Venezuela: Siguen apareciendo las actas

Mientras en Venezuela el vector es la reconexión financiera; en Argentina, el régimen que organiza la captura de renta de recursos, el RIGI. Son piezas del mismo capitalismo estratégico, no el mismo negocio.

En Venezuela, Erebor Bank —startup con charter bancario estadounidense, cofundada por Palmer Luckey y Joe Lonsdale y respaldada por el Founders Fund de Peter Thiel— se ofreció desde mayo de 2026 a restablecer corresponsalía y subcuentas en dólares para bancos y empresas locales, en un mercado que la banca global sigue evitando por sanciones. En octubre se reportó un acuerdo de corresponsalía con el Banco de Venezuela. El interés declarado no es sólo bancario: el mismo ecosistema (Thiel, Palantir, Anduril) articula finanzas, defensa, datos y minerales críticos. La palanca es el acceso al sistema de pagos estadounidense.

En Argentina la palanca es otra. El RIGI funciona como contrato de largo plazo entre el Estado y el capital de gran escala: estabilidad fiscal y cambiaria, beneficios impositivos y libre disponibilidad gradual de divisas a cambio de un piso de inversión. A mediados de septiembre de 2026 el gobierno contabilizaba 23 proyectos aprobados por unos US$49.800 millones, con el cobre en torno a US$13.300 millones y el litio cerca de US$5.800 millones, más los desarrollos de Vaca Muerta (Los Toldos II Este, Rincón de Aranda, el oleoducto Vaca Muerta Sur, y más tarde Bajo del Choique–La Invernada de Pluspetrol, anunciado en US$12.400 millones a 25 años).

Vicuña encaja en esa cifra. Es la sociedad de BHP y Lundin Mining sobre Josemaría y Filo del Sol, en San Juan, con extensión a Chile. En febrero de 2026 la evaluación económica preliminar estimó US$18.000 millones a lo largo de varios años —el canciller Quirno habló de los primeros diez—, con unos US$7.000 millones hasta el primer concentrado de cobre, previsto para 2030. En julio el Ministerio de Economía aprobó su ingreso al RIGI como proyecto de exportación estratégica de largo plazo, con un compromiso de US$9.700 millones hasta 2031, parte de ese potencial mayor. La producción media proyectada para los primeros 25 años es de unas 395.000 toneladas de cobre, 711.000 onzas de oro y 22,2 millones de onzas de plata al año.

La pregunta de fondo el RIGI la responde de un modo preciso. El Estado no desaparece: diseña el marco, aprueba el ingreso y retiene regalías e impuestos residuales. Lo que cede es la capacidad de revisar, durante décadas, la alícuota, las retenciones y el acceso a divisas. La renta del recurso queda así repartida entre un operador extranjero que controla la tecnología, el financiamiento y la colocación, una provincia que cobra regalías, y un Estado nacional que cambia ingreso fiscal futuro y margen de política por inversión presente y exportaciones. No es concesión petrolera clásica ni nacionalización: es un régimen de estabilidad a medida del capital que puede movilizar decenas de miles de millones.

La analogía con Erebor sirve si se la lee así. No hace falta que Thiel tenga un banco en Buenos Aires. El patrón es la integración de eslabones que antes estaban separados: quien financia, quien extrae el mineral o el hidrocarburo, quien provee la infraestructura y, en el caso venezolano, quien reabre la puerta al dólar. En Argentina ese paquete lo arman BHP, Lundin, Rio Tinto, Glencore y las operadoras de Vaca Muerta, bajo un marco que el Estado escribió para atraerlos y que, una vez firmado, le quita margen para rediscutir quién se queda con la renta. Han aparecido las actas, la casa está en orden.

Tras el 3 de enero, Venezuela pasó de depender de China a necesitar un permiso de Estados Unidos para casi cualquier negocio. Las divisas del petróleo se depositan hoy en una cuenta del Departamento del Tesoro, las leyes se conversan con Washington antes de sancionarse y los negocios los cierran empresas del entorno de Donald Trump. El país que hasta hace un año Estados Unidos llamaba narcoestado aparece ahora en los papeles oficiales como destino de inversión,

Luis Alejandro Ruiz sigue ese reacomodo desde adentro. Es periodista venezolano, escribe en La Guacamaya, un medio venezolano de análisis internacional, energía, economía y finanzas que lee los asuntos globales desde el prisma venezolano. Investigó los intereses de Peter Thiel en el país, el reparto de permisos mineros y petroleros, y el papel que Venezuela podría cumplir como proveedora de recursos naturales para la industria de la inteligencia artificial y sus centros de datos.

Habla desde Caracas, en un país que, según su propia expresión, vivió “un siglo de historia comprimido en unos pocos meses, con dos terremotos de por medio”.

Empecemos por el dispositivo que hoy gobierna Venezuela. Después del acuerdo petrolero de la semana pasada —del que no hay un papel firmado que uno pueda analizar, solo comentarios— se transparentó algo que ya se sabía: el gobierno venezolano conversa buena parte de sus leyes con personeros que dependen del secretario Marco Rubio y del Departamento del Tesoro, las dos entidades clave a la hora de emitir los permisos y licencias que flexibilizan las sanciones. Venezuela saca una ley que se adapta a esos permisos y después aparecen petroleras, mineras y otras empresas a firmar memorandos de entendimiento. ¿Cómo describirías esa dinámica?

— Es una pregunta importante y no siempre tan sencilla de responder como aparece en la prensa internacional. Creo que estamos ante una relación asimétrica, marcada por todo lo que ocurrió el 3 de enero y por lo que venía ocurriendo desde antes. También por la historia política venezolana de las últimas dos décadas: un país que quedó muy roto, muy débil y deteriorado por el conflicto político interno, que se agudizó desde la llegada de Hugo Chávez en 1998 y siguió con la confrontación entre la oposición y el gobierno.

Hay un gobierno que mantuvo el poder después del 3 de enero, encabezado por Delcy Rodríguez, que durante la etapa de Maduro fue la cara que siempre se entendió con las potencias occidentales, tanto con Estados Unidos como con la Unión Europea. Era el vaso comunicante en las conversaciones con Washington, junto con Jorge Rodríguez, el presidente de la Asamblea Nacional.

La presidenta Rodríguez emprendió reformas muy importantes en los últimos meses: la nueva ley de hidrocarburos, una ley sobre minería, todas orientadas a abrir el país a esta nueva ola de inversión extranjera. No están exentas de dificultades ni de cuestionamientos. Es un paso en una dirección completamente distinta a la que se asociaba con el chavismo, que era un modelo centrado en el control del Estado y con un enfoque más social. Ahora el propio presidente de la Asamblea habla ante medios estadounidenses de economía de libre mercado.

Por primera vez en más de dos décadas hay una comunicación fluida con Washington, con acuerdos económicos que se firman y otros que se buscan firmar. Alrededor hay un proceso geopolítico: la nueva doctrina hemisférica de Estados Unidos, eso que llaman la doctrina Monroe, y toda la retórica de Trump y sus aliados sobre América Latina. Venezuela funciona como campo de prueba de una doctrina que quieren instalar en el resto de la región. Hay que verla como un ensayo de muchas cosas que Estados Unidos va a intentar replicar. El propio Trump reconoció que quería repetir el modelo Venezuela en Irán, aunque ahí no salió como esperaban.

Todavía cuesta ponerle nombre a esta etapa. La oposición habla de transición. Si hablas con expertos acá, por ejemplo con el politólogo John Magdaleno, uno de los estudiosos de casos de transición más importantes que tiene el país, verás que no la califica así y se muestra reservado. Yo me inscribo en esa línea. Vemos una comunicación fluida con Washington, pero también vemos que la oposición, que tradicionalmente tenía línea directa con Estados Unidos, no está involucrada en las decisiones que Washington toma sobre Caracas. Es un tema de Estados Unidos con el actual gobierno de Venezuela.

 

Peter Thiel, uno de las 100 personas más ricas del mundo, ofrece reconectar a Venezuela con la banca de EEUU - Banca y Negocios

 

Eso genera contradicciones que acá no nos imaginábamos ver a corto ni mediano plazo, y provoca una reconfiguración política enorme. Del lado del oficialismo hay voces que no están de acuerdo con esta etapa y otras que la defienden. En la oposición hay quienes respaldan la nueva relación entre Estados Unidos y Delcy Rodríguez, y hay quienes dicen que Trump les parece horrible porque se entiende con el chavismo. Ver a Venezuela con los ojos de 2008, de 2012 o incluso del año pasado ya no alcanza. Es un momento más complejo, con microespacios donde todo el mundo busca realinearse.

— Ahí entra un artículo tuyo sobre los intereses de Peter Thiel en Venezuela. Ahí contás que financia, a través de Founders Fund, un banco que hoy es prácticamente clave en la configuración entre Caracas y Washington. Recordemos algo importante para quien no sigue la realidad venezolana: hoy todas las ventas de petróleo y de las exportaciones venezolanas se depositan en una cuenta del Departamento del Tesoro, y recién cuando la Casa Blanca decide enviar ese dinero llega al Banco Central de Venezuela. ¿Qué papel cumple ahí esa empresa financiada por Thiel?

— Hablamos de Erebor Bank. Se fundó apenas el año pasado: el banco tiene un año. Lo fundó Palmer Luckey con apoyo de Founders Fund, que es de Thiel. Según se ha podido conocer, Erebor es clave en ese esquema de ventas petroleras controlado por Washington. Las divisas se depositan en el Departamento del Tesoro y Erebor se encarga de transferirlas al Banco Central de Venezuela, al Banco de Venezuela —uno de los más importantes del país— y a otros bancos estatales.

Ese acuerdo no salió de una licitación ni nada por el estilo. Sencillamente apareció, a comienzos de este año, poco después de enero. Es el primer paso, o el modo en que Peter Thiel pone el pie dentro de Venezuela, y lo hace por la vía financiera.

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Thiel es un personaje muy particular y ya tiene muchos intereses en la región, con lo que pasó en Próspera, en Honduras, y con lo que pasa actualmente en la Patagonia argentina. Es una de las tantas personas del ecosistema de Donald Trump que está entrando en negocios en Venezuela. No se trata solo de inversores estadounidenses: se trata de inversores ligados a ese ecosistema. Eso amarra lo económico y financiero a lo político, y le otorga un poder especial no tanto a Estados Unidos como a Trump y a su entorno. Thiel además es parte del ecosistema de J. D. Vance, un ala del Partido Republicano que ve esto como una oportunidad de entrar a Venezuela y de no dejarle todo el campo al ala más neoconservadora que encabeza Marco Rubio.

Por eso la entrada de este banco es importantísima. Hoy es una bisagra, el puente que conecta las decisiones financieras entre Washington y Caracas.

— En ese mismo artículo hablás de Venezuela como gran reservorio de minerales críticos —bauxita, tungsteno, cobre— para la industria tecnológica, y también como fuente de energía y de agua para cualquier enclave de centros de datos. Thiel y otros billonarios ligados a la inteligencia artificial buscan lugares seguros para instalarlos, porque en Estados Unidos generan una resistencia enorme: en estas elecciones hay votantes que van a las urnas en contra de los centros de datos. ¿Venezuela aparece como destino posible?

— Con los minerales críticos el tema es un poco complejo, porque existen pero no hay una certificación internacional. Eso es lo primero que hace falta para determinar cuánto hay, qué hay y en qué cantidades. Sin duda existen y son de mucho interés para Estados Unidos: después del petróleo, el segundo sector donde más licencias y concesiones ha liberado es el minero. No es casualidad. Las operaciones que vimos en el sur de Venezuela, los primeros ejemplos de cooperación entre Washington y Caracas en defensa y seguridad, fueron un operativo contra el Tren de Aragua en zonas predominantemente mineras.

 

Los pozos no anuncian los reventones - Blog Banesco

 

En Venezuela hay coltán, que es importante por el tantalio, usado en condensadores de alta densidad para la electrónica militar. Y niobio, para aleaciones superresistentes en motores de turbinas y componentes aeroespaciales. Son componentes esenciales para la industria de defensa, a la que Estados Unidos le está dando mucha importancia, y no solo Estados Unidos: Japón está en una etapa de rearme y ya se involucra en la compra de petróleo venezolano a través de Estados Unidos para diversificar sus fuentes de energía por el problema en Oriente Medio.

Con los centros de datos pasa algo parecido. Fíjate lo que ocurrió en los países del Golfo: muchos centros de datos en Emiratos Árabes, en Bahréin, en Catar fueron atacados por Irán. Están en una zona de alta exposición militar. En Venezuela eso no está ocurriendo ni va a ocurrir en el corto plazo. Venezuela se presenta como una oportunidad, no inmediata —eso es importante decirlo—, sino a largo plazo. Pero ya vemos que Palantir, y especialmente Peter Thiel, tienen a Venezuela en su radar.

También están las tierras raras, importantísimas para los imanes de los misiles guiados. Y el tungsteno, esencial para blindajes y penetradores de alta densidad, uno de los materiales con mayor escasez global: esa escasez se duplicó en el primer trimestre de 2026. Y el níquel para aceros especiales, el cobre, la bauxita, el hierro, que son estructurales para los blindajes. Asegurar ese acceso es fundamental para Estados Unidos porque reduce la dependencia de China, que desde 2010 en adelante entendió el poder que tienen los minerales críticos como herramienta de negociación geopolítica.

Venezuela está en el hemisferio, a tres horas de Florida, y muy cerca por barco. Y ahora Estados Unidos tiene en Delcy Rodríguez a alguien que manifestó públicamente, en varias ocasiones, que está dispuesta a hacer negocios y a recibir inversiones estadounidenses. Washington además lo ve como una oportunidad para desplazar la presencia china y rusa, que es uno de los elementos que más publicita el gabinete de Trump: lo hacemos para que ellos no estén ahí, entonces tenemos que estar nosotros.

En el último manifiesto que publicó Palantir se habla muchísimo del rearme alemán y del rearme japonés. Todos los componentes que mencioné son fundamentales para cualquier país que desee rearmarse. Estamos ante un ecosistema global donde tener un aparato de defensa resulta clave para que las grandes potencias no te devoren.

Y además del mineral está el agua. El Orinoco es el cuarto río del planeta por caudal: agua dulce, y también agua fría, importantísima para la refrigeración de los centros de datos. Todo eso en un lugar alejado de las zonas de conflicto y cerca de Estados Unidos, con los recursos naturales a disposición de quien quiera explotarlos. A mí, como venezolano, no me resulta fácil decirlo, porque implica ver a Venezuela como una suerte de reserva. Pero es un ejercicio de ponerse en los zapatos del actor del que hablamos.

— Se concibe a Venezuela como una mina.

— Hay un término, sí. Alexander Karp, el socio de Peter Thiel en Palantir, se formó en Alemania y toma de Heidegger un término, Bestand, que en alemán significa reserva permanente. Es la operativización de la naturaleza para los intereses humanos: un río ya no es un río que adorna un paisaje, sino una fuente de agua para alimentar un embalse y generar electricidad.

Esa visión importa, porque hablamos de personas que tienen una idea de lo que quieren hacer con el mundo y una agenda propia, que incluso va más allá de lo que piensa la administración Trump. Venezuela es un país interesantísimo para ellos y para la manera en la que vienen actuando. Tiene además un problema institucional que en algún punto habrá que abordar y que facilita estas cosas. Ya lo vimos en Honduras y lo vemos en Argentina.

Venezuela es hoy un país vulnerable para muchos de estos intereses. Con esto no digo que alguien vaya a entregarlo en bandeja de plata. Digo que un país bajo una situación de fuerza, que viene de atravesar un hecho como el 3 de enero, en un hemisferio donde Estados Unidos quiere reafirmar su presencia por cualquier medio, es una nación vulnerable. Ya lo demostraron el 3 de enero, y lo demuestran con la presión sobre Brasil y con la presión que ejercieron en las elecciones de Colombia.

Hay otro elemento clave para los centros de datos: el gas natural. En el oriente del país, en la zona de Monagas, según cifras de PDVSA se queman cerca de 26,75 millones de metros cúbicos de gas natural al día. Eso representa unos 4 millones de dólares diarios y alrededor de 1.500 millones de dólares al año en gas que se ventea y se quema. Un reporte del Banco Mundial confirma la magnitud del problema: Venezuela figura entre las nueve naciones que más gas ventea, junto con Rusia, Irán y Estados Unidos, y ocupó el cuarto lugar en el ranking de flaring mundial en 2025.

Es un gas sobrante de la extracción petrolera, sin infraestructura que lo capture. Se desperdicia un gas que podría alimentar esos centros de datos, y que alcanzaría para cubrir la demanda interna de un país como Colombia o la de muchos países del Caribe. Está ahí, a disposición de que en algún momento se emplee la tecnología para reutilizarlo. Eso lo sabe Estados Unidos, y en este nuevo proceso el gas natural está cobrando mucha importancia: ya se firmaron acuerdos con dos empresas del Golfo, una de Catar. Ya sabemos el rol que tuvo Catar antes y después del 3 de enero en la facilitación del canal de diálogo entre Washington y Caracas. Una de esas empresas está ligada a Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, que hace negocios en todo Oriente Medio. Ese es el tipo de actores que están entrando.

 

Trump is leaning on son-in-law Jared Kushner for difficult diplomacy - Los Angeles Times

 

Lo que quiero dejar planteado es que hay una suma de factores que convergen con los intereses y las necesidades de estos actores. Y es cuestión de tiempo para que sean aprovechados. Sumale las represas como el Guri, con una capacidad instalada enorme para generar electricidad: si se llegan a acuerdos para modernizarlas —y Estados Unidos exigió que se haga con empresas estadounidenses o aprobadas por Washington para tener el control—, ves cómo se va configurando todo. No es una configuración aleatoria ni casual: favorece al ecosistema ligado a Donald Trump.

— Lo llamativo es que hasta el 3 de enero Venezuela dependía casi completamente de China: exportaciones petroleras, inversiones en infraestructura, la red de telecomunicaciones a través de Huawei con CANTV. Venezuela llegó a ser miembro fundador de la Organización de Cooperación en Inteligencia Artificial creada por Pekín. Después del 3 de enero pasa a ser un país que no puede hacer un negocio sin permiso de Estados Unidos y que ingresa en el bloque rival, el de los países que proveen recursos y minerales críticos a Washington. Además, en el acuerdo petrolero se habla de empresas chinas que se quedarían sin sus pozos para dárselos a North American Blue Energy Partners, la empresa de Alejandro Betancourt. Todo esto depende de desplazar a China de enclaves estratégicos, cuando China también tiene presencia minera y es el principal acreedor bilateral de la deuda venezolana. ¿Cómo se conjuga ese giro?

— Venezuela está en el medio de una disputa entre Washington y China. Es un laboratorio de pruebas para eso, y es anterior a la administración Trump. El problema empezó a manifestarse cuando Estados Unidos sancionó a Venezuela y a la empresa petrolera: Venezuela tuvo que venderle petróleo a China con descuento, China se llevaba crudo muy barato y eso generó dependencia. Al mismo tiempo, los acuerdos que sostienen la deuda con China están en parte basados en petróleo.

La estrategia estadounidense es que China no tenga un rol protagónico en la reestructuración de la deuda, porque podría quedarse con activos estratégicos. Esas cosas ocurren en las reestructuraciones. Para eso diversifican el mercado petrolero venezolano, aun cuando Estados Unidos es productor de petróleo, porque también necesita abastecer sus reservas y darle energía a precio asequible a sus socios.

India, por ejemplo, se convirtió el mes pasado en el segundo destino de exportación de petróleo venezolano, comprado a través de Estados Unidos. India es un contrapeso muy importante para la estrategia estadounidense en el Indo-Pacífico frente a China. También vimos a Japón, a Corea del Sur y a Filipinas comprar crudo venezolano para reducir su dependencia de Irán o de otros exportadores del Golfo comprometidos por la guerra.

El petróleo venezolano es hoy un arma de negociación de Donald Trump en el escenario internacional. Cuando se reunió con Narendra Modi para que dejara de comprar petróleo ruso e iraní, le planteó un acuerdo para quitar aranceles a cambio de que India comprara crudo venezolano. Es también una manera de presionar a Rusia y a Irán.

Con China el cálculo es otro: si diversificás el mercado petrolero venezolano y China deja de ser el comprador residual, China pierde poder de veto en una futura reestructuración. El gran temor de Estados Unidos es que China use esos acuerdos petroleros para boicotear el plan en un eventual proceso de reestructuración, que podría involucrar al FMI, aunque de momento el FMI no participa y eso hay que aclararlo. China ya lo hizo en Sri Lanka, en Ghana y en otros países, y eso generó problemas enormes. Anula además uno de los principios del FMI en las reestructuraciones, el trato comparable, y puede hacer que otros acreedores se retraigan y el proceso se ralentice. Afecta directamente el plan de Trump de mostrar a Venezuela como un éxito.

Estados Unidos viene logrando esa diversificación en buena medida. Pero China sigue siendo un actor muy importante: esto no se hace con un borrón y cuenta nueva. No pudo hacerlo Milei en Argentina ni Daniel Noboa en Ecuador, que hace poco lo vimos con Xi Jinping. El propósito estadounidense es desplazar a China del petróleo y de las telecomunicaciones y evitar que esa presencia se expanda, aunque la relación entre China y Venezuela ya venía enfriada en los últimos años, sobre todo en la etapa de Maduro, por la falta de pago de la deuda y los incumplimientos. Muchos proyectos chinos nunca se materializaron bajo el chavismo. Desde mi punto de vista, esa relación, que pudo haber sido provechosa, no se aprovechó de la mejor forma.

Hoy Estados Unidos ofrece toda clase de incentivos para alejar a Venezuela de China. Sin embargo, aun después del 3 de enero Venezuela se adhirió al bloque que lidera China para el desarrollo de la inteligencia artificial, y Delcy Rodríguez sostuvo encuentros públicos con el embajador chino. No creo que esa relación se corte de manera abrupta. Sí vamos a ver a Estados Unidos buscar la forma de limitar la expansión china: todas las licencias que aprueba dicen en alguna parte que no pueden participar empresas de Corea del Norte, Cuba, China, Irán ni Rusia. Pero ya hay una presencia consolidada. Incluso en 2024 se discutía que, aun con un gobierno distinto al chavismo, la relación con China tendría que mantenerse porque hay compromisos adquiridos. Los chinos no van a dejar de defender sus intereses, aunque no puedan hacerlo de manera frontal. Y Delcy Rodríguez fue una de las personas que más articuló parte de esos acuerdos con China.

 

🇻🇪⛏️ Venezuela posee una de las mayores riquezas minerales de la región: petróleo, gas, oro y tierras raras clave para la industria tecnológica. Sin embargo, nacionalización, falta de datos confiables, minería irregular

 

Los cambios en quienes dirigen la política exterior venezolana hablan de ese equilibrio. El canciller es Félix Plasencia, que fue embajador en China y también, recientemente, encargado de negocios en Washington. Habrá que ver cuál es el margen de tolerancia de Estados Unidos. De momento no se conocen tantos detalles de los campos petroleros que Washington dice haberles confiscado a Rusia y a China. Esta administración es bastante estrambótica con sus anuncios y suele exagerar. Lo que uno puede saber es que las empresas controladas por China y Rusia siguen operando: producen 200.000 barriles diarios, en empresas conjuntas con PDVSA, sin ser participantes mayoritarias. Eliminar la presencia china no se hace con una firma ni con un decreto. Hay un proceso de por medio, y la deuda va a ser muy importante ahí. Si bien China es el mayor acreedor bilateral, el porcentaje de deuda que tiene no es el más grande: lo que la hace relevante son sus acuerdos de pago en especie con petróleo.

— Hablamos siempre de petróleo, pero el negocio de la deuda venezolana es uno de los grandes elefantes blancos del proceso. Hay un montón de acreedores y no está claro cuánto se le debe a cada uno: el fondo China-Venezuela, las inversiones de las petroleras, los pedidos de resarcimiento de empresas extranjeras con fallos favorables en la justicia estadounidense y en el CIADI, los tenedores de bonos que quedaron atrapados cuando Venezuela entró en cesación de pagos. ¿Qué está pasando con esa negociación? Se había nombrado a Centerview, una firma que según Reuters se acercó a partir de Mauricio Claver-Carone, y que a su vez preside Matthieu Pigasse, antiguo gestor de la deuda venezolana en los últimos años de Chávez y los primeros de Maduro.

— Ese proceso está en un punto muerto, llamémoslo así. Se esperaba que la semana anterior a los terremotos se presentara un primer informe técnico. No ocurrió, y no ocurrió después, aun cuando todo lo demás siguió moviéndose: el acuerdo petrolero, otra serie de reformas. Hay muchas especulaciones al respecto.

Pigasse además tiene intereses propios en una candidatura presidencial en Francia, y creo que eso va a pesar. La intención inicial era arrancar el proceso antes de las elecciones de medio término, que ya están a la vuelta de la esquina. Fue un proceso bastante particular porque no hubo licitación formal: fue algo que anunció el gobierno venezolano. En la prensa estadounidense se habló mucho del papel de Mauricio Claver-Carone y de Jessica Bedoya, figuras importantes dentro del proceso aunque no reconocidas públicamente. Él mismo declaró que no tiene nada que ver, pero hay bastante material periodístico al respecto, incluso en Estados Unidos.

El monto de la deuda fue rebatido por economistas venezolanos que no están ligados al oficialismo. No hubo auditoría externa ni auditoría del FMI para un informe técnico más creíble, que es lo que piden muchos acreedores, y eso generó un misterio.

También se habló mucho de un canje de deuda por activos. Delcy Rodríguez anunció una transferencia de activos públicos que no están en pleno funcionamiento, algo que ya se había anunciado en la etapa de Maduro. Muchos de esos activos vienen de las expropiaciones de la época de Chávez, de empresas privadas que pasaron a ser públicas, y eso dio origen a litigios internacionales que Venezuela todavía enfrenta, varios con deudas que el Estado tendrá que pagar o negociar. Ese proceso de privatizaciones, aunque el gobierno no lo llame así, está ligado a la reestructuración.

Habrá que ver si Centerview Partners se mantiene como asesor del gobierno venezolano o si, en medio de esta vorágine, se escoge a otro banco. Esa información todavía se conoce poco. Y están los intereses de otros acreedores: no todos pueden aceptar activos, algunos necesitan el dinero, sobre todo por temas legales en Estados Unidos y especialmente en Nueva York. El debate sobre la deuda se apagó, primero a raíz de los terremotos y luego por este acuerdo petrolero, que se robó todos los reflectores dentro y fuera del país.

— Vamos entonces al acuerdo petrolero. Una de las grandes cuestiones en Venezuela es la poca transparencia sobre lo que se acuerda. Hay una formalización de una privatización masiva de la industria petrolera: la nueva ley de hidrocarburos establece convenios de participación productiva que encubren un traslado de concesiones que estaban en manos de PDVSA hacia privados. Hay registros de lobby de petroleras grandes y pequeñas que después terminan firmando memorandos: Chevron pagó más de un millón de dólares en lobby este año con un ítem Venezuela Energía, Venezuela Sanciones. ¿Qué hay de concreto? Porque parece que hay mucho pie adentro de la puerta, pero poca formalización de cuánta plata se va a poner para llevar la producción al millón y medio o a los tres millones de barriles diarios que se anunciaron.

— Es un acuerdo que suscitó todo tipo de opiniones, también por los involucrados. La figura de Alejandro Betancourt fue sugerida por el propio Marco Rubio. Es una persona con vinculaciones tanto con la oposición como con el gobierno venezolano. Axios reveló que Betancourt fue el encargado de llevar una carta al Kremlin en la etapa de Guaidó, cuando la oposición pedía que Rusia dejara de apoyar a Nicolás Maduro. El apoyo ruso fue muy importante en ese momento para que Maduro siguiera en el poder.

Lo que realmente ocurre es que Estados Unidos busca asegurarse yacimientos. El llamado de Trump a las grandes compañías, ExxonMobil o ConocoPhillips, para que regresen no se concretó. Trump insiste en que Exxon quiere, pero Exxon no ha querido hacer comentarios: hay una media verdad en ambas cosas. Exxon todavía tiene muchos intereses acá y no es descartable que vuelva; además hay todo un proceso vinculado al conflicto del Esequibo.

Lo que sí pasa es que empresas privadas con buenas conexiones con esta administración están desplazando a competidores locales y extranjeros. El caso más famoso fue Petrodelta, donde se le retiró la concesión a una empresa ligada a los herederos de Oswaldo Cisneros, de una rama de la familia Cisneros que no tiene relación con los Cisneros dueños de Venevisión. Eso generó quejas y la información salió en Bloomberg y en El País. Esos campos irían a petroleras estadounidenses, aunque todavía está en stand-by: con acuerdos tan opacos, uno tiene la información un día y al día siguiente el acuerdo se puede caer.

De paria à « vice-roi » du pétrole, Alejandro Betancourt, le sulfureux intermédiaire de Trump au Venezuela - Le Parisien

 

Estados Unidos vende todo esto como un justificante de seguridad nacional. Ve el petróleo venezolano igual que a los minerales críticos: como un elemento militar, de defensa. En parte por eso involucran al Pentágono y al Departamento de Guerra. Pero al mismo tiempo, en los acuerdos firmados la semana pasada solo participan empresas que ya tienen presencia en Venezuela. No llega ExxonMobil ni ConocoPhillips: se trata de Chevron, Repsol, Eni, una empresa india, incluso GeoPark, ligada a la familia Gilinski de Colombia, financistas de Abelardo de la Espriella y muy ligados a Israel. Y está Hunt Oil, que creo que es la empresa que va a tener más éxito en estos acuerdos porque tiene antecedentes de operación en otras partes del mundo. Es una de las afectadas por el conflicto en Oriente Medio: sus instalaciones en el Kurdistán iraquí fueron atacadas por milicias ligadas a Irán. Esa empresa también tuvo mucho que ver con la invasión a Irak en la etapa de George W. Bush y estaba muy ligada a Dick Cheney. Para que entendamos qué clase de actores estamos viendo.

— Cuando decís Hunt Oil hablamos de la familia que inspiró la serie Dallas, un empresario muy importante en Texas. No es cualquier petrolera.

— Dentro de ese mundo de empresas que están entrando, que no son tan conocidas precisamente porque las grandes todavía no quieren entrar, esa es la más importante. Y tiene mucho sentido por lo que pasa con sus operaciones en Oriente Medio, donde tuvieron que pararlas por el conflicto.

La premisa de estos actores cercanos a la administración, incluida la propia familia de Donald Trump, es usar esa influencia para cerrar acuerdos en Venezuela, con un carácter más financiero que operativo. Muy posiblemente esos acuerdos no se aplican en áreas sin explotar: son pozos ya certificados, explorados, donde ya hubo actividad. Y son empresas ligadas también a Alejandro Betancourt. Hay otros inversionistas esperando su turno, pero estos fueron los primeros.

Vale la pena recalcar que muy probablemente estas empresas no terminen operando esos campos, sino que los vendan después, cuando las grandes como ExxonMobil o ConocoPhillips quieran entrar. Ahí puede estar parte del negocio. En el caso de Hunt Oil creo que sí va a operar; las demás, no. Hay empresas muy pequeñas: esta semana apareció que el dueño de Coinbase compró un pozo petrolero y lo quería tokenizar. Me quedo con esa idea. Son pequeñas empresas que ven un gran negocio, se meten, y después les venden los campos a las grandes.

— Algo así pasó en la historia venezolana, de otra manera, con las concesiones de Juan Vicente Gómez. La primera ley de hidrocarburos no le daba al Estado la propiedad de las concesiones: cobraban los derechos de explotación quienes tenían las tierras petroleras y, oh casualidad, gran parte de esas tierras eran propiedad de la familia del dictador. Corregime si me equivoco.

— Fue así, y tuvo implicaciones importantísimas en nuestra historia. Muchas personas quisieron comparar ambas etapas. Más allá de los acuerdos, el punto de comparación que me parece más interesante es que nuevamente Estados Unidos busca controlar las reservas estratégicas de Venezuela para asegurarse influencia sobre ellas, con una lógica de seguridad nacional. Eso pasó también en el contexto de la Primera y la Segunda Guerra Mundial: Venezuela fue importantísima en el abastecimiento de energía de los aliados, en especial de Estados Unidos, y la familia Rockefeller jugó un papel muy importante acá.

Hay un libro muy bueno sobre la relación entre Venezuela y Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Si le quitás la palabra Alemania y ponés China, la lógica se mantiene: tenemos que desplazar a este actor porque gana influencia en lo que consideramos nuestra área de influencia. Básicamente eso es lo que piensa esta administración de América Latina y de Venezuela, y lo vocifera a diario.

En aquella época todo ese ecosistema también estaba ligado al poder. Vendían esas concesiones a las transnacionales por montos muy grandes, y también los alquileres. Eso constituyó buena parte de la élite económica venezolana. De hecho, en Venezuela es muy raro que las élites empresariales no estén ligadas de alguna forma al negocio petrolero. Siempre le digo a la gente que quiere entender lo que pasa acá que revise esa etapa de la historia y también lo que fue después la nacionalización. En Estados Unidos incluso lo compararon con lo que pasó en Irán con la Anglo-Persian Oil Company.

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En un mundo en conflicto, Estados Unidos quiere abastecer sus reservas y necesita que no se agoten cuando tenga que suplir de energía a sus socios, algo que viene pasando por Ucrania y por Irán. El petróleo venezolano es una opción: comprá petróleo venezolano a través de nosotros. El acuerdo con NABEP habla de 17 campos petroleros. Estados Unidos dice una cosa y acá dicen otra sobre la duración del contrato. Si se publica algo, habrá que ver qué dice; de momento no se conoce y especular sería irresponsable. Faltan los detalles y hay muchas dudas y cuestionamientos legales.

También hay que ver qué pasa en las elecciones de medio término. Si ganan los demócratas, ¿van a cuestionar el acuerdo, lo van a interpelar, o lo van a utilizar? Porque le otorga a Estados Unidos influencia sobre las reservas de petróleo venezolanas, y eso es un interés de Estado. Las petroleras también juegan mucho: Chevron hizo un negocio muy bueno en Venezuela, al punto de que intentó mantenerse en la etapa de mayor agudización de las sanciones y del conflicto entre Washington y Caracas.

— Trump dice que quiere que los demás lo sigan, que vayan a Venezuela y que inviertan. Pero eso no es tan fácil: Venezuela todavía tiene obstáculos enormes para la inversión extranjera. Más allá de las reformas legales, hay apagones de más de ocho horas en distintas ciudades.

— La situación eléctrica es muy grave y el propio gobierno lo reconoció. Estados Unidos y el gobierno tratan de ver qué empresa quiere involucrarse en la reactivación del sistema eléctrico. Entre esos acuerdos petroleros se firmó uno con General Electric, porque sin electricidad no hay forma de explotar el petróleo. Es una limitante muy grande.

Conseguir esa cantidad de inversión ahora, con un conflicto político latente y un escenario de estabilidad incierto, es complejo. Implica arriesgar mucho capital, y los inversionistas no lo van a hacer sin garantías. Por eso hay todo un esfuerzo del gobierno venezolano y, sobre todo, de Estados Unidos, para presentar a Venezuela como un país apto para las inversiones. Contrasta muchísimo con lo que Estados Unidos decía hace un año, que era el discurso del narcoestado. Ahora es un socio con el que queremos hacer negocios y al que queremos llevar nuestras empresas.

Muchos inversionistas preguntan qué va a pasar con el país, cuándo van a ser las elecciones, si va a haber elecciones. Estados Unidos habla de una etapa de institucionalización. Está por reformarse el TSJ.

— Ahí entra otra cuestión: hoy Venezuela está dirigida por una presidenta encargada que es vicepresidenta ejecutiva. Y el gobierno estadounidense impulsó junto con Venezuela un diálogo bastante bizarro, en mi opinión, entre la directiva de la Asamblea que ganó la oposición en 2015, hace más de diez años, y la Asamblea actual dirigida por el chavismo. Esa hoja de ruta establece renovación de poderes públicos y viene acompañada de una especie de blindaje institucional a las leyes sancionadas y a los acuerdos. Pero de ese diálogo queda fuera la parte más extremista de la oposición, la que llamó a una intervención militar: el sector liderado por María Corina Machado, que está fuera de Venezuela y que podría dinamitar la dinámica si vuelve y convoca a la calle.

— Ella no puede confrontar directamente a Donald Trump, y eso es importante, porque su apoyo político y sus posibilidades de hacer muchas de las cosas que hizo dependieron de eso. Además tiene el respaldo de un sector del país que se identifica con su propuesta y con el deseo de cambio de quienes hacen vida en la oposición. La oposición venezolana es diversa, no es homogénea.

Ella viene, incluso desde la etapa de las sanciones, diciéndoles a las petroleras que sus acuerdos no iban a ser válidos. No lo dice directamente, pero mucha gente de su entorno sí dijo que iban a revocar esos acuerdos y que no los reconocerían. También ocurre con la deuda. Públicamente no lo dicen, porque tiene costos. El problema es que ya no se trata de cuestionar al chavismo: si cuestionás al chavismo ahora, cuestionás también a Estados Unidos, porque Washington reconoce a Delcy Rodríguez como interlocutora y firma acuerdos con ella. Trump la elogió más veces de lo que recuerdo que haya elogiado a cualquier otro dirigente del oficialismo.

Para la oposición eso es una contradicción enorme. Su estrategia dependía exclusivamente de Estados Unidos. Ocurre el 3 de enero y mucha gente esperaba que una intervención estadounidense dejara en el poder a María Corina Machado o a Edmundo González Urrutia. No ocurrió. Ahora depositan la esperanza en Marco Rubio, no en Donald Trump: esperan que Rubio acelere el proceso en sus tres fases, en una transición donde ellos puedan estar. Pero hay un problema grande: no están en la mesa de negociación. En la mesa solo hay dos partidos, Voluntad Popular, ligado a Leopoldo López, y Primero Justicia, ligado a Julio Borges. Dos figuras de la etapa del gobierno interino, en la era Guaidó.

— Dicho sea de paso, Leopoldo López tendría algún parentesco con Alejandro Betancourt, el que se quedó con el acuerdo petrolero.

— Creo que tienen algún parentesco, no estoy muy seguro. Son como medio primos hermanos. Venezuela tiene esas cosas: a pesar de todo es un país pequeño, y en las élites todavía más.

Respecto a esto, la oposición tampoco está unificada. Hay al menos seis sectores. María Corina necesita elecciones y las quiere ya. Estados Unidos le dijo que no le parece conveniente, porque no quieren repetir un desastre como el de Irak: primero quieren forjar instituciones y lograr una estabilización económica, y en el contexto venezolano eso lleva tiempo. El sector de Leopoldo López dice que apoya el plan de Trump; de hecho respaldaron públicamente el acuerdo de NABEP con Estados Unidos y Alejandro Betancourt.

Ahí ves la fricción. El sector sentado en la mesa quiere darle tiempo a esto e ir primero a elecciones regionales y municipales, que posiblemente ocurran el año que viene, para renovar esos poderes. María Corina quiere una elección presidencial ya. Eso generó una disrupción en la oposición y habrá que ver qué consecuencias tiene. Ella dijo que va a regresar a Venezuela, todavía no está claro cómo. De momento no está acá e intenta acercarse nuevamente a la administración Trump. Entiendo que tuvo diferencias muy duras con el proceso, porque tenían una expectativa real: buena parte del arco argumentativo que usó Estados Unidos para intervenir en Venezuela lo vendieron ellos en Washington, y no desde ahora, sino desde hace mucho tiempo.

Hoy ves frustración en buena parte de ellos. En algunas encuestas —no soy muy amante de las encuestas en Venezuela, porque siempre pasan cosas con la metodología— Donald Trump tenía una popularidad altísima y viene decayendo mes a mes. Hace un año te decían que a Trump no lo podía cuestionar nadie; ahora te dicen que no está por la democracia. Hay una idealización de Estados Unidos en ese sector. También les impactó mucho cómo sus aliados regionales, Chile o la propia Colombia con un gobierno de derecha, tienen relaciones con Delcy Rodríguez. Incluso Israel, un país muy importante en el lobby internacional de la oposición venezolana durante años, está retomando relaciones con Venezuela después del terremoto, impulsado en parte por Washington. Es una dicotomía muy compleja: parte de ellos critica el acuerdo y otros prefieren no criticarlo para no ganarse a Trump de enemigo. Cada quien baila por sus intereses. En la oposición no hay una agenda homogénea.

— Pasa algo raro en la política venezolana. Decías bien al inicio que hace un año no se podía pensar que hoy se estuvieran analizando cosas tan rupturistas con la etapa del chavismo. Y podría decirse lo mismo del lado opositor, cuya hegemonía estuvo en manos de liderazgos y partidos financiados o formados por organizaciones que dependían de Estados Unidos y de la Unión Europea, con una política muy proestadounidense, en contraposición al discurso chavista, más soberanista, más de nacionalizaciones y expropiaciones. Esa polarización se desarma con el 3 de enero. ¿Se puede vislumbrar un cambio político en gestación, una configuración nueva donde sectores que venían del chavismo y sectores de la oposición se unan en un bloque más nacionalista y soberanista? En Venezuela siempre hubo dos toldas y el tercer sector nunca prosperó.

— Es complejo saberlo. Hay un tema: no todos los que se oponen al acuerdo petrolero quieren que Estados Unidos no esté acá. De hecho, los sectores moderados de la oposición, que no están alineados con María Corina Machado, también dicen que quieren más presencia de Estados Unidos. Entonces, ¿dónde está la diferencia entre una cosa y la otra?

El 3 de enero desbarató todo. Fue, literalmente, mesa limpia. Hoy no veo una propuesta con fuerza que tenga ese discurso, ni un liderazgo que diga que quiere una relación de más respeto con Estados Unidos, o una relación más equilibrada como la puede tener Brasil. Las disidencias del chavismo que tienen un discurso contrario a Estados Unidos existen, cuestionan abiertamente a Delcy Rodríguez y a todo el proceso, pero su margen de fuerza es poco por ahora. Y en la oposición, quienes cuestionan el momento político no lo hacen porque no les guste Estados Unidos: lo hacen porque no son ellos los que encabezan el proceso. Te puedo asegurar que si Machado estuviese sentada en esa mesa, estarían respaldando todo esto. Suena un poco infantil, pero es lo que percibo. No veo en Venezuela un Mossadegh, como en Irán.

— Puede que germine con el tiempo. Por eso digo en gestación: después del 3 de enero, muchos analistas, expertos y economistas del lado chavista y del lado opositor, que ni siquiera dialogaban en redes sociales salvo para tirarse un piedrazo, empiezan a tener una comunión de intereses. Es cierto que no se traduce en algo político. Pero está la otra cuestión, que es el gran talón de Aquiles del proceso iniciado el 3 de enero: no está generando bienestar para la gran mayoría de los venezolanos.

— Si lo ves desde la microeconomía, la gente no percibe una mejora. Te dice que sigue con el mismo problema de la electricidad, con lo mismo de siempre. Yo, y es una posición muy personal, siempre abogué porque la inversión extranjera llegue a Venezuela, porque sin inversión en el petróleo no somos absolutamente nada: por desgracia tenemos un modelo rentista que nos hizo dependientes. La inversión y la creación de empleo son positivas y necesarias. El tema es cómo ocurre, bajo qué procesos y bajo qué normas.

La gente no siente la mejora porque Venezuela viene de atravesar una crisis económica enorme, una de las más graves de la historia reciente. Desde mi punto de vista hubo muchos errores del gobierno a nivel económico, errores costosísimos que se llevaron empleos y calidad de vida. Mucha gente se tuvo que ir por esas malas políticas. Pero también es cierto que las sanciones estadounidenses profundizaron una crisis que ya venía de un modelo con fallas enormes. Eso tuvo costos humanitarios tremendos. No en vano hay venezolanos en demasiadas partes del mundo, algo que el propio gobierno reconoció. Mucha gente de mi generación no está en Venezuela: se fueron a buscar oportunidades. Lo comento a tono personal, no como análisis.

MPPRE | Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores y Comercio Internacional

 

Las respuestas han sido lentas. No le podés decir a una persona que vive en Maracaibo y pasa ocho horas o más sin electricidad que las cosas están mejorando, porque para ella no están mejorando. En ciudades que dependen completamente de la industria petrolera sí hablás con empresarios que te dicen que están más optimistas, porque ahora van a llegar estas personas, les van a comprar y van a poder contratar a quince personas más. Pero mirarlo solo desde ahí, como si todo estuviera mejorando, es en parte lo que está vendiendo Estados Unidos, ojo: más que el propio gobierno venezolano, es Estados Unidos el que dice que la gente en Venezuela está contenta y bailando. No es así. Hay optimismo económico, pero es macro. La realidad de vida del venezolano promedio es muy complicada, y no lo digo de manera despectiva. Sobre el tema petrolero te dicen que no conocen tanto el acuerdo, pero que esperan que se traduzca en beneficios.

El gobierno amplifica eso con la frase de Deng Xiaoping: no importa de qué color sea el gato si caza ratones. Voceros oficialistas la usaron para justificar el viraje económico.

— Claro, por eso empezaron a decirle Delcy Ping.

— Sí, y es parte de lo mismo: todavía es incierto saber hacia dónde va Venezuela.

— El tema de fondo es que se empieza a ver un modelo político de baja institucionalización. Se traslada un Estado que atravesó una tragedia y que está en deuda con muchos venezolanos, con un cuerpo social muy herido: heridas por el conflicto político, por violaciones a los derechos humanos, por la migración, por familias rotas, por la crisis económica, por los muertos que dejó la caída del sistema de salud. Y encima de eso se construye un modelo donde un grupo reducido de figuras se pone de acuerdo, sin legitimación electoral, sin traducción en bienestar y sin un horizonte claro de que en un año la gente vaya a tener electricidad todos los días. Todo parece atado con alambres y atado a la suerte de Trump, que es un hombre en llamas.

— Sí, y además impredecible. La situación acá amerita una conversación muy larga. Más allá de las heridas del conflicto político, y por una cuestión de justicia, creo que también hay una oportunidad para que surjan liderazgos políticos que quieran conectar de verdad con la gente y con lo que ocurrió en estas dos décadas y desde antes. Ver a Venezuela en dos décadas me parece injusto: hay que verla en retrospectiva, al menos en los últimos cien años.

Siento que puede haber una posibilidad de reencuentro, de reconciliación, pero hace falta mucha voluntad, sobre todo de los actores. Y de momento falta. No podés aspirar a que en el escenario internacional te respeten si tu país está tan fragmentado. Le hablás de soberanía a la gente y te responde con qué vive, con qué come. Es gravísimo, porque la soberanía de un país es fundamental, pero esas realidades existen y no son un tema de gustos ni de preferencias.

Puede haber una oportunidad. La pregunta es hasta qué punto los actores están dispuestos a aprovecharla, porque el conflicto venezolano se hizo muy rentable y mucha gente lo necesita para existir políticamente, y existir políticamente también implica intereses financieros y económicos. Mientras la paz, la estabilidad o la reconciliación no sean rentables, no van a ser atractivas para los actores con peso. En Venezuela tiene que ocurrir un proceso real de construcción de paz, antes de hablar de democracia o de elecciones.

Trump Withdraws ICE Director Nominee After Republican Senator Blocks Confirmation Hearing

 

A veces se piensa que Venezuela es sencillamente una nación caribeña que está ahí. No: acá las personas tienen ideas, tienen explicaciones y tienen sueños. En la medida en que exista una mayor conexión con esas realidades se va a poder abordar el país. Históricamente nunca funcionó que las decisiones de una nación se tomen en otra. Estados Unidos es, por historia, nuestro principal socio petrolero y la economía con la que más relación hemos tenido. Venezuela como sociedad está moldeada por la industria petrolera, y muchas de esas preferencias vienen de los estadounidenses que llegaron en aquella época. Uno aspira a que lo que venga se traduzca en beneficios para la gente, pero el proceso político avanza en un tiempo distinto al de las necesidades de la población. Vamos a ver confluencias de intereses bastante curiosas, y no va a ser la primera vez. Habrá que ver qué capacidad existe de canalizar esa situación y las emociones de personas que necesitan soluciones: servicios, un empleo, un trabajo bien remunerado. Pero esas condiciones dependen de los intereses de los actores que hoy toman decisiones acá.

— Te doy pie para la pregunta final. Uno ve el esquema actual —Venezuela vende su petróleo y sus minerales, el dinero se deposita en cuentas del Departamento del Tesoro y después se transfiere al Banco Central— y no puede evitar ver el espejo iraquí. Veinte años después de la invasión, Irak sigue bajo el mismo sistema: sus ingresos petroleros se depositan en Estados Unidos y Estados Unidos decide cuánto le traslada. ¿Cuánto tiempo más va a poder Venezuela aceptar que se la trate así, sin administrar sus propios recursos, sin poder saber siquiera cuánta plata entró al Banco Central?

— Es una pregunta a la que me encantaría tener respuesta, pero no la tengo. Muchos de los intereses de Estados Unidos acá están ligados a su seguridad nacional, y eso creo que va a ir más allá de demócratas y republicanos. El camino que está tomando el mundo es muy preocupante. La visión que hay de Venezuela es la de una gran reserva permanente, con recursos necesarios para preservar los intereses de Estados Unidos y, en otros casos, para contrarrestarlos.

Es impredecible. Los demócratas, por lo que pude saber y escuchar, no tienen el mismo interés en involucrarse tanto en Venezuela, pero todavía no están en el poder. Quizás lo dicen hoy y, cuando lleguen, digan que hay que usar ese leverage para las necesidades de seguridad nacional. Estados Unidos piensa en sus necesidades, en su realidad y en sus intereses.

El problema es que en Venezuela no sé hasta qué punto estamos pensando realmente qué papel vamos a jugar en el mundo y qué es lo que queremos. Para plantear una relación de iguales, primero necesitás que el país no esté en la división y en la situación en la que está. De lo contrario sos un país débil, dividido, fracturado, con graves problemas, y eso te hace vulnerable. Esa es la realidad.

Peter Thiel y Alexander Karp distinguen entre países llamados a dominar la civilización y países con culturas que, según ellos, no están listas para gobernarse a sí mismas. Esa visión del mundo está muy anclada en Washington, y al final depende de quiénes estén en el poder y de qué agendas existan. También va a depender del futuro de Estados Unidos. Los venezolanos ahora tenemos que estar muy pendientes de lo que ocurre allá, con las elecciones, porque nos va a impactar, y también de cómo vamos a formar parte de esa lucha polarizante entre demócratas y republicanos. Ya formamos parte de la política interna de España, de Chile, de Argentina. Y al final nadie se pregunta si no habrá que ayudar a Venezuela, darle un empujón para que los propios venezolanos resuelvan sus problemas.

Esa etapa está muy lejos de ocurrir. Las fuerzas políticas se están reconfigurando y nada está claro. Es como la frase de Gramsci: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Estamos en ese proceso, que es peligroso. Con eso cerraría, porque decir algo más sería especular. Venezuela ya demostró que puede sorprendernos, y muy posiblemente van a seguir ocurriendo cosas que sorprendan a todo el mundo.

Solo espero que desde el extranjero intenten mirar a Venezuela más allá de los titulares. Eso implica reconocer sus realidades y las contradicciones actuales, que nadie sabe cómo manejar: ni el chavismo sabe cómo lidiar con sus contradicciones internas, ni la oposición con las suyas. Estamos en un momento muy extraño, y el mundo también. Quisiera pensar que siempre hay una oportunidad para que los venezolanos avancemos de verdad. Pero eso exige mucha voluntad, y que en la región y en el mundo exista disposición a acompañar el proceso venezolano de otra manera. Los venezolanos tienen que hacer esto. Llevamos años escuchando a la comunidad internacional decirnos qué tenemos que hacer, y Venezuela responde a otras realidades.

— El proceso de tutelaje constante.

— Sí. Tenemos años de historia con este conflicto, que fue muy desgastante y muy costoso para nosotros. Acá, quien diga que ganó, miente. En Venezuela no hay ganadores en este momento. Habría que ver cómo aprovechar esta nueva etapa de apertura al mundo, con cierto condicionamiento, y tratar de que repercuta a nivel económico para sentar bases y después entablar un proceso político distinto. Pero eso va a tomar tiempo. No va a ser en el corto plazo.

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