¿Qué entendía San Martín por libertad?

El artículo de Lucas Schaerer, publicado hoy en RezoXVos, propone una lectura de San Martín centrada en su catolicismo, su espiritualidad y la dimensión religiosa del Ejército de los Andes. El texto sostiene que sus padres eran terciarios dominicos, que San Martín fue bautizado en Yapeyú, que los Granaderos utilizaban escapularios y mantenían una disciplina espiritual, y que antes del cruce de los Andes el general hizo bendecir a la Virgen del Carmen de Cuyo y le entregó el bastón de mando.
Pero hay un punto políticamente mucho más interesante: el artículo intenta disputar el significado contemporáneo de San Martín. La cuestión no es solamente si San Martín fue católico —hay abundante evidencia histórica sobre su pertenencia cultural y religiosa—, sino qué proyecto político se construye hoy a partir de esa dimensión de su pensamiento.

San Martín: fe, independencia y soberanía
El artículo acierta al recordar algo que cierta historiografía liberal tendió a relegar: la revolución independentista rioplatense no nació en un vacío cultural secularizado. La sociedad colonial era profundamente católica y las ideas de emancipación convivían con lenguajes religiosos, jurídicos y políticos heredados de la tradición hispánica.
Sin embargo, reducir a San Martín a “un hombre de fe” resulta insuficiente. Su religiosidad debe ser situada dentro de un proyecto político mucho más amplio: la emancipación americana y la construcción de soberanías capaces de enfrentar la dominación colonial.
La propia trayectoria sanmartiniana resulta reveladora. Su proyecto no se limitaba a independizar un territorio administrativo del Imperio español. El objetivo estratégico era mucho más ambicioso: derrotar el poder colonial en América del Sur y evitar que la fragmentación política convirtiera a las nuevas repúblicas en espacios subordinados a las grandes potencias.
Por eso resulta especialmente significativo el pasaje del artículo que recupera la preocupación sanmartiniana por el “libre comercio” y contrapone su proyecto al de Rivadavia y posteriormente al de Mitre.
Ahí aparece una clave que permite conectar al San Martín histórico con los debates argentinos contemporáneos.

El problema no es religión versus secularismo
La discusión interesante no debería ser si San Martín fue “religioso” o “laico”. Esa oposición proyecta sobre el siglo XIX categorías contemporáneas.
La cuestión decisiva es otra: ¿Qué relación existía entre su fe, su concepción de la autoridad política y su proyecto de emancipación continental?
El artículo cita el Estatuto Provisional del Perú de 1821, cuyo primer artículo establecía la religión católica, apostólica y romana como religión del Estado. También señala que los funcionarios debían profesar la religión cristiana.
Pero ese dato necesita ser colocado en su contexto histórico. San Martín no estaba diseñando un Estado liberal del siglo XXI. Estaba organizando políticamente un territorio recién liberado de una monarquía colonial y en medio de una guerra revolucionaria.
Por eso resulta metodológicamente peligroso utilizar ese texto para convertir retrospectivamente a San Martín en un precursor de cualquier programa político contemporáneo.

El San Martín que incomoda al liberalismo económico
Hay, en cambio, una dimensión de San Martín que resulta particularmente fértil para pensar la Argentina actual.
El libertador entendía la independencia política como inseparable de la capacidad efectiva de los pueblos para decidir sobre su destino. La soberanía no podía reducirse a la existencia formal de una bandera, un gobierno y una Constitución.
Y aquí aparece una tensión histórica que sigue siendo actual: ¿Puede existir independencia política cuando las principales decisiones económicas, comerciales, financieras y estratégicas quedan subordinadas a poderes externos?
El San Martín de la emancipación ofrece una respuesta inequívoca: la independencia debía ser efectiva.
De ahí que sea mucho más productivo recuperar su figura desde la relación entre soberanía, territorio, recursos, integración continental y autonomía económica que utilizarlo como simple emblema religioso.

La disputa por la memoria de San Martín
Hay además una cuestión de política cultural.
San Martín es uno de los pocos símbolos argentinos capaces de atravesar las fronteras partidarias. Precisamente por eso, su figura constituye un terreno permanente de disputa por la memoria colectiva.
El liberalismo oligárquico construyó durante décadas un San Martín compatible con una determinada narrativa de la organización nacional. El nacionalismo popular recuperó otro San Martín: el de la emancipación americana, la soberanía y la oposición a la subordinación económica.

El artículo de Schaerer introduce ahora otra dimensión: el San Martín católico y espiritual.
Las tres dimensiones pueden coexistir históricamente. Lo que no debería hacerse es utilizar una de ellas para borrar las otras.
Porque un San Martín exclusivamente religioso sería tan incompleto como un San Martín exclusivamente militar o exclusivamente liberal.

La paradoja contemporánea
Y aquí aparece, a mi juicio, la cuestión política más potente.
Si se quiere recuperar al San Martín católico, también habría que recuperar su idea de comunidad, su noción de deber público y su concepción de la emancipación americana.
No parece posible reivindicar su religiosidad mientras se abandona la cuestión de la soberanía económica.
No parece coherente reivindicar su cruzada emancipadora mientras se considera que la inserción subordinada de la Argentina en los circuitos financieros y comerciales globales constituye una virtud en sí misma.
Y tampoco parece razonable convertir la religión de San Martín en una herramienta de legitimación de un proyecto económico que pueda profundizar la dependencia.

San Martín no fue simplemente un hombre que creyó en Dios. Fue un hombre que puso esa convicción al servicio de una determinada concepción del deber, la comunidad política y la emancipación.
Por eso la pregunta contemporánea no debería ser solamente “¿en qué creía San Martín?”, sino:
¿Qué entendía San Martín por libertad y qué condiciones materiales consideraba necesarias para conquistarla?
Esa pregunta devuelve la discusión al terreno verdaderamente sanmartiniano: la independencia como proyecto político, económico y continental.
Y allí el debate deja de ser sobre estampitas, ceremonias o apropiaciones religiosas de la memoria del Libertador para convertirse en una discusión sobre soberanía o dependencia.

La fe de San Martín

Por Lucas Schaerer

José Francisco de San Martín lideró el ejército más cristiano de la Edad Moderna. Liberó pueblos, no los sometió. Una historia de profunda fe que inició con sus padres y llegó hasta su tumba

El libertador de América tenía una profunda fe católica. Sus padres eran tan creyentes que llegaron a consagrarse como terciarios dominicos, reveló a RezoXVos, Marcela Hernández; de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Almirante Brown.

Ellos tuvieron a su hijo más chico en tierras evangelizadas por la Compañía de Jesús, los llamados jesuitas. José Francisco nace el 25 de febrero de 1778 en la reducción jesuítica, bautizada por San Roque González de Santa Cruz como “Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú”, hoy provincia de Corrientes.

Al día siguiente de su nacimiento San Martín es bautizado, es decir que inicia en la familia católica su protección y guía con el Espíritu Santo, por el fraile dominico, Franciscano de la Pera. La historia asegura que las actas bautismales fueron quemadas.

Su esposa y amiga, María Remedios de Escalada, era devota de la Virgen de Luján y en ese sentir le regala a su marido un relicario (que es un colgante que guarda algo sagrado) de la patrona de la Argentina, hoy expuesto en el Museo Udaondo de la ciudad de Luján.

El ejército de Granaderos a Caballo tenía una disciplina espiritual diaria. Cada uno de sus integrantes llevaba un escapulario, que son dos pequeños trozos de tela unidos por cordones que se colocan sobre el pecho y la espalda y que simbolizan la protección maternal de la Virgen María y la pertenencia a una vida cristiana.

Es llamativo que el bautismo de fuego de los Granaderos en el campo de batalla haya ocurrido en el convento de San Lorenzo (provincia de Santa Fe) donde San Martín, el gran capitán, vigilaba el desembarco de los invasores a quienes derrotó para consagrar la primer victoria de los revolucionarios de la Independencia.

“Febo asoma, ya sus rayos, iluminan el histórico convento. Tras los muros, sordo ruido, oír se deja de corceles y de acero”, escribió en la “Marcha de San Lorenzo”, el autor afrodescendiente Cayetano Silva.

Cuando el libertador de Argentina, Chile y Perú se encontraba a los pies de la Cordillera de los Andes, en la provincia de Mendoza, mantenía la disciplina espiritual con un rezo matutino y diario frente al Crucifijo de la capilla del Plumerillo, que hoy se expone en el Museo Histórico Nacional.

Fue antes del épico cruce de los Andes, que el general San Martín hizo bendecir la imagen de la Virgen Del Carmen de Cuyo, se arrodilla ante ella, la consagra generala y protectora del ejército y además le entrega el bastón de mando.

Para esa epopeya, conformó una capellanía de sacerdotes patriotas y entre ellos el fraile franciscano, Luis Beltrán, quien terminó siendo fabricante y organizador de la artillería del ejército libertador.

En Perú, una vez que el gran capitán triunfa sobre los realistas españoles, escribe el estatuto provisional en el Palacio Protectoral de Lima, el 8 de octubre de 1821. Allí determina en su primer artículo “que la religión católica, apostólica romana es la religión del Estado”.

El laico de espiritualidad jesuita Carlos Zavalla, reveló a RezoXVos que “San Martín como buen militar era de acción. Por eso de pocas palabras, pero deja escrito que a la religión católica el gobierno la reconoce y como uno de sus primeros deberes ha de mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana y que cualquiera que ataque en público o privado su dogma y  sus principios será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiese dado. Mientras que, en los artículos segundo y tercero del estatuto Provisional, declaró que todos los funcionarios deben profesar la religión cristiana”.

Impedido de volver a su patria, murió un 17 de agosto en Francia. Luego fue repatriado y sepultado en la Catedral porteña, mientras que su hija, Merceditas, su yerno y su nieta, descansan en la basílica de San Francisco de la ciudad de Mendoza.

Una vida de fe revolucionaria que logró el ejército más cristiano del mundo al día de hoy, sin someter y que luchó para liberar y soñó un gobierno inco hispánico contrario a los cipayos del libre comercio, encarnados en Rivadavia y Mitre.

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