Lo viejo no es desecho, es recurso, incluso roto, sigue sirviendo para orientarse. "Lo viejo funciona" no como evocación romántica del pasado, sino como signo de resistencia. Se trata de aquello que persiste, que insiste. Lo que no se va del todo porque hay algo, en el sujeto o en lo social, que no cede. Algo que permanece, incluso cuando el presente impone olvido y renovación permanente.

Ana Monsell *
¿Qué es eso viejo que sigue funcionando? ¿Un objeto, una técnica, una idea? ¿La memoria?
Vivimos en un tiempo que exige la renovación constante de narrativas, identidades y vínculos. Todo parece moverse a velocidades imposibles. Sin embargo, hay espacios, en lo íntimo y en lo colectivo, donde lo nuevo no alcanza, donde incluso molesta. El mandato de “empezar de cero”, de “no recuerdes”, encierra una forma de evitación; como si sostener una historia, una pérdida, un vínculo, fuese una amenaza.
En este presente hiperconectado, todo lo que no es inmediato se vuelve sospechoso. Se impone una experiencia del tiempo profundamente individualista, en la que nada del otro parece poder alojarse. El sujeto queda atrapado en un espejo digital que solo le devuelve su propia imagen, filtrada por el algoritmo.
Cuando la política pierde cuerpo, se vuelve simulacro. Y cuando renuncia a la memoria, deja a la población a la deriva, como náufragos del sentido. En ese contexto, la historia, las historias familiares, los rituales cotidianos, las palabras heredadas se convierten en refugios. El pasado no es solo recuerdo, es estructura, es anclaje. Es aquello que permite habitar el presente sin quedar disuelto en él.
Quizás por eso lo viejo funciona, porque nos recuerda que hubo otro. Que alguien ya pasó por acá, con su miedo, su ingenio, sus recursos. Que alguien dejó una marca, una señal, una palabra. Una historia que aún pide ser contada. Recordar eso es sostener el lazo. Es reponer la continuidad del deseo frente al borramiento.
La política, en su afán por la innovación constante, a menudo olvida que el lazo social se teje con hilos antiguos. Las promesas vacías, los discursos sin cuerpo, no alcanzan. Lo que moviliza es el reconocimiento, la escucha, la presencia real del otro, con su historia inscripta en la historia común. Es en el encuentro donde nace el deseo de lo común.
En un tiempo en el que todo parece efímero, donde las relaciones se digitalizan y las decisiones se toman al ritmo de los algoritmos, recordar que “lo viejo funciona” es un acto de resistencia. Es afirmar que hay valor en lo que perdura, en lo que ha sido probado por la experiencia, en lo que, incluso desgastado, orienta.
Quizás entonces la pregunta no sea cómo innovar, sino cómo reconectar. Cómo volver a mirar al otro, a escucharlo, a reconocer en su historia algo de la nuestra. Porque en ese reconocimiento mutuo se juega la posibilidad de construir un presente con sentido y un futuro con esperanza. Lo viejo orienta, como orienta la memoria, no hacia atrás, sino hacia lo que aún puede ser común.
———————————————
*Psicoanalista