Sobre el mito de La Argentina europea

Durante el Mundial de 2026, la selección argentina volvió a quedar en el centro de una discusión que excede el fútbol. Las redes sociales y numerosos medios extranjeros instalaron la idea de una "Argentina blanca" a partir de la composición del plantel campeón, reabriendo un debate sobre la identidad nacional y el peso de un relato construido desde fines del siglo XIX.

El artículo publicado por Sin Permiso sostiene que esa imagen responde menos a una realidad histórica que a un proyecto político impulsado por las élites liberales de la llamada Generación del '80. Bajo el ideal de "civilizar" el país mediante la inmigración europea, el Estado promovió un relato nacional que invisibilizó deliberadamente a los pueblos originarios, a la población afroargentina y a las múltiples formas de mestizaje que atravesaron la historia del país.

Desde esa perspectiva, la escasa diversidad étnica visible en la selección nacional no constituye una prueba de una Argentina homogéneamente blanca, sino la expresión de procesos históricos, sociales y regionales mucho más complejos. El texto cuestiona además la tendencia a interpretar la realidad argentina mediante categorías raciales propias de Estados Unidos, donde la clasificación étnica tiene un desarrollo institucional muy distinto.

La crítica apunta también al sentido político del mito de la "Argentina europea". Durante más de un siglo esa narrativa sirvió para legitimar un modelo de nación que identificó el progreso con Europa y relegó a un lugar marginal a quienes no encajaban en ese ideal. Los censos, la escuela y buena parte de la historiografía oficial contribuyeron a consolidar esa representación, cuyos efectos culturales aún perduran.

En ese marco, la polémica mundialista funciona como una oportunidad para revisar una identidad nacional construida sobre numerosas omisiones. Más que una anomalía explicada por la composición de un equipo de fútbol, el debate revela las limitaciones de un relato que durante décadas negó la diversidad constitutiva de la sociedad argentina y cuya persistencia continúa alimentando simplificaciones tanto dentro como fuera del país.

La «Argentina Blanca» en el mundial de fútbol

Julián Santiago Grueso Ramos

 

Los jugadores negros de las selecciones europeas no representan a unas naciones abiertas e incluyentes que protegen y promueven la diversidad. Esos jugadores son la imagen tanto de una historia de colonialismo como de las desigualdades sociales y la marginalidad. El fútbol es, como ya se sabe, una de las poquísimas vías de escape de los cinturones de miseria que rodean a las grandes ciudades. Todo esto que digo es una obviedad que parece olvidarse en medio de la celebración frívola de la diversidad que tanto le conviene a los grandes poderes económicos que apoyan todo lo que no ponga el ojo en la desigualdad. La gran mayoría de jugadores viene de la pobreza y ya sabemos quienes suelen ser los pobres en el capitalismo racial; ya está bien de lavarle la cara a los estados colonialistas que edificaron la gran arquitectura del despojo valiéndose del racismo. Bajo la imagen de esas selecciones “diversas” está el poso putrefacto de la violencia colonial y la exclusión sistemática.

La propaganda hipócrita que se ha desplegado durante el mundial ha tomado un mito bastante arraigado para construir un enemigo perfecto: la Argentina Blanca. El golazo que le metieron al antirracismo colonizado y a los celebradores profesionales de la diversidad es el siguiente: Argentina es racista porque en su selección no hay ningún jugador “negro”. Cuando dicen “negro” se refieren, por supuesto, a la víctima absoluta del racismo: los africanos y afrodescendientes. En la lectura maniquea del racismo, los jugadores argentinos, como no son “negros”, son blancos. O blanco mestizos, esa categoría necia que inventaron para escamotear las complejidades y contradicciones del sistema racial en América Latina. Quienes ven a Lautaro, Otamendi, Licha Martínez y demás jugadores como blancos terminan estableciendo una complicidad con el supremacismo que ha apostado por construir una imagen de Argentina como último bastión de defensa de la blanquitud en un Occidente invadido por gente indeseable. 

Muchas intelectuales y activistas argentinas han hecho denodados esfuerzos por desmontar el relato de la Argentina Blanca no tanto para reconocer una diversidad (que es importante, por supuesto) sino por exponer una gran estafa que está dando grandes réditos en el contexto actual de saqueo por parte del sionismo y el lacayo de la motosierra. La Argentina Blanca opera a varios niveles. Desde la misma Constitución Nacional, en el artículo 25, se establece que el Gobierno federal debe fomentar la “inmigración europea” para “labrar la tierra, mejorar industrias, o enseñar ciencias y artes”. Más allá del principio jurídico de no discriminación en el que todo derecho o beneficio se extiende a todos los extranjeros, es discente que en ninguna reforma constitucional se haya cambiado aquello de “inmigración europea” por “inmigración”, sin apellido, pues lo deseable para la Nación es que sea europea, es decir, blanca.

En otro nivel, el proyecto ideológico de la blanquitud funciona como una máquina de alienación en la que no pocos pelotudos de las clases trabajadoras se entretienen con un pasaporte trucho de entrada al club de la blanquitud (¡soy blanco!), repitiendo expresiones racistas o cánticos humillantes que emanan de las alucinaciones raciales mientras les están quitando sus bienes y derechos. Pero esto, como sabemos bien en Colombia y otros países latinoamericanos, no es un mal endógeno de la sociedad argentina.

Por otro lado, como un aparato de invisibilización, la Argentina Blanca no necesita construir nuevas fábulas deshumanizantes sobre otros (indios atrasados, negros salvajes, musulmanes terroristas, etc.) porque simplemente “no existe” ese Otro. Es al Otro al que se esclaviza, se explota, se extermina, no al Blanco. Entonces, como el país es Blanco, es imposible que se esté ejecutando un exterminio. Pero el exterminio, que etimológicamente viene del verbo latín exterminare, compuesto por el prefijo ex- (hacia fuera) y terminus (límite o frontera), significa poner a una persona o pueblo “fuera de los límites”.

¿Acaso eliminar los límites a la extranjerización de la tierra no es poner afuera de sus propias fronteras al pueblo argentino, así como lo ha venido haciendo hace más de 80 años el estado sionista en Palestina? Quitarle la tierra o el acceso al agua a un pueblo, así no esté mediado por drones y bombardeos, es exterminarlo. El sionismo y las mafias de Miami que están poniendo sus garras en Argentina aprovechan el relato de la Argentina Blanca para encubrir su proyecto racista y colonial mientras que otros pueblos del Sur se comen el cuento de la blanquitud argentina y empiezan a odiar ese pueblo hermano. En últimas, el sentimiento antiargentino es un sentimiento peligrosamente racista: la historia nos ha enseñado que todo exterminio está precedido de la deshumanización y el odio racial. 

La selección argentina es un equipo de descendientes de italianos, españoles o polacos. Todos esos europeos que, cabe recordar, no siempre fueron considerados como “blancos”. Pero, sobre todo, la selección es un equipo de negros villeros, indios, morochos y morenos que vienen de muy abajo, como los jugadores de las selecciones europeas que hoy algunos admiran como símbolo antirracista. Por supuesto que siempre habrá razones (o no) para hacerle fuerza a uno u otro equipo. Anhelar, por ejemplo, que Lamine Yamal vuelva a ondear una bandera Palestina u homenajear a su barrio migrante y obrero en medio de una celebración; o desear que Licha Martínez y Giovani Lo Celso le vuelvan a decir al mundo que las Islas Malvinas son y serán del pueblo argentino. Lo que no nos podemos permitir los pueblos del Sur es, bajo la excusa de una antipatía a una selección de fútbol, repetir el discurso que el amo ha construido sobre Argentina y erosionar la fuerza más poderosa de nuestros pueblos: la solidaridad. Es mucho lo que se está jugando el pueblo argentino más allá de un estadio de fútbol. Por favor, siempre que vean una etiqueta que dice “Blanco”, en lugar de repartirla acríticamente como quien entrega escarapelas, rasquen bien porque con toda seguridad encontrarán allí, muy bien oculto, una farsa, un engaño, un aparato de despojo y muerte.

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es antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia y doctorante en Ciencias Sociales en la Universidad de Valencia, España. Miembro del Colectivo Justicia Racial de Colombia.

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