Sgarzini describe un gobierno que busca reducir el gasto social mientras preserva las condiciones generales de funcionamiento del orden económico. La austeridad aparece como una necesidad técnica impuesta por la deuda y los mercados financieros; sus consecuencias distributivas, en cambio, son profundamente políticas.
La pregunta es por qué el costo del desequilibrio fiscal debe recaer sobre estudiantes, trabajadores, jubilados y usuarios de los servicios públicos, mientras las decisiones tributarias favorables a los sectores más ricos quedan fuera del centro de la discusión.
La represión cumple entonces una función política: desplaza el debate desde las causas materiales del conflicto hacia el orden público, la violencia callejera y la supuesta manipulación de los jóvenes. El resultado es una inversión del problema: el deterioro de la escuela pierde centralidad y los estudiantes pasan a ser presentados como una amenaza.
Sin embargo, la movilización ya consiguió una primera concesión: el Gobierno anunció el despliegue de 3.000 docentes titulados en los establecimientos más afectados. La protesta continúa porque sus demandas exceden esa medida puntual.
El conflicto también abre una disputa por la representación del descontento. La izquierda de Jean-Luc Mélenchon puede intentar transformar la movilización en una alternativa política al macronismo, pero enfrenta el desafío de construir una mayoría social capaz de superar la fragmentación de las luchas.
La extrema derecha, por su parte, puede capitalizar el desgaste gubernamental sin cuestionar necesariamente los fundamentos económicos de la austeridad. Puede canalizar el enojo contra los migrantes, las minorías o la izquierda, desplazando la responsabilidad desde las relaciones de poder hacia determinados grupos sociales.
Ese es el riesgo estratégico: que una crisis originada en el deterioro de las condiciones de vida termine fortaleciendo una salida política que profundice la exclusión.
¿Qué relación tiene con la Argentina de Milei?
La comparación no supone equiparar dos países con estructuras económicas e institucionales diferentes. Permite reconocer una lógica común: presentar el ajuste como una imposición inevitable, debilitar la capacidad del Estado para garantizar derechos sociales y deslegitimar las resistencias que cuestionan la distribución de sus costos.
En Francia, el conflicto se expresa en escuelas deterioradas, falta de docentes y barreras de acceso a la universidad. En Argentina, la discusión sobre el financiamiento educativo, las universidades públicas, los salarios docentes y las condiciones de vida plantea interrogantes similares.
La lección política es que el ajuste no es únicamente una operación contable. Redistribuye recursos, modifica relaciones de fuerza y condiciona las oportunidades de las distintas clases sociales.
Cuando el derecho a la educación depende cada vez más de la posición social de origen, la desigualdad deja de ser una consecuencia lateral del sistema y se convierte en uno de sus mecanismos de reproducción.
La protesta estudiantil francesa importa, por eso, mucho más que como episodio de conflictividad juvenil. Expone la contradicción entre una democracia que proclama la igualdad de oportunidades y un orden económico que distribuye de manera desigual las condiciones materiales para ejercerla.
Llama la atención la masividad y, sobre todo, la permanencia: ya llevamos más de diez días de protestas. El gobierno de Macron sigue sin dar respuestas de fondo y apuesta a estirar el conflicto hasta que se apague solo.
Me tocó vivir la marcha del martes de cerca, porque estoy a una cuadra de la plaza principal de Dijon. La afluencia recordaba las protestas de hace tres años contra el aumento de la edad jubilatoria. Me quedé diez minutos en la vereda viendo pasar gente, di una vuelta por la plaza y, al volver, las columnas seguían desfilando por la avenida frente a mi casa.
Una de las grandes marcas de esta protesta es la represión policial. Un chico de 15 años perdió una mano en Lens al levantar una granada aturdidora lanzada por la policía. Otro, de 16 años, perdió la visión de un ojo en Tours. Un tercero, de 14, recibió un disparo de granada lacrimógena en la cara que le fracturó la mandíbula. Amnistía Internacional ya documenta la situación, y un recuento de la prensa francesa habla de 215 alumnos heridos desde el 28 de septiembre.
También hubo hechos de violencia por parte de los estudiantes. La protesta empezó como un bloqueo de liceos, y en algunos de esos bloqueos hubo ataques a la policía e incendios, como el de la entrada del liceo Nelson Mandela. Pero nada de eso justifica lo que les pasa a chicos de 14, 15 o 17 años, pibes que tranquilamente podrían ser hijos de los policías. Este jueves, en la Bastilla, un grupo de chicas sostenía carteles con esa misma idea: «Podríamos ser sus hijas y ustedes nos reprimen».
Un dato institucional ayuda a entender el cuadro. En Francia los alcaldes se eligen por voto popular, pero al frente de cada departamento y región hay un prefecto que nombra el presidente. Esos prefectos tienen a cargo la Policía Nacional, el equivalente a una policía federal, que es la fuerza que reprime en la gran mayoría de las protestas.
Todo arrancó en un liceo de Créteil, en las afueras de París, donde alumnos, padres y docentes se congregaron frente a la puerta con una demanda concreta: más recursos y profesores que faltaban. A partir de ahí, la protesta se propagó por todo el país.
Quien no vive en Francia quizás no lo percibe, pero en el día a día hay cuestiones que impactan fuerte en la vida de los franceses. Una de ellas es el deterioro de la infraestructura pública. Cuando hablás con un francés, te dice que se deterioran la educación y la salud pública.

El país tiene más de 60.000 edificios escolares: 50.000 escuelas, 7.230 colegios y 4.150 liceos, donde estudian 12 millones de alumnos. Para renovar todo ese parque se había previsto una partida de 2.500 millones de euros anuales; al final, según los datos que circulan, solo se destinaron 500 millones.
A eso se suma el clima. Muchos establecimientos atravesaron veranos con olas de calor sin aire acondicionado, y en invierno no tienen calefacción. Pasan calor en verano y frío en invierno, y el Ministerio de Educación no hizo nada para resolverlo.
Los alumnos del liceo Paul-Éluard de Saint-Denis documentaron en las redes, el deterioro de su edificio. Los del liceo Blaise-Cendrars de Sevran mostraron baños sin techo y aulas sin sillas. En Montpellier se derrumbó un cielorraso por las tormentas; en Villeurbanne, cerca de Lyon, se multiplican las filtraciones. Y circulan videos de ratas en los pasillos. Uno está acostumbrado a ver esto en una escuela latinoamericana, no en una escuela europea.
Saint-Denis, donde está el Stade de France, es uno de los distritos más poblados del área metropolitana de París. Allí están buena parte de las banlieues, los barrios de periferia donde vive la mayor parte de la población de origen migrante, en muchos casos franceses de segunda o tercera generación: argelinos musulmanes, franco-senegaleses, franco-marroquíes. Cada vez que hay una protesta en Francia, las banlieues salen a la calle. Y es ahí donde peor están las escuelas y donde más choques hubo con la policía.
Otro reclamo central es la falta de profesores. Una de las razones es que el gobierno de Macron subió los salarios públicos muy por debajo de la inflación: se estima una inflación acumulada cercana al 27% en los últimos años contra un aumento del 5%. Solo el 27% de los docentes franceses está satisfecho con su salario, y nadie quiere entrar al sistema educativo.
El fenómeno se repite en otras profesiones. Faltan médicos, odontólogos, dermatólogos y especialistas, en parte porque una carga impositiva que no se ajustó por inflación vuelve menos rentable el ejercicio. Una generación entera dejó de estudiar esas carreras. En nuestro caso, mi pareja busca un dermatólogo y en la ciudad donde vivimos no lo consigue: tiene que pedir turno en Lyon o en París, porque acá te lo dan en seis meses. El gobierno de Macron deteriora activamente los sistemas públicos para avanzar con una privatización encubierta.
El presupuesto que prepara el primer ministro Sébastien Lecornu prevé un congelamiento, e incluso una caída real, de los fondos educativos. Los sindicatos estiman que se recortarán 1.250 puestos en la educación pública. El presupuesto de Educación tendrá un aumento nominal, pero ajustado por inflación queda por debajo del año pasado. Todo dentro de un plan de ajuste de decenas de miles de millones de euros para el año próximo. Es decir: faltan profesores y el gobierno propone recortar todavía más.
Ha pasado un septiembre cargado de trabajos en este newsletter, que es difícil que puedas leer en otros lugares. Investigaciones de Negocios de la Geopolítica sobre cómo Venezuela le pagó a EEUU por la invasión del 3 de enero, la relación oscura entre Jeffrey Epstein y Bill Gates, y el cartel de narcotráfico más grande Estados Unidos. Entrevistas como la que hice a Luis Alejandro Ruiz, periodista venezolano, sobre el papel de Peter Thiel en Venezuela y Alejandra Loucau, analista argentina, sobre el cambio de postura de Javier Milei sobre Malvinas. También a eso hay que sumarle el ensayo que escribí sobre Groenlandia, Venezuela, Irán; la nueva era del “imperialismo de recursos naturales” e informes como Genocidio, saqueo y malformaciones genéticas; el legado de la ocupación de EEUU en Irak o De Francia a EEUU; cómo una campaña para influir en Chatgpt reveló una red trasnacional pro Israel.
La otra gran demanda de los secundarios casi no aparece en la prensa extranjera: el sistema de acceso a la universidad. El gobierno de Macron instauró una plataforma digital llamada Parcoursup. Si estás en el último año del secundario, tenés que cargar ahí qué querés estudiar, y el sistema, por un mecanismo poco transparente, te dice si podés entrar a la universidad que elegiste.
El gobierno sostiene que el filtro hace más eficiente el sistema. Los estudiantes lo consideran opaco: un algoritmo analiza todo tu historial escolar, agrega una fuerte presión psicológica y, según denuncian los chicos de barrios populares como Saint-Denis, los discrimina. Los alumnos de liceos privados tienen mejores puntajes que quienes estudian con techos caídos y sin profesores la mayor parte del tiempo. La presión ya obligó al gobierno a anunciar que «corregirá» Parcoursup.
En la última semana hubo más de 200 liceos cerrados o bloqueados por día. Se sumaron liceos privados y escuelas católicas, y ahora entran las universidades: Sciences Po, la Sorbona y la Universidad Católica. La bola crece.
🎶 «Qué vivan los estudiantes,
jardín de nuestra alegría,
son aves que no se asustan
de animal ni policía,
y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría». 🎶Hay futuro: frenaremos al neofascismo.
Venceremos. ❤️ https://t.co/Xg4vylE57K
— Abraham Mendieta (@abrahamendieta) October 9, 2026
Desde que Macron decidió cerrar su último mandato con el mayor recorte del Estado social francés de la historia, la protesta es la respuesta. Empezó con un tema simbólico y muy sensible para los franceses: la edad jubilatoria. Macron la subió, perdió después las elecciones legislativas y el gobierno parlamentario actual tuvo que congelar la medida. Aquellas protestas, de las más grandes de la historia de Francia, sufrieron una represión enorme, y desde entonces la barrera de la represión se volvió cada vez más fina.
El método de Macron es siempre el mismo: reprime, provoca una reacción, se victimiza, trata a los demás de violentos y corre el eje del debate. Ya no se habla de las razones de la protesta sino de si es legítima o no porque es violenta.
En Lens, por ejemplo, un estudiante perdió su mano por una granada aturdidora. ¿El ministro del Interior, Laurent Nuñez, pidió perdón? No. Solo anunció que suspendía el uso de granadas aturdidoras. Cuando le preguntaron si pediría disculpas a las familias de los chicos heridos, respondió que su apoyo estaba con los policías heridos, que se cuentan por decenas. A la vez, acusó a los únicos diputados presentes en la protesta, los de La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, de agitar la violencia. El exministro Bruno Retailleau fue más lejos y pidió prohibir el partido de Mélenchon, al que acusa de organizar una insurrección. Mélenchon le contestó que es «ridículo». Mientras tanto, un chico de 15 años perdió la mano.
En Val-d’Oise, un video autentificado por Le Monde muestra el altercado del 28 de septiembre: un policía golpea con la cachiporra a un estudiante de 14 años, el chico responde con una patada y el agente le dispara a quemarropa en la cara con un lanzagranadas. El impacto en la mandíbula le hizo perder varios dientes. Su familia denunció un intento de homicidio. Por las imágenes, es evidente que el oficial no respetó ninguna norma de proporcionalidad.
Otro video muestra a una chica, blanca, rubia, más francesa que La Marsellesa, arrastrada llorando unos diez metros por un policía que le aplica una llave en el cuello. Lo digo porque en los medios siempre van a escuchar que los secundarios que protestan son violentos y migrantes.
En Tours, un video de franceinfo muestra a Maël, de 16 años, tirado en el piso con los pies en un charco de sangre durante el bloqueo del liceo Balzac. Según el fiscal, probablemente recibió un disparo de perdigón. Pasó el fin de semana en el hospital y perdió la visión del ojo derecho. Su familia presentó una denuncia por violencia cometida por un funcionario público. La represión fue tan grande que, según trascendió, el propio Macron retó a su primer ministro.
Una de las imágenes virales de estos días es la del intendente de Saint-Denis, Bally Bagayoko, de La Francia Insumisa. En una de las primeras protestas, los estudiantes prendieron fuego un tacho de basura frente a un colegio; él fue a apagarlo y los medios dijeron que había provocado el incendio. Además, en una declaración dijo que a veces la violencia era legítima, pero que en este momento pedía a los estudiantes mantener la protesta de forma no violenta. Recortaron la primera parte para decir que los alcaldes de Mélenchon llamaban a un levantamiento violento.
El martes, en plena marcha, Bagayoko intentó mediar para que la policía no reprimiera a los estudiantes y terminó con gas lacrimógeno en los ojos. Hoy llamó a Macron a pedir perdón a las familias de los chicos heridos.
¿Y Macron? El mismo día del pico de las protestas fue a ver el lanzamiento de un misil desde un submarino. Mientras su policía reprime y el país vive una de las protestas estudiantiles más importantes desde Mayo del 68, él asiste al disparo de un misil.
La protesta llega en un momento delicado. Lecornu, primer ministro de un partido que salió segundo en las legislativas detrás del Nuevo Frente Popular (socialistas, verdes, comunistas e insumisos), debe presentar un presupuesto con un ajuste de 44.000 a 54.000 millones de euros, según las distintas versiones, con recortes en educación, congelamiento de ayudas sociales, de jubilaciones y de salarios públicos. Lo justifica por la caída de los bonos franceses y la suba de la tasa a la que se financia el Estado, en una de las crisis financieras más grandes de la historia del país.
Este gobierno de Napoleón de Power Rangers, como le digo yo, quiere entregar el país con las cuentas saneadas. Pero Macron es uno de los grandes responsables de la situación: decidió bajar los impuestos a los más ricos, una de las razones del déficit fiscal del 5% del PBI. Francia tiene, además, una deuda del 120% del PBI.
Las propuestas divergen. Marine Le Pen, de la extrema derecha, habla de un plan de ajuste de más de 100.000 millones de euros. Jean-Luc Mélenchon propone que el Banco Central francés recompre los bonos en manos del Banco Central Europeo y aplique una quita programada, y que con ese dinero, más la tasa Zucman del 2% sobre el patrimonio de los multimillonarios, financie un programa expansivo con un fuerte componente ambiental.
La protesta pone blanco sobre negro la gestión de Macron y la postura de Le Pen, que salió a defender a los policías. Hoy la pelea por llegar al balotaje se da entre Mélenchon y Édouard Philippe, de Horizons, aliado que le dio gobernabilidad a Macron. Se empoderan las dos puntas, la izquierda y la derecha, de cara a las elecciones del año próximo. El problema de Mélenchon: según todas las encuestas, pierde por amplio margen con Le Pen en un balotaje, porque en los últimos años la extrema derecha se blanqueó y moderó posiciones abiertamente racistas.
El Rassemblement National adoptó además posturas neoliberales que antes criticaba. Siempre prometió recortar las ayudas a los migrantes, pero nunca un ajuste de esta magnitud. Lo acompaña un grupo de empresarios, entre ellos Vincent Bolloré, dueño de un emporio mediático con Canal+, CNews y Europe 1. Uno de sus canales, C8), perdió su frecuencia tras reiteradas sanciones por contenidos racistas y por la sobrerrepresentación de panelistas afines a Le Pen.

Hoy prendés la televisión francesa y se tiran con todo. Los programas, sobre todo los de derecha y extrema derecha, arman dos tribunas enfrentadas: llevan estudiantes muy enojados frente a exministros, policías y jóvenes de extrema derecha, para mostrar a los chicos como locos de extrema izquierda.
Un ejemplo es el cruce de Alexis, estudiante y sindicalista de la Universidad París 8 en Saint-Denis, militante de Le Poing Levé y de Révolution Permanente), uno de los grupos que más fuerza tomó en la protesta, con la exministra de Educación de Macron Anne Genetet, en un foro de BFMTV, uno de los programas más vistos de Francia. Lean su intervención;
«Su discurso me impactó. No por la forma, porque usted cuidó las formas: hoy hay un enorme movimiento en el país y usted lo sabe. Me impactó por el fondo. Ya estamos en 2026, y su gobierno es el que más movimientos sociales enfrentó de todos los anteriores, porque es el gobierno más minoritario y más odiado en muchísimos años. Y aun así ustedes siguen sin poder admitir que hay que eliminar Parcoursup.
Creo que eso expresa la misma negación de la que se habló hace un rato. Ustedes son un gobierno totalmente desconectado, que no entiende nada de la situación, señora. No entienden nada de lo que está pasando.
Le digo cuál es el ánimo entre nosotros: ustedes son el gobierno que nos hundió en la miseria. Nos hunden en la miseria, vivimos en la miseria. Yo trabajo todos los días como celador en un liceo. Cada año veo chicos que sacan 14 o 15 en el bachillerato y vienen a buscarme a la facultad de Saint-Denis, porque soy estudiante y sindicalista. Me dicen: “Alexis, no consigo ni una sola universidad en todo el país que me acepte. ¿Me puedo inscribir en esta facultad?”. Les contesto: “No sé, yo no mando en la facultad, pero voy a intentar”. Y me dicen: “Carajo, estoy harto. Hace 18 años que vivo acá, todos los días paso por delante de Paris 8 y ni siquiera tengo derecho a poner un pie en la universidad de mi ciudad”.
Esa es la violencia de Parcoursup. Parcoursup es una carnicería racista. Es una carnicería racista, y lo sabemos muy bien.Porque cuando uno es estudiante de un barrio popular, cuando es racializado, cuando vive en Saint-Denis, en el 93, queda último en los algoritmos. Queda último en los algoritmos.
Y sí, ustedes son un gobierno de la miseria, señora. Yo crecí en el campo, vengo del campo, del Eure, que también es una región muy desfavorecida. Cuando llegué a París a estudiar, me alojé en una residencia estudiantil del CROUS, en L’Hermitage, en Saint-Denis. La invito a venir a ver en qué condiciones nos hacen vivir. Porque las condiciones en las que nos hacen vivir no son humanas.
Hace un rato un señor decía que mi generación no se muere. Pero nosotros no queremos solamente no morirnos. Queremos vivir bien, queremos vivir con dignidad. Yo viví en una especie de cuarto de 8 metros cuadrados, señora, con chinches en la cama, con cucarachas, con ratas en los pasillos, con todos los insectos que se pueda imaginar. Teníamos ventanas antisuicidio, ni siquiera sé por qué. Nuestra habitación parecía una celda de prisión. Una celda de prisión.
Esas eran las condiciones de vida. En esa época estábamos confinados y vivimos años de miseria. Muchos en mi generación dejamos los estudios. Yo mismo perdí mi beca en 2019 [sic], durante el primer confinamiento, porque las condiciones de estudio eran extremadamente difíciles por culpa de su gobierno. Por eso hoy estamos furiosos.»
Es solo una intervención, pero escenas como esta se repiten a diario en toda la televisión francesa y en la calle.
El miércoles Lecornu dio un discurso en el que apenas dedicó seis minutos a las escuelas. Prometió presentar una propuesta para los estudiantes a fin de mes y anunció la liberación de reservas de diésel para bajar su precio. Lecornu sabe que desde la semana próxima los estudiantes entran en dos semanas de vacaciones y muchos vuelven a casa de sus padres. Esa es la apuesta del gobierno: desgastar la protesta hasta que se diluya.
El problema para el gobierno es que la protesta puede encadenarse con otras. Para el 17 de octubre hay una marcha convocada por los chalecos amarillos, y la CGT llamó a un paro general el 5 de noviembre. Los agricultores están al borde de la quiebra tras una fuerte sequía y cinco olas de calor que les impidieron cultivar, lo que anticipa más inflación en alimentos. Y el combustible es otro frente: en las estaciones de Total, la más barata del país, hay colas como si se acabara el mundo. La prensa francesa ya habla de una posible convergencia de luchas.
Para mí, estas protestas tienen casi el mismo tenor que las de las jubilaciones, con una diferencia importante. Aquellas las protagonizaban jubilados y pensionados, que siempre son los más afectados por la austeridad pero no tienen la misma energía para salir a la calle. Los jóvenes, en cambio, tienen tiempo disponible y protestan por el lugar donde pasan la mayor parte del día. Si el gobierno no logra desmovilizarlos y se suman universitarios, docentes y otros colectivos, la masa crítica puede sostenerse todos los días. Eso deja a Macron en una franja de debilidad y reabre un tema que había quedado de lado: su salida anticipada.
Esta protesta empezó de una manera y puede terminar de otra. Puede marcar un antes y un después en las condiciones de la educación pública, que en los barrios populares son paupérrimas: ratas, cucarachas, techos que se caen, falta de aulas, de pupitres y de sillas. Y la impulsa un gobierno que reprime la demanda popular mientras recorta progresivamente el Estado social.
Lo que pasa en Francia se inscribe en un cuadro europeo más amplio. Gran Bretaña enfrenta una crisis presupuestaria enorme. En Alemania, el recorte para financiar el rearme le costó a Friedrich Merz duras derrotas en elecciones regionales. España vive una revuelta por la vivienda. En el núcleo del poder europeo crecen las expresiones populares contra los gobiernos de turno.

Todo se definirá en las presidenciales de abril, donde Le Pen tiene hoy las mayores chances. Llegaría con un programa para deportar a millones de inmigrantes y con recortes sociales y económicos que probablemente lleven a Francia a la recesión. Habrá que ver si estas protestas le dan a Mélenchon el empuje para llegar competitivo al balotaje y reactivar el cordón sanitario que en las últimas elecciones impidió el ascenso de un partido fundado por seguidores del mariscal Pétain y por militares de la guerra de Argelia.
La paradoja es que este ciclo arranca con la mayor protesta estudiantil desde Mayo del 68, organizada por movimientos de base: algunos marxistas, otros trotskistas, otros liceístas sin filiación clara. Los secundarios, que en la mayoría de los países no son los que más protestan, pueden contagiar a las universidades, donde hay más componente ideológico y más determinación. Si a eso se suman el 17 de octubre, el paro del 5 de noviembre, los jubilados, los agricultores y los ambientalistas, Francia puede pasar los próximos ocho meses literalmente prendida fuego. Y la semana próxima, en medio de todo esto, Lecornu presentará su plan de ajuste. Si no pasa por el Parlamento, el gobierno puede caer y Macron tendrá que nombrar otro primer ministro. Estamos en medio de la tormenta perfecta.