Las homilías de García Cuerva: una crítica al gobierno de Milei y una impugnación del paradigma libertario

Las homilías pronunciadas por Jorge García Cuerva en los Tedeum del 25 de Mayo y del 9 de Julio de 2026 tienen continuidad política y conceptual y constituyen probablemente la intervención pública más significativa de la Iglesia argentina desde el inicio del gobierno de Javier Milei. Sin mencionar al presidente ni polemizar directamente con el oficialismo, el arzobispo construye una crítica que opera simultáneamente en dos niveles: interpela al gobierno por sus prácticas políticas y sus consecuencias sociales, y cuestiona los fundamentos filosóficos del proyecto libertario que orienta su acción, un cuestionamiento de la Iglesia Católica, cuyos fundamentos filosóficos y teológicos confrontan con el liberalismo en cualquiera de sus variantes históricas incluida la variante "libertaria" que hoy dice orientar el gobierno de La Argentina.

En el plano de la coyuntura, los destinatarios de ambas homilías de García Cuerva aparecen con claridad. La denuncia de dirigentes que viven «alejados del común de la gente», la preocupación por el sufrimiento provocado por la crisis social, el rechazo al deterioro del lenguaje público, la condena de la lógica de los «haters», la defensa del diálogo y la advertencia contra la fragmentación de la sociedad describen con notable precisión algunos de los rasgos que han caracterizado al gobierno de Javier Milei: la centralidad del ajuste económico como criterio ordenador de la política, la confrontación permanente como estrategia de construcción de poder, la descalificación sistemática de opositores y actores sociales, y una comunicación pública que privilegia el antagonismo antes que la búsqueda de consensos.

Cuando García Cuerva afirma que «Argentina necesita de todos, porque nadie es descartable», no formula únicamente una exhortación pastoral. Está cuestionando la legitimidad de un rumbo político que ha considerado aceptables elevados costos sociales en nombre de la estabilización económica. Del mismo modo, cuando reclama reconstruir la amistad social y el bien común, interpela a un gobierno que ha convertido el conflicto permanente en uno de sus principales recursos de legitimación política.

Sin embargo, limitar la lectura de ambas homilías a una crítica circunstancial al gobierno sería reducir el alcance de su mensaje. La profundidad de la intervención reside en que esas objeciones coyunturales se apoyan sobre una discusión mucho más amplia: la crítica a la filosofía política del libertarismo.

El libertarismo parte de la premisa de que el individuo constituye la unidad moral fundamental, que el mercado es el mecanismo más eficiente para coordinar la vida social y que el Estado debe reducir al mínimo sus funciones. La doctrina social de la Iglesia sostiene una posición radicalmente diferente. Considera que la persona sólo puede realizarse plenamente en comunidad, que el bien común constituye un principio rector de la organización política y que el Estado posee responsabilidades indelegables en la protección de la dignidad humana y la promoción de la justicia social.

Por eso, cada uno de los conceptos que estructuran las homilías —bien común, amistad social, solidaridad, encuentro, comunidad, escucha, esperanza— funciona también como una refutación de los postulados libertarios. Allí donde el libertarismo privilegia la competencia, García Cuerva reivindica la cooperación; donde exalta el individuo autosuficiente, afirma la interdependencia humana; donde relativiza el papel del Estado, recuerda la obligación de proteger a los más vulnerables; donde entiende la libertad como ausencia de restricciones, propone una libertad inseparable de la responsabilidad social.

Esta confrontación remite directamente al magisterio del papa Francisco. En Evangelii Gaudium, el pontífice sostiene que una economía organizada exclusivamente por la lógica del mercado termina subordinando la persona al beneficio económico. En Fratelli Tutti afirma que el mercado no puede resolver por sí solo los problemas colectivos y reivindica la fraternidad como principio político. García Cuerva traslada esa reflexión al presente argentino y la convierte en una lectura crítica del momento histórico.

También dialoga con Karl Polanyi, quien mostró que la subordinación completa de la sociedad al mercado provoca procesos de desintegración social; con Antonio Gramsci, para quien toda hegemonía política necesita construir una hegemonía cultural; con Norberto Bobbio, que entendía la democracia como un sistema basado en el reconocimiento recíproco y no sólo en el voto; y con Hannah Arendt, quien concebía la política como el espacio donde los ciudadanos construyen un mundo común mediante el diálogo.

Leídas en conjunto, las homilías constituyen, entonces, una doble interpelación. En el plano inmediato, representan la crítica institucional más importante formulada por la Iglesia al gobierno de Javier Milei, al advertir sobre los costos sociales del ajuste, la degradación del lenguaje público, la polarización como método de gobierno y el debilitamiento de la cohesión nacional. En un plano más profundo, cuestionan el paradigma liberal- libertario que inspira esas prácticas y proponen una concepción alternativa de la política fundada en el bien común, la justicia social y la solidaridad.

Precisamente porque evita la confrontación partidaria explícita, el mensaje adquiere una mayor potencia política. No se limita a objetar determinadas decisiones gubernamentales; pone en discusión la matriz ideológica que las sostiene. De ese modo, las homilías de García Cuerva se convierten simultáneamente en una crítica al gobierno de Javier Milei y en una impugnación ética y doctrinaria del libertarismo como proyecto de organización de la sociedad.

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