intelectuales que defendían posiciones extremadamente permisivas respecto a la sexualidad y fue, sin duda, una de las voces más explícitas en la normalización pública de las relaciones entre adultos y menores. Sin embargo, no existe consenso documental absoluto sobre si fue el autor material del texto concreto publicado en Le Monde. Lo que sí sabemos es que Matzneff encarnaba de manera casi paradigmática el clima cultural que permitió la existencia de esos manifiestos.

El caso de Gabriel Matzneff es probablemente el más difícil de relativizar históricamente. Durante décadas, este escritor francés publicó diarios y novelas en los que describía abiertamente relaciones sexuales con adolescentes e incluso con menores prepúberes. Lejos de ocultarlo, convirtió esas experiencias en parte central de su identidad literaria y pública. En programas de televisión y entrevistas hablaba de ello con una naturalidad que hoy resulta casi incomprensible. El mundo cultural francés no solo toleró durante mucho tiempo esas declaraciones, sino que en numerosos casos las trató como provocaciones sofisticadas propias de un escritor libertino.

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La situación cambió radicalmente en 2020 con la publicación de El consentimiento, de Vanessa Springora. En ese libro autobiográfico, Springora relataba la relación que mantuvo con Matzneff cuando ella era una adolescente y él un hombre adulto ampliamente reconocido en el mundo literario parisino. El texto mostraba hasta qué punto la fascinación intelectual, la diferencia de edad y el prestigio cultural podían generar dinámicas de sometimiento emocional difíciles de identificar desde dentro por la propia víctima. El impacto fue enorme porque convirtió en experiencia concreta lo que durante años había sido tratado como teoría abstracta o provocación literaria.

En el caso de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, la situación es distinta, aunque no necesariamente menos incómoda. Ambos mantuvieron durante años una relación abierta y desarrollaron una concepción muy particular de la libertad afectiva y sexual. Beauvoir, además, tuvo relaciones con algunas de sus alumnas adolescentes cuando trabajaba como profesora. El caso más conocido es el de Natalie Sorokine, cuya familia denunció la situación, provocando que Beauvoir perdiera temporalmente su licencia docente en 1943.

Décadas después, Bianca Lamblin —una antigua alumna que había mantenido relaciones tanto con Beauvoir como con Sartre— publicó unas memorias en las que describía la dinámica de la pareja como profundamente manipuladora. Según Lamblin, Beauvoir utilizaba la relación pedagógica y emocional con jóvenes admiradoras para introducirlas en el círculo íntimo compartido con Sartre. La autora afirmaba haberse sentido instrumentalizada y absorbida por una relación desigual en la que el prestigio intelectual de ambos desempeñaba un papel decisivo.

Aquí aparece una de las cuestiones más difíciles de analizar históricamente. Ni Beauvoir ni Sartre defendieron públicamente la pederastia con la claridad y la insistencia con la que lo hizo Matzneff. Sus relaciones conocidas suelen implicar adolescentes cercanas a la mayoría de edad legal de la época, no niños pequeños. Tampoco construyeron una teoría filosófica específicamente centrada en legitimar el deseo hacia menores. Sin embargo, sí participaron en un ambiente intelectual que tendía a minimizar las diferencias de poder y a interpretar las relaciones sexuales desde una idea muy radical de libertad individual.

La paradoja es especialmente incómoda en el caso de Beauvoir. La autora de El segundo sexo, una obra fundamental para el feminismo contemporáneo, ayudó a desarrollar herramientas críticas para analizar cómo funcionan las relaciones de dominación y dependencia entre hombres y mujeres. Sin embargo, algunas de sus relaciones personales parecen encajar precisamente en dinámicas de desigualdad emocional y simbólica que hoy muchos análisis feministas considerarían problemáticas.

Michel Foucault ocupa un lugar todavía más ambiguo dentro de esta discusión. Su firma aparece en los manifiestos de 1977 y 1979, y algunos testimonios posteriores lo relacionaron con relaciones sexuales con menores durante su estancia en Túnez. Sin embargo, las pruebas documentales sobre estos episodios son mucho más débiles y controvertidas que en el caso de Matzneff. La discusión sobre Foucault se ha convertido así en un ejemplo de cómo las acusaciones retrospectivas pueden mezclarse con interpretaciones ideológicas de figuras enormemente influyentes.

Lo que sí resulta indiscutible es que Foucault compartía con muchos intelectuales de su generación una profunda desconfianza hacia las instituciones disciplinarias y hacia la intervención del Estado en la sexualidad. Su crítica al poder y a las formas de normalización social contribuyó a crear un clima intelectual donde algunas personas consideraron legítimo cuestionar incluso las leyes destinadas a proteger a menores. Eso no significa necesariamente que Foucault defendiera conscientemente la explotación infantil, pero sí explica por qué pudo firmar documentos que hoy producen rechazo incluso entre muchos admiradores de su obra.

La gran pregunta es si el hecho de firmar aquellas peticiones permite afirmar que sus autores defendían la pederastia. La respuesta depende en gran medida de cómo definamos exactamente esa palabra. Si entendemos por pederastia una atracción sexual hacia niños o menores, resulta evidente que algunos firmantes —como Matzneff— sí defendieron públicamente prácticas que hoy encajarían claramente en esa definición. En otros casos, la situación es más compleja.

Muchos de aquellos intelectuales probablemente no se percibían a sí mismos como defensores de la explotación infantil, sino como críticos radicales de un sistema moral y jurídico que consideraban represivo. Creían estar defendiendo la libertad sexual frente a la autoridad del Estado. El problema es que su concepción de la libertad ignoraba o minimizaba factores que hoy consideramos esenciales: la vulnerabilidad psicológica de los menores, las relaciones de poder, la manipulación emocional o la incapacidad de un adolescente para negociar en igualdad de condiciones con un adulto admirado y socialmente prestigioso.

En ese sentido, las peticiones de 1977 y 1979 funcionan hoy casi como un documento arqueológico sobre los límites de cierta cultura intelectual de izquierdas posterior al 68. Revelan hasta qué punto la obsesión por la transgresión y la desconfianza hacia toda forma de autoridad podían conducir a posiciones extremadamente problemáticas. También muestran cómo determinadas élites culturales llegaron a construir una burbuja moral en la que la sofisticación teórica parecía situarlas por encima de las normas comunes.

Eso no significa que toda la obra de Beauvoir, Sartre o Foucault deba ser reducida automáticamente a estas polémicas. Pero sí obliga a releerlos de otra manera. La cuestión ya no es simplemente si fueron «hipócritas» o «monstruos», sino cómo figuras intelectualmente brillantes pudieron desarrollar puntos ciegos tan graves respecto a la vulnerabilidad infantil y las dinámicas de poder.

El cambio de sensibilidad moral entre los años setenta y la actualidad es fundamental para entender este proceso. Hoy existe un consenso mucho mayor en torno a la idea de que los menores necesitan protección específica frente a relaciones profundamente asimétricas. Conceptos como consentimiento, abuso de poder, dependencia emocional o coerción simbólica se interpretan de manera mucho más estructural que hace cincuenta años. La experiencia acumulada de víctimas y el desarrollo de nuevas perspectivas psicológicas y feministas han transformado profundamente la manera de entender estas cuestiones.

Sin embargo, reducir el problema únicamente a un «cambio de época» también sería demasiado sencillo. Incluso en los años setenta hubo voces críticas que consideraban inaceptables esas posiciones. El hecho de que determinadas ideas fueran toleradas en ciertos círculos intelectuales no significa que toda la sociedad las compartiera. Precisamente por eso el caso sigue siendo tan incómodo: obliga a reconocer que algunas de las figuras más admiradas del pensamiento contemporáneo participaron en debates que hoy muchos consideran moralmente indefendibles.

Quizá la lección más inquietante de esta historia sea que la inteligencia, el prestigio cultural o el compromiso político progresista no inmunizan contra los errores morales. A veces incluso pueden favorecer una peligrosa sensación de superioridad ética. Y quizá por eso las peticiones francesas de 1977 y 1979 siguen provocando tanta fascinación y rechazo al mismo tiempo: porque muestran cómo una parte de la élite intelectual europea confundió durante un tiempo la liberación con la ausencia de límites, sin comprender que la verdadera libertad también exige reconocer la vulnerabilidad de quienes no pueden defenderse en igualdad de condiciones.