Es notable cómo, en el vasto panorama de las publicaciones de izquierda y progresistas en América Latina, se erige un silencio ensordecedor alrededor de un evento liminar: el intento de femimagnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner en el año 2022. Este atentado, perpetrado en plena luz del día ante las cámaras y el pueblo argentino, no es un mero incidente aislado, sino el punto liminar de una ofensiva imperialista que se extiende como una sombra sobre el continente.

Sin embargo, en los análisis críticos que denuncian la injerencia yanki en la región, este hecho brilla por su ausencia. Se nombran, con justeza, las agresiones contra Cuba, con su bloqueo eterno y sus intentos de desestabilización; Colombia, azotada por paramilitares y bases militares estadounidenses; Venezuela, bajo el yugo de sanciones y golpes blandos; Chile, con su legado pinochetista revivido en represión; Honduras, víctima de un golpe de Estado en 2009 que abrió la puerta a narco estados y elecciones en 2025 de dudosa legitimidad; y hasta Bolivia, con el derrocamiento de Evo Morales en 2019 orquestado desde Washington.
Todos estos casos son citados como ejemplos paradigmáticos de la doctrina Monroe actualizada, del intervencionismo disfrazado de «defensa de la democracia». Pero Cristina, la dos veces presidenta y vicepresidenta argentina, la líder peronista que encarna la representación de un sector amplio de la ciudadanía es omitida sistemáticamente.
Esta omisión no es casual ni inocente; revela más que un voluminoso ensayo sobre el fascismo, el totalitarismo o el mundo sin reglas que rige el orden global. Habla de una fractura en la narrativa de los opositores al actual gobierno libertario, de una reticencia a confrontar las formas específicas que asume la lucha popular en cada territorio.
En Argentina, el «nombre Cristina» no es solo un significante personal; es el campo de batalla donde se dirime la confrontación entre las elites oligárquicas, aliadas al imperialismo, y las masas populares. Nombrar a Cristina es invocar la soberanía nacional, la redistribución de la riqueza, la memoria de Evita y Perón, la defensa de los derechos sociales contra el neoliberalismo salvaje.
Es reconocer que el atentado del año 2022 no fue un acto de un lunático aislado, sino el clímax de una campaña de lawfare, fake news y demonización mediática impulsada por los mismos poderes que orquestan derrocamientos en otros países.
El Magnum 38 apuntado a su cabeza simboliza la violencia estructural del sistema: un intento de silenciar no solo a una mujer, sino a un proyecto político que desafía el statu quo.
Recordemos el paralelismo histórico con Juan Domingo Perón. En los años de la proscripción peronista, tras el golpe del año 1955, se prohibió mencionar su nombre en público.
«El innombrable», lo llamaban los opositores. Pero esa prohibición generó el efecto contrario: en las generaciones posteriores miles se hicieron peronistas precisamente para poder nombrarlo y rescatar su legado de la clandestinidad.
El peronismo se convirtió en una identidad colectiva, en una forma de resistencia cultural y política. Hoy, con Cristina, ocurre algo similar. Su nombre es tabú en ciertos círculos progresistas, e incluso peronistas, quizás por temor liso y llano, ser tildados de «populistas» o por internas ideológicas minúsculas que priorizan la supuesta pureza doctrinal.
Pero al no nombrarla, se cede terreno a la derecha, que sí nombra: nombra «corrupción», «populismo», «kirchnerismo» pone nombra y apellido sin ruborizarse, como sinónimos de todo mal, construyendo una narrativa hegemónica que justifica el ajuste, la represión y la entrega de recursos nacionales.
Pensemos en el contexto regional. En Cuba, el imperialismo se manifiesta en el embargo económico, que asfixia a la isla desde 1960, violando derechos humanos básicos mientras Washington predica libertad. En Colombia, la presencia de siete bases militares estadounidenses no es casual; sirven supuestamente para controlar el narcotráfico y, de paso, vigilar a Venezuela y el continente.
Hablando de Venezuela, las sanciones impuestas inicialmente por Trump -y continuadas por Biden- han causado miles de muertes por falta de medicinas y alimentos, una agresión de orden económico y social disfrazada de «presión democrática».
Chile, bajo Piñera y ahora Boric, lidia con las secuelas del estallido social de 2019, donde la represión policial evocó los peores días de la dictadura, con apoyo implícito de EE.UU.
Honduras, post-golpe contra Zelaya, se convirtió en un paraíso para corruptos y narcos, con el beneplácito de la OEA.
Bolivia vio cómo Jeanine Áñez, con respaldo yankee, usurpó el poder tras el fraude alegado contra Evo, instaurando un régimen racista y represivo que duró un año pero dejó heridas profundas.
Argentina no escapa a esta trama. El intento de asesinato a Cristina en septiembre del año 2022, cuando un hombre armado le gatilló en la sien frente a su casa en Recoleta, fue el corolario de años de persecución judicial y mediática.
El lawfare, importado de Brasil con Lava Jato, se usó para inhabilitarla políticamente, condenándola por causas armadas como la las “coimas de Antonini Wilson en los inicios de su primer mandato, la «ruta del dinero K» o la causa Vialidad, etc.
Pero el atentado reveló la fase violenta: no bastaba con la cárcel o el exilio; se buscaba su eliminación física. Y sin embargo, en los foros progresistas internacionales, este evento se menciona de al pasar, si es que se menciona.
¿Por qué? Porque Cristina representa un peronismo que no encaja en moldes ideológicos puros: es nacionalista, popular, feminista en acción (no solo en discurso), y ha impulsado políticas como la AUH o la nacionalización de YPF que benefician a las clases bajas. Su liderazgo carismático incomoda a quienes prefieren abstracciones teóricas sobre el «imperialismo» sin anclaje en figuras concretas.
Esta ausencia narrativa fortalece al enemigo. Quienes gobiernan hoy en Argentina –Milei y su banda de liberfachos– no ganan elecciones por sostener una baja en la inflación «trucha» manipulada por el INDEC y consultoras privadas, ni por un plan económico con respirador artificial, sostenido por el FMI y sus recetas de ajuste eterno.
No, ganan en la narrativa. Ellos nombran: nombran «casta» para deslegitimar a la política, «libertad» para justificar despidos masivos, «anarcocapitalismo» para disfrazar la entrega del litio y el petróleo a multinacionales.
Construyen un relato donde el Estado es el villano, y el mercado, el salvador. Mientras, la oposición democrática y sectores del peronismo callan sobre Cristina, permitiendo que su nombre sea asociado solo a escándalos fabricados por Clarín y La Nación.
Para revertir esto, hay que nombrar. Nombrar a Cristina como símbolo de la lucha antiimperialista en Argentina, integrándola al mapa de resistencias latinoamericanas. Nombrarla es reconocer que la ofensiva yanki adopta formas locales: en Brasil, fue el impeachment a Dilma; en Ecuador, la traición de Moreno; en Perú, el derrocamiento de Pedro Castillo.
En Argentina, es el intento de borrar a Cristina del mapa político. Pero el pueblo argentino, como en los tiempos de Perón, resiste nombrando. En las calles, en las plazas, en las urnas, el «nombre Cristina» resuena como un grito de clase: por trabajo, por educación, por soberanía. Es hora de que la oposición al actual gobierno lo incorpore a su discurso.
La omisión de Cristina en los relatos progresistas y peronistas no solo debilita la denuncia del imperialismo; perpetúa divisiones internas que benefician al opresor. Un ensayo sobre fascismo podría diseccionar teóricamente el ascenso de ultraderechas como Vox en España o Bolsonaro en Brasil, pero sin anclaje en eventos concretos como el femimagnicidio fallido, queda en abstracción.
El totalitarismo actual no es solo Orwelliano; es mediático, judicial y, cuando todo lo anterior falla, de supresión física.
El mundo sin reglas que describe Agamben o Žižek se materializa en atentados como este, donde un «lobo solitario» es en realidad el brazo armado de redes de odio financiadas por think tanks neoliberales.
En la actual geopolítica regional, donde EE.UU. navega imponiendo su agenda, nombrar a Cristina es anclar la resistencia en lo concreto. Es recordar que la resistencia popular no es un concepto etéreo; en Argentina tiene rostro de mujer.
Por eso, muchos kirchneristas seguimos nombrándola, no solo para defenderla, fundamentalmente para que su legado no sea también clausurado, proscrito, olvidado.
Ganar la narrativa implica integrar el atentado del año 2022 al gran relato antiimperialista, haciendo visible lo que se pretende invisibilizar.
Solo así, se podrá co0menzar a discutir seriamente a los que hoy dominan el relato y, con él, ejercen el poder sujetos a ninguna regla ni restricción.
El 1 de septiembre de 2022, a las 20:52, en el barrio de Recoleta, Buenos Aires, Argentina, Fernando André Sabag Montiel intentó asesinar a la vicepresidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. El atacante apuntó con una pistola Bersa del calibre 7.65 mm a la cabeza de la mandataria y gatilló dos veces, pero los disparos no se produjeron
Es la única que ocupa el lugar de impugnación al gran negociado que gobierna. Y no solo eso. Es la única que simboliza la potencialidad de recuperación popular y la soberanía nacional.
Por eso la tienen presa, para evitar que ese potencial se pueda actualizar.
Siempre fue así esto. El que se mete con el imperio paga el precio. Bueno, ella se metió y está pagando el precio.
Casi nadie entiende que Cristina está en el corazón de mucha gente. Es la única dirigente que logró eso. Por eso es líder y los demás no porque los demás te pueden gustar más o menos, pero no están en el corazón de nadie.
Excelente…