Lo que sucede en Francia tiene una proyección europea y también latinoamericana. La promesa neoliberal de que el empleo y el crecimiento terminarán derramando bienestar muestra sus límites.
Cuando trabajar no alcanza para vivir, el problema deja de ser individual y se convierte en político. La cuestión ya no es cómo incorporar a los excluidos al mercado laboral, sino quién se apropia de la riqueza producida por quienes trabajan.
La huelga francesa pone sobre la mesa una pregunta de fondo: ¿puede sostenerse un orden económico que necesita trabajadores cada vez más baratos, pero también consumidores capaces de comprar lo que producen? Ese es el núcleo de la contradicción.
En el cierre el grupo INTI-ILLIMANI entona un tema tradicional hoy recargado en la huelga nacional francesa.
Así es el paro general en Francia en 2026.
No es que no haya adhesión. Es que hay millones de trabajadores que directamente no se pueden dar el lujo de no ir a trabajar. Y eso, en uno de los países más ricos de Europa, dice todo lo que hay que saber sobre por qué hay más de un millón de franceses en las calle.
El reclamo central es el salario. El SMIC —el salario mínimo francés— subió dos veces este año. En enero, €17 netos más al mes. En junio, €35 más. Hoy está en €1.478 netos. Francia tiene el salario mínimo más alto de Europa, pero la aritmética de fin de mes no cierra para quien lo cobra.
Una habitación alquilada, la energía, la mutual de salud y la canasta básica: €1.200 mínimo. Quedan entre €200 y €300 para todo lo demás. Para un imprevisto médico. Para los gastos del hijo. Para cualquier cosa que no sea sobrevivir la quincena.
Y eso no es un caso extremo. Según el INSEE, hay 11 millones de trabajadores franceses que ganan entre €1.500 y €2.500 netos por mes —el tramo más poblado de toda la escala salarial del sector privado. El grueso de ellos termina el mes al límite o en rojo.
Recorriendo Dijon esta mañana se ve la fractura con claridad. Los que paran son los trabajadores sindicalizados en sectores estratégicos: ferroviarios, controladores aéreos, personal de salud, empleados bancarios, docentes. Son los que tienen espalda gremial para soportar un día sin cobrar. Los trenes regionales funcionan a un tercio de la frecuencia normal. Los bancos, cerrados. El correo, cerrado.
Los que no paran son los que trabajan en el Carrefour, en la farmacia de la esquina, en el bazar del centro. Ganan el SMIC o poco más y perder un día de trabajo significa quedarse sin el dinero del alquiler. Este fenómeno —trabajadores en actividad que igual no llegan a fin de mes— tiene nombre en Francia: travailleurs pauvres, trabajadores pobres. Y cada vez hay más.
En 2024, 9,8 millones de personas vivían bajo el umbral de pobreza en Francia —el 15,4% de la población—, el nivel más alto desde que el INSEE empezó a medir en 1996. Más que durante la crisis financiera de 2011. Más que en 2018, cuando surgió el movimiento de los Chalecos Amarillos.
El umbral de pobreza en Francia es menos del 60% de la renta mediana: €1.337 por mes para una persona sola, €2.807 para una pareja con dos hijos menores de 14 años.
Pero hay una cifra que golpea más que las otras: de cada seis personas que caen en la pobreza, solo una logra salir. El 71% de quienes estaban bajo ese umbral en 2023 seguía ahí en 2024. La pobreza en Francia dejó de ser un estado transitorio. Se está convirtiendo en permanente.
Y uno de cada cinco franceses no puede cubrir cinco de los trece gastos que la Unión Europea considera esenciales para vivir con dignidad. Eso incluye cosas como tener calefacción en invierno, conexión a internet o comer proteínas al menos cada dos días.
Ha pasado un octubre cargado de trabajos en este newsletter, que es difícil que puedas leer en otros lugares. Investigaciones de Negocios de la Geopolítica sobre cómo China tiene un plan B al Dólar y el mayor cartel de drogas de EEUU, reportajes exclusivos sobre cómo una estructura de soborno encubierto alrededor Marco Rubio se reparte negocios en Venezuela y los países europeos venden el oro que tienen en Estados Unidos por temor a que Trump se los incaute. También informes especiales sobre las elecciones en Estados Unidos, como Dinero, miedo y coqueto con la guerra civil: ¿Quién puede ganar las elecciones de mitad de término en EEUU?, una de las notas más leídas del newsletter. Además lancé reportajes en primera persona sobre cómo es una manifestación prohibida en Francia y por qué protestan los estudiantes franceses, que elevan la calidad de este espacio.
No todos caen igual. Las familias monoparentales son las más vulnerables: una de cada tres mujeres que vive sola con sus hijos es pobre en Francia. Los jóvenes de 16 a 25 años son el grupo que más creció en pobreza continua —el 11% estuvo en esa situación de forma ininterrumpida entre 2021 y 2024. Y los estudiantes: según un estudio de Ipsos/Linkee, casi el 70% dispone de €100 o menos al mes después de pagar el alquiler. Es por eso que el movimiento estudiantil fue la chispa que encendió todo esto a finales de septiembre.
El sistema redistributivo francés —impuestos y prestaciones sociales— es uno de los más robustos del mundo. Pero se está erosionando. En 2013, ese sistema reducía la tasa de pobreza en 7,7 puntos porcentuales. Diez años después, solo la reduce en 1,4 puntos. El Observatorio Económico Francés (OFCE) apunta directamente a los recortes en ayudas a la vivienda y al congelamiento de las prestaciones familiares durante los años de gobierno de Macron.
Mientras tanto, el Gobierno envió al Congreso un presupuesto que congela las pensiones, recorta los bonos laborales y reduce los días pagos por enfermedad. El Congreso lo rechazó por unanimidad —hasta los propios diputados de Macron votaron en contra. Es probable que el presidente lo promulgue igual usando el artículo 49.3 de la Constitución, que le permite saltear al Parlamento.
La lógica oficial es conocida: el déficit fiscal llegó al 5,1% del PBI, el crecimiento proyectado para 2026 es de apenas 0,7%, y los mercados exigen ajuste. Pero es exactamente esa lógica la que tiene a cientos de miles de personas en la calle hoy.
A media mañana, la concentración central del paro llegó al Palacio del Duque, en la Plaza de la Liberación. Miles de personas con carteles. Una orquesta tocando Star Wars. Después, Bella Ciao. Carteles que hablaban de terrorismo policial, del envejecimiento en pobreza, de la vida cara. Algunos negocios en el camino de la marcha taparon sus vidrieras con madera —el recuerdo del 17 de octubre, cuando hubo destrozos en varias ciudades, todavía pesa.
70.000 policías desplegados en todo el país. Varias manifestaciones redirigidas o prohibidas. Bloqueos de liceos desalojados por la fuerza en París, Lille, Lyon y Ruan.
La estrategia de Macron es conocida: desgastar, esperar que se diluya el movimiento, no hacer grandes concesiones. Funcionó con la reforma jubilatoria en 2023. La pregunta es si funciona ahora, cuando el problema no es una reforma puntual sino el costo de vivir en Francia —y faltan apenas siete meses para las elecciones.
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