Vivir en una carpa

En 1974, Walsh viajó a Medio Oriente. Tras detenerse en el Magreb, llegó a Líbano, desde donde documentó la brutalidad israelí en territorios ocupados y la organización de la resistencia. Con su talento para la crónica y la investigación, logró plasmar quizás el último momento de esperanza del pueblo palestino en su lucha contra el neocolonialismo. Como buen escritor de policiales, reconstruyó en las primeras notas los hechos que llevaron al crimen colonial: la creación de un Estado nuevo, para desestabilizar la región. Desde la documentada presencia del pueblo palestino (desde el siglo VII), pasando por la fundación del sionismo con Theodor Herzl a la cabeza hasta las intrigas franco-británicas contra la autodeterminación árabe-palestina en las décadas de 1920 a 1940.

Rodolfo Walsh y la revolución palestina - Embajada del Estado de Palestina en la República Argentina

Cuando Rodolfo Walsh cubrió la revolución palestina

Por Ignacio Liziardi para La tinta

―¿Usted de dónde es?
―Soy de Jaffa.
―¿Y dónde vive?
―Yo vivo en una carpa.
―Y usted, ¿de dónde es?
―Soy de Bulgaria.
―¿Y dónde vive?
―Vivo en Jaffa.

Arlette Tessier, “Diálogo en Gaza”.
Citado por Walsh en una de sus columnas.

1973 fue un año bisagra en la trayectoria de Rodolfo Walsh. Su militancia había derivado en el apoyo activo a la lucha armada emprendida por el peronismo de izquierda y se incorporó a Montoneros. Asumió entonces un rol sumamente importante: jefe de inteligencia del movimiento. Ese mismo año, se publicó su Caso Satanowsky como libro, una década después de la investigación en torno a la muerte del exitoso abogado. Y más importante aún, fundó el diario Noticias, íntimamente vinculado a Montoneros, que buscaba llegar a un público mayor. Daniel Link, encargado de la edición de la obra periodística completa de Walsh, menciona que dicho medio llegó a la increíble suma de 170.000 ejemplares diarios. El equipo era excelente: Miguel Bonasso en la dirección y Juan Gelman, Paco Urondo, Horacio Verbitsky, por nombrar algunos. Rodolfo viajó a Líbano en calidad de enviado especial de Noticias y fue allí donde publicó una serie de notas titulada La Revolución Palestina, de la que hablo a continuación.

Las notas aparecieron en Noticias entre el 13 y el 19 de junio de 1974, dando al público argentino un testimonio de primera mano que pretendía mostrar lo que a veces se olvida, que las luchas contra la opresión siempre son similares. Como en todos sus trabajos, el periodista metió los pies en el barro y entrevistó a la gente en las calles, averiguó, preguntó incansablemente. Las armas todavía estaban calientes cuando arribó a Beirut ―capital del Líbano― en mayo, buscando la voz de las comunidades desplazadas. Fue testigo de la represalia israelí por los ataques a Maalot, ante sus ojos vio las bombas caer sobre los campos de refugiados.


Como buen escritor de policiales, reconstruyó en las primeras notas los hechos que llevaron al crimen colonial: la creación de un Estado nuevo, para desestabilizar la región. Desde la documentada presencia del pueblo palestino (desde el siglo VII), pasando por la fundación del sionismo con Theodor Herzl a la cabeza hasta las intrigas franco-británicas contra la autodeterminación árabe-palestina en las décadas de 1920 a 1940.


La genealogía de Israel

Walsh estructuró su investigación ―de un alto rigor histórico― en torno a dos problemas claves de la conformación de Israel: por un lado, el hecho de que se trató de una situación neocolonial, fruto directo de decisiones europeas y estadounidenses, y, por otro, que este nuevo Estado tenía (y tiene) un carácter nacionalista racial-religioso. El crimen colonial era resumido por Walsh de la siguiente forma: “Los europeos tienen la singular capacidad para proyectar los propios demonios a lejanos escenarios. Muchos franceses creen que las atrocidades de Hitler son distintas de sus propios crímenes en Indochina y Argelia: ingleses que no han oído de Kenya se asustan de las persecuciones de Stalin y algunos italianos están convencidos de que el fascismo nació en la Argentina”. Para decir más adelante: “[…] el exterminio de los judíos iba a ser purgado no en el lugar donde ocurrió, sino en Medio Oriente: no por quienes lo ejecutaron o lo permitieron, sino por gente que no tenía nada que ver”.

Pero ¿cómo llegó a gestarse este nuevo Estado? Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos factores convergieron, fundamentalmente el conocimiento de las atrocidades del Holocausto nazi contra el pueblo judío, la presión norteamericana a los gobiernos asiáticos y latinoamericanos en Naciones Unidas, y los intereses británicos en Levante. La inmigración judía en Palestina se había incrementado silenciosamente durante el Imperio otomano, para dispararse durante el Mandato Británico. En este proceso de progresiva colonización, tomaron parte las células terroristas de extrema derecha sionistas de las décadas previas, tales como Irgun, la Banda Stern (Leji) y la ligeramente más moderada Haganah (o Haganá). La solución sancionada por Naciones Unidas fue desastrosa y se tradujo en la partición de dos Estados, uno palestino y uno judío. Esto ocurrió de la forma más calamitosa posible: la mayoría de la población árabe quedaba en zona asignada al gobierno sionista. Lo mismo sucedía con la propiedad de la tierra fértil, que caía en manos mayoritariamente israelita.

Walsh se explayó sobre el año que transcurrió entre la votación en la ONU y la retirada total de las fuerzas británicas de Palestina, es decir, entre mediados de 1947 y 1948. Este breve periodo de tiempo fue aprovechado por las milicias judías para realizar numerosos atentados contra ocupantes británicos y nativos palestinos por igual. La mayor de las atrocidades relatadas por Walsh fue la masacre de Deir Yassin, donde las milicias arriba nombradas asesinaron, violaron y mutilaron ―para luego enterrar en fosas comunes― alrededor de 120 y 250 hombres, mujeres y niños (las cifras no han sido aclaradas hasta hoy). Este acto de terror, junto con otros similares, llevó a la conmoción y el temor general de las poblaciones palestinas, iniciándose de inmediato un desorganizado éxodo hacia Siria, Líbano, Jordania y Egipto, conocido como Nakba.

En mayo de 1948, se declaró la existencia del Estado israelí, la cual fue inmediatamente impugnada por los países árabes vecinos, quienes atacaron a la nueva criatura colonial europea. Líbano, Siria, Egipto y Jordania poseían monarquías corruptas, se encontraban recién independizados o en la pobreza más absoluta. Esta debilidad fue aprovechada por Israel que pudo asegurarse numerosos territorios. A partir de aquí, el conflicto fue permanente. Sin embargo, el enfrentamiento al nuevo Estado no significó una unidad de frentes, los gobiernos árabes tuvieron relaciones muy conflictivas con las diversas organizaciones de resistencia palestina.

A esto, se sumó la doble vara, que siempre ha sido un común denominador a la hora de abordar el conflicto Israel-Palestina. Por un lado, el relato cercano a la OTAN santificó al Estado sionista, que nombró su ejército “Fuerzas de Defensa de Israel”. A esto, sobrevino la negación de los palestinos como población preexistente. “¿Palestinos? No sé lo que es eso”, declaró Golda Meir, primera ministra de Israel. Una cosa quedaba clara y fue expuesta por Walsh: nada diferenciaba a los luchadores por la liberación palestina de los judíos rebelados del Gueto de Varsovia, que se alzaron contra la atrocidad nazi en la Polonia ocupada. Los métodos de ocupación en Palestina fueron muchas veces los mismos que los ejecutados en Europa (destrucción de viviendas, desplazamiento de familias) y los sistemas de terror contra la población similares (fusilamientos y entierro en fosas comunes, y leyes raciales-religiosas).

La misión colonial estaba cumplida: la región no volvió a conocer la estabilidad, situación que continúa hasta hoy. De este modo, se programó un Estado ultramilitarizado, que se posicionó entre los principales desarrolladores de armamento y que, desde 1948, utiliza el ataque preventivo como arma, argumentando que se trata de un acto defensivo.

Las muchas formas de la resistencia

En los campamentos de refugiados del Líbano, Walsh logró establecer contacto con Fatah (sigla para el Movimiento Nacional de Liberación Palestina), comandado en ese momento por Abu Ammar (Yasir Arafat). Este lideraba, a su vez, la Organización para la Liberación Palestina (OLP) que nucleaba diversas organizaciones, muchas marxistas, todas con el mismo fin: la recuperación de la tierra palestina. Nuestro periodista entrevistó a Abu Hatem, miembro del Comité de la OLP, que lo puso al tanto de la situación con máximo detalle.

Dicha organización guerrillera había aparecido en el horizonte en 1965 y le había torcido el brazo (con un costo altísimo) al ejército israelí en la batalla de Al Karameh. Este pequeño éxito aumentó la expectativa del casi millón de refugiados palestinos en países vecinos, provocando que muchos se unieran a sus filas y además participaran activamente en el frente político de la organización. Hatem lo describió así: “La lucha armada es indisoluble de la lucha política y el descuido de una o de la otra equivale a convertir la guerra revolucionaria en una aventura”. Afirmaciones premonitorias si las hay. Además agregaba: “Fatah no toma las armas contra los judíos. Aceptamos a los judíos como ciudadanos palestinos en absoluto pie de igualdad con los árabes. Fatah toma las armas contra el sionismo y se propone liquidarlo, porque el sionismo es el enemigo fascista y racista, el enemigo de toda la humanidad, no solamente de los árabes”.

La última nota de Walsh concluyó con un abierto apoyo a la lucha armada del pueblo palestino en su lucha anticolonial. En esta defensa, distinguió claramente el uso del terror entre oprimidos y opresores. La reacción no se hizo esperar: la Embajada israelí en Buenos Aires presentó quejas formales y acusó al periodista de cometer “flagrantes inexactitudes y deformaciones de los hechos históricos”. Ante esto, Walsh publicó una Respuesta, desmenuzando con fuentes certeras todos y cada uno de los hechos narrados en sus notas, al mismo tiempo que desarmaba los mitos fundacionales del sionismo.

El resto del cuadro

Los sectores islámicos radicalizados no estaban aún a la orden del día cuando el autor de Esa mujer pisaba Oriente Medio. Era plena Guerra Fría y la política exterior norteamericana estaba en manos del habilísimo y terrible Henry Kissinger, quien había ganado el Premio Nobel de la Paz en 1973 por “poner un alto al fuego” en Vietnam, algo verdaderamente increíble: el vidriero que rompe ventanas en todo el barrio. El 21 de diciembre de 1973 fueron iniciadas las tratativas en la Conferencia de paz de Ginebra y seguidas por el Acuerdo de Separación de Fuerzas entre Israel y Egipto, firmado el 18 de enero de 1974. Esto estabilizó la región por un breve periodo, haciendo posible el viaje de Walsh.

La presión sobre Oriente Medio era tal que las alternativas eran anticoloniales y, muchas veces, al tono del espíritu de 1968, de izquierda, tal como hemos visto. Con la Revolución Islámica en Irán (1979) se iniciaba una nueva etapa. La caída del Shah ―puesto por las potencias occidentales― y el ascenso del ayatolá (miembro del clero chií) Jomeini abrían el escenario para nuevas yihads.

Esta serie de notas en Noticias fueron impugnadas, difundidas, discutidas. Pero todo esto cayó en cierto olvido cuando, en julio del mismo año, murió Perón. El escenario argentino y sus luchas se transformaban rápidamente. Como advirtió Walsh, en el fondo, todas las luchas son iguales. El diario cerró y Rodolfo pasó a la clandestinidad para no volver jamás. En 1977, cuando en tierras palestinas reinaba el terror, testigos vieron a Rodolfo desangrándose en la ESMA. Las ventanas de un mundo más justo se cerraban con estrépito.

Hoy más que nunca

Los hechos y modus operandi narrados por Walsh se han acrecentado a lo largo de las últimas décadas. Además, tras la muerte de Yasir Arafat, ocurrida en 2004, la causa palestina ha sufrido numerosos reveses. El ascenso de Hamás, organización de resistencia palestina islámica radical, resulta lejana a los orígenes de la resistencia panarabista de mediados del siglo XX. Hamás, al día de hoy, representa el enemigo perfecto para las potencias y la prensa occidentales, que buscan sistemáticamente deslegitimar el reclamo palestino.

Desde hace tres años, Israel viene llevando a cabo la acción militar más destructiva desde su creación. Esta consiste en una avanzada que se asemeja mucho a una solución final aplicada al pueblo palestino, con blancos civiles a gran escala, asesinatos precisos a periodistas identificados y apagones informativos aceitados, además de un bloqueo que, en el último año y medio, provocó una hambruna como no se ha registrado en el siglo XXI. Todo esto queda claramente documentado en el informe de Naciones Unidas sobre el genocidio en Gaza.

Recomiendo leer El violento oficio de escribir. Obra periodística (1953-1977) de Rodolfo Walsh y Rodolfo Walsh. Los años montoneros, de Hugo Montero e Ignacio Portela.

*Por Ignacio Liziardi para La tinta.

Un comentario

  1. El Estado sionista existe gracias a Stalin que, a poco de terminada la guerra mundial, les proporcionó armas por medio de un puente aéreo desde Checoslovaquia. Sin ese apoyo Israel no se hubiera formado.

    La inteligencia geopolítica británica debió haberse reído de la credulidad y estupidez de Stalin al creer este que de verdad durante un par de años los sionistas estaban peleados a muerte con los británicos.

    Stalin, objetivamente, contribuyó a socavar los intereses de Rusia y consolidar un Estado sionista antiárabe pro occidental.

    Cuando no se tiene en cuenta la historia (por ej. de que el sionismo es una creación occidental patrocinada desde Londres desde hace más de 100 años) se cometen errores garrafales, como los de Stalin en aquellos días posteriores a la finalización de la II guerra mundial.

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