¿Hay alguien allá afuera? ¿Hay alguien allá afuera? ¿Hay alguien allá afuera? ¿Hay alguien allá afuera?

El individualismo neoliberal en cualquiera de sus variante, particularmente la variante totalitaria como la actual en nuestro país, no puede comprenderse por fuera de las relaciones de clase. No todos los individuos ingresan al mercado desde la misma posición, ni disponen de las mismas capacidades para convertir su autonomía en una realidad material. La ideología individualista, sin embargo, borra esa desigualdad de partida y presenta como elecciones personales lo que muchas veces son posiciones determinadas por la estructura social.

Para quien posee capital, propiedad, educación, redes y capacidad de decisión, el individuo autónomo puede aproximarse a una experiencia real. Para quien depende de vender su fuerza de trabajo, de aceptar condiciones laborales que no controla o de endeudarse para reproducir su vida, la autonomía tiene límites mucho más concretos. "La libertad formal es la misma; la capacidad material de ejercerla, no."

Aquí aparece la dimensión de clase del individualismo: transforma una relación desigual entre posiciones sociales en una competencia entre individuos aparentemente iguales. El trabajador deja de aparecer como parte de una clase y comienza a ser presentado como un emprendedor de sí mismo. Su salario se convierte en ingreso personal; su precariedad, en falta de capacitación; su desempleo, en fracaso; su endeudamiento, en una decisión financiera. La relación entre capital y trabajo queda desplazada detrás de la responsabilidad individual.

El neoliberalismo produce así una operación política decisiva: mistifica la experiencia de la explotación social transformándola en desdica individual. Allí donde existe una relación social aparece una trayectoria personal. Allí donde existe una estructura de poder aparece una elección. Allí donde existe conflicto de clases aparece competencia.

La revolución virtual profundiza esta fragmentación. Cada sujeto puede construir una identidad, una comunidad y un relato propio, pero esa multiplicación de identidades puede coexistir con una creciente homogeneización material: millones de individuos compitiendo por trabajo, ingresos, atención y reconocimiento dentro de las mismas relaciones de mercado.

La paradoja es decisiva: cuanto más se proclama la autonomía individual, más necesario resulta preguntarse quién controla las condiciones materiales que permiten ejercerla. La pantalla puede ofrecer una extraordinaria sensación de libertad mientras el trabajador continúa sometido a relaciones económicas que no decide.

Por eso la clase no debe entenderse como una identidad que el individuo simplemente elige. Es una relación material. Se pertenece a una determinada posición en la estructura de producción antes de convertir esa posición en conciencia, identidad o discurso. La conciencia de clase no inventa esa materialidad: "la reconoce, la organiza y puede convertirla en capacidad colectiva de transformación".

El individualismo neoliberal intenta invertir ese proceso. Quiere que el individuo aparezca antes que la clase, que la experiencia personal sustituya a la experiencia colectiva y que la competencia entre individuos oculte las relaciones de poder que los enfrentan.

La cuestión, entonces, no consiste en oponer mecánicamente individuo y colectivo. Se trata de comprender que el individuo mismo es una producción social y que su libertad depende de condiciones materiales que no puede crear aisladamente.

La clase es aquello que el individualismo intenta hacer desaparecer: la evidencia de que nuestras posibilidades no dependen solamente de lo que somos o elegimos, sino también de la posición que ocupamos en relaciones sociales que nos preceden y nos exceden.

Cuando Roger Waters sintió que se abría una brecha psicológica impenetrable entre Pink Floyd y el público de los estadios durante la turbulenta gira de 1977, In the Flesh, esto desencadenó la creación del álbum conceptual doble más ambicioso de la música rock: The Wall de Pink Floyd. Enfrentando un grave peligro financiero tras el colapso de su empresa de gestión de activos Norton Warburg, la banda se vio obligada a exiliarse fiscalmente en la primavera de 1979. La grabación tuvo lugar entre abril y noviembre de 1979 en tres instalaciones distintas: Studio Miraval (Superbear Studios) en el sur de Francia, CBS Studios en Nueva York y Producers Workshop en Los Ángeles. Las tensiones llegaron a un punto crítico durante las sesiones, culminando en el despido formal del tecladista Richard Wright, quien completó el álbum únicamente como músico de sesión asalariado. Bob Ezrin, contratado como productor externo, coarreglista y supervisor musical, colaboró ​​con Michael Kamen para introducir una orquestación rigurosa y arreglos concisos, equilibrando la cruda oscuridad temática de Waters con las elevadas melodías de David Gilmour. La impactante portada de Gerald Scarfe y el diseño minimalista de ladrillos de Roger Waters enmarcaron una obra de proporciones monolíticas. Cuando el álbum debutó a finales de 1979, los periodistas musicales internacionales y europeos —que solían comparar las principales producciones progresivas angloamericanas con los logros vanguardistas de pioneros contemporáneos de habla alemana como Tangerine Dream, Kraftwerk y Eloy— elogiaron The Wall como un referente en ingeniería de estudio y narrativa conceptual. Esta primera edición estadounidense de Columbia (PC2 36183 / 36183), notable por su singular sello en la contraportada «Solo para venta militar», sigue siendo legendaria entre los audiófilos. Masterizado directamente de las cintas maestras analógicas originales por Doug Sax en The Mastering Lab (TML) en Los Ángeles usando consolas de válvulas discretas personalizadas, este corte totalmente analógico (AAA) ofrece un margen dinámico inmenso, una imagen precisa y un extremo bajo sin comprimir que ninguna transferencia digital ha igualado jamás. ✍️ Letras 

Clases y Simetría

Enrique Meler

La opción colectiva no es homogénea- ¿Que decimos? Que la heterogeneidad no es simétrica a la heterogeneidad de las clases.
¿Quiere decir que las clases no tienen ninguna relación con lo colectivo? No tanto.

Tratamos de responder el mandato de que la única estrategia de resistencia debe ser: “estar en la calle”. Esta estrategia exhibe dos características principales. Reproduce a manera de una metonimia la totalidad de una sociedad justa desde donde reclamar a la sociedad injusta, aquello que nos ha sido arrebatado. Quiere decir que: estar en la calle no es de por sí una experiencia colectiva aceptable, sino la evidencia de lo que falta para alcanzar el ideario de justicia.

Estar en la calle tiene la potencia del hacer. La totalidad que representa es contingente, sin embargo, desde la revolución virtual, el universal se encuentra mucho más cómodo creando no solamente todas las mediaciones necesarias, sino la satisfacción de un universal: “a la carta”.

Estar en la calle, es capaz de proponerle a la clase, su propia forma. Frente a este mandato la historia de la clase en su diversidad real, se disuelve.
La revolución virtual permite proponerle a la clase una nueva materialidad, la materialidad del significado.

¿Qué ha cambiado? El poder de la designación de la condición material de la clase. Lo que sospechamos, que el carácter íntimamente subjetivo de la clase así obtenida, puede fácilmente convertirse en un espejismo.

¿Por qué necesitamos de la simetría? La simetría resguarda la materialidad de la clase, resguarda la clase de la mercancía, resguarda la clase del pragmatismo. La simetría aparece como resguardo de un valor de libertad, por eso se lo combate.

¿Qué valor es ese? Primeramente, el valor de elegir y decidir, y principalmente la conciencia clara del carácter subjetivo de la construcción virtual capaz de denunciar ante nuestros ojos su insuficiencia.

Nos sentimos incómodos frente a una diversidad que escape completamente a nuestro control, una diversidad que no pueda ser controlada ni determinada desde nuestro concepto de esa diversidad. Decimos: el pragmatismo no contiene ningún saber, es una simulación de la diversidad y quedamos esperando que lo real aparezca ante nuestra vista para poder ser determinado. No es correcta semejante previsión.

El pragmatismo contiene una lógica universal abstracta. Pese a haber sido creado como un instrumento ideal para encarar la idea de la mercancía, resulta incapaz de transformar nada de por sí, el primer manotazo del pragmatismo no es hacia la experiencia histórica de la clase proletaria, sino hacia la ciencia como herramienta para interpretar las colisiones producto de todo aquello que las clases históricas no han podido prever, ni comprender.

Un aparte merece la cuestión del individualismo. Parece una época signada por cierta vocación de individualismo. Esto no es natural. Si revisamos el pensamiento clásico, hay concordancia sobre la condición gregaria de los hombres, En efecto, nacemos entre la gente, tenemos el derecho de padecerlo, pero hay cierta materialidad de significación ante la condición social del ser humano. No fingiremos que a partir de la revolución virtual hay cierta compulsión de apartarse, de pararse detrás de la pantalla para relacionarse con la sociedad y también con el estado. La pantalla nos informa acerca del carácter coercitivo, de las leyes del estado y además nos ayuda a eludir esa opresión mediante estrategias más o menos astutas. La pantalla nos permite someter a la trama social a nuestro tiempo para entender e incorporarnos en la trama social. Nos permite cuestionar todas jerarquías.
La pantalla es una revolución de todos los valores.

A través de este espejismo nos sentimos por primera vez capaces de eludir la condición de mercancía que pretenden imponernos ¿Quiénes pretenden imponernos? Nosotros, nosotros rechazamos la mercancía a la cual nos veremos ineluctablemente sometidos ¿Qué ha sucedido? La pantalla ha cruzado la frontera de nuestra intimidad, después de haber prometido preservarla.
La rebeldía como tantas veces en la historia ha sido el vehículo del sometimiento.
Entonces hay que aceptar que el así llamado individualismo es una decisión sobre apartarse, pero este apartarse no es otra cosa que establecer la forma del vínculo social. Una diferencia ante la capacidad que tiene el individualismo de colocarse como unidad de inicio del tejido social. Lo que es consecuencia, se coloca como causa eficiente de la ilusión de ser uno, frente a la sociedad, como dos totalidades enfrentadas, la mecánica del pragmatismo.

Nota Relacionada

En la Argentina contemporánea esa operación se ve con nitidez. El trabajador precario no aparece como tal: aparece como monotributista, como “emprendedor”, como “colaborador” de una plataforma o como alguien que “eligió” la flexibilidad. Rappi, PedidosYa, Uber o el delivery de barrio no se presentan como una relación de subordinación mediada por un algoritmo, sino como un mercado de individuos libres que administran su tiempo. El salario se disuelve en “ingresos variables”; la jornada, en “disponibilidad”; el riesgo empresario, en “autonomía”.

El monotributo cumple una función ideológica precisa: formaliza la informalidad sin reconocer la dependencia. Convierte una posición de clase en una categoría fiscal. Quien vende su tiempo a un tercero sigue haciéndolo, pero ahora figura como un pequeño contribuyente responsable de sí mismo. La precariedad deja de ser un dato de la relación laboral y pasa a ser un problema de “gestión personal”.

La deuda de consumo completa el cuadro. Tarjeta, crédito digital, fiado de plataforma o préstamo informal no se leen como un mecanismo de reproducción de la fuerza de trabajo en un salario insuficiente, sino como una decisión financiera del individuo. El trabajador no aparece explotado: aparece endeudado por haber consumido, por no haberse capacitado o por no haber “invertido en sí mismo”.

El lema “sé tu propio jefe” resume la inversión. Lo que en la experiencia concreta es ausencia de derechos, inestabilidad e imposibilidad de negociar colectivamente se traduce en una narrativa de libertad. La pantalla —la app, el perfil, el recuento de pedidos o de likes— ofrece la sensación de mando sobre la propia vida mientras las condiciones de esa vida siguen siendo fijadas por otro: la plataforma, el tarifario, la tasa, el cliente, el algoritmo.

Así, la clase no desaparece. Queda opacada. Lo que se ve es un enjambre de trayectorias individuales; lo que estructura esas trayectorias sigue siendo una relación desigual entre quien controla las condiciones del trabajo y quien debe aceptarlas para vivir.

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