Jeffrey Epstein no fue solo un delincuente sexual convicto que abusó de decenas de menores durante décadas. Fue, sobre todo, un operador de élite que tejió una red de complicidad entre políticos, científicos, magnates tecnológicos y banqueros de primer nivel. Los tres millones de documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos revelan un entramado donde Epstein actuaba como intermediario, facilitador de negocios, lobista encubierto y financiador estratégico. En el video de apertura Tcked Carlson ayer da su mirada sobre un caso Jeffrey Epstein no fue solo un delincuente sexual convicto que abusó de decenas de menores durante décadas. Fue, sobre todo, un operador de élite que tejió una red de complicidad entre políticos, científicos, magnates tecnológicos y banqueros de primer nivel. Los tres millones de documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos revelan un entramado donde Epstein actuaba como intermediario, facilitador de negocios, lobista encubierto y financiador estratégico en el video de apertura, Tucker Carlson sobre Archivos Epstein, Pizzagate y La Red Criminal Global de pedofilia con Ian Carroll un tema que podría dividir horizontalmente al bipartidismo dominante en Estados Unidos.
Lo extraordinario de este caso no es solo la magnitud de los crímenes sexuales de Epstein, sino cómo logró convertirse en pieza clave de operaciones financieras, políticas y científicas de alto nivel mientras sus delitos eran conocidos por círculos de poder. Los correos electrónicos revelan que Epstein coordinaba lobbies fiscales para JP Morgan, facilitaba inversiones en empresas de ciberespionaje israelí, filtraba información privilegiada sobre rescates financieros europeos, organizaba encuentros entre líderes mundiales y financiaba proyectos científicos pseudocientíficos sobre eugenesia y transhumanismo.
Estos son algunos de los ejemplos más llamativos.
“Nunca he conocido a Peter Thiel. Y todo el mundo dice que salta por ahí y actúa de forma muy extraña, como si estuviera drogado. Sin embargo, tiene una empresa llamada Palantir donde te podría poner en la junta directiva”, le recomendó Jeffrey Epstein a Ehud Barak, exprimer ministro israelí, cuando recién acaba de salir del gobierno de su país en el 2013. La conversación, por supuesto, se volvió viral en los últimos días cuando fue publicada dentro de los tres millones de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Un año después, Barak le escribió en un correo a una persona no identificada que era posible que en su primera reunión con Thiel, hablaran mucho de “geopolítica”. No se sabe bien que sucedió en esa reunión, pero en 2016, el fundador de Palantir financió, a través de su fondo de inversión, Founders Fund, la empresa Carbyne, que desarrolla tecnología de emergencias 911 con acceso a cámara y GPS de smartphones, creada por veteranos de la Unidad 8200 (dedicadas a tareas de espionaje del Ejército israelí) y financiada por Epstein y Barak. Al parecer, Thiel, de esta manera, aportó su granito de arena para el proyecto de desembarco de ambos en el mundo de las startup tecnológicas de ciberespionaje. El propio Barak fue nombrado director ejecutivo de la compañía gracias a que se convirtió en uno de los accionistas mayoritarios través del fondo limitado Sum (EB). Este fondo, propietario de las acciones de Barak en Carbyne, recibió un millón de dólares de Southern Trust, la firma registrada por Epstein en las Islas Vírgenes, donde era propietario de dos islotes, y 500 mil dólares de Nicole Junkermann a través de Montilla Internacional, según una investigación de Calcalist.
Los nuevos documentos se han convertido en uno de los mayores tsunamis políticos de todo el caso Epstein. En ellos, de forma descarnada, sobresale un modus operandi que mezcla los casos conocidos de abusos y trata de mujeres con arreglos sucios y maquinaciones extrañas el propio Epstein.
Esta cotidianidad se tradujo también en innumerables almuerzos y desayunos juntos, entre 2014 y 2017, al punto tal, que en un mail, la exjefa de gabinete y asistente ejecutiva principal de Thiel, Alisa Bekins, compartió una lista de restricciones dietéticas «en caso de que desayunen”.
Lord Mandelson, JP Morgan y el lobby anti impositivo de los ultraricos a través de un pedófilo.
Epstein, después de su primera condena sexual, siguió como cliente del banco JP Morgan y como intermediario de la entidad financiera. Durante este tiempo, Epstein acercó al cofundador de Google, Sergey Brin, y Benjamín Netanyahu, según una investigación de New York Times. En varios correos con Peter Mandelson a finales de la década de los 2000, cuando éste era ministro de Empresas del gobierno laborista británico de Gordon Brown, Epstein hizo un descarado lobby a favor de los intereses del banco dirigido por Jamie Dimon.

En diciembre de 2009, por ejemplo, Epstein solicitó a Mandelson que el impuesto del 50% sobre bonos superiores a 25.000 libras —que el Gobierno británico planeaba imponer al sector financiero— se aplicara únicamente a la porción en efectivo de las bonificaciones. Mandelson respondió que estaba “intentando enmendar la norma”, confirmando su disposición a intervenir en favor de los intereses que representaba Epstein. El 17 de diciembre de 2009, dos días después del intercambio sobre el impuesto, Epstein preguntó a Mandelson si Jamie Dimon —entonces consejero delegado de JP Morgan— debía llamar al ministro de Economía, Alistair Darling, para insistir sobre el tema. La respuesta de Mandelson fue explícita: “Sí, y amenazarle suavemente” . Quizás sea uno de los casos más descarados de presión coordinada por Epstein contra un impuesto contra uno de los capitales más grandes del mundo, el JP Morgan.

En 2010, los correos revelan que Mandelson intervino para ayudar a Jes Staley —amigo personal de Epstein y entonces ejecutivo de JP Morgan— a cerrar la adquisición del negocio de materias primas energéticas RBS Sempra. Esta unidad, propiedad conjunta del banco británico Royal Bank of Scotland y la empresa estadounidense Sempra Energy, debía venderse como consecuencia de las exigencias regulatorias tras el rescate público de RBS durante la crisis financiera de 2008. Staley describió la intervención de Mandelson como «muy útil» para concretar la operación, que finalmente se completó cuando JP Morgan adquirió la participación de RBS en la joint venture. La transacción fue significativa: JP Morgan desembolsó aproximadamente 1.700 millones de dólares para hacerse con el negocio de trading de commodities energéticas, una operación que expandió la presencia del banco en el mercado de derivados de energía y materias primas.
Jeffrey Epstein no fue un depredador solitario. Su red de tráfico sexual operó durante décadas porque contó con la complicidad activa de algunas de las instituciones más poderosas del mundo: bancos de Wall Street que procesaron millones en transferencias sospechosas, gigantes tecnológicos cuyos fundadores recibían “presentaciones” a cambio de servicios financieros, servicios de inteligencia israelíes que lo usaron como intermediario para vender ciberarmas, y una elite científica que aceptaba su dinero mientras él fantaseaba con programas eugenésicos.

Por todo este “trabajo”, Mandelson y su esposa recibieron pagos del financista de más de 80 mil dólares, según su registro de transferencias bancarias.
El “mundo científico” y los delirios de transhumanismo de Epstein
Una faceta poco explorada de sus vínculos fueron sus recurrentes reuniones con científicos como el físico ganador del Premio Nobel Murray Gell-Mann, descubridor del quark; el físico Stephen Hawking; el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould; el neurólogo Oliver Sacks; el ingeniero molecular George M. Church, quien ha trabajado para identificar genes que “podrían alterarse para crear humanos superiores”; y el físico teórico del MIT Frank Wilczek, también premio Nobel. A ese grupo, por supuesto, hay que sumar al lingüista Noam Chomsky por su amistad con el financista.
El atractivo para muchos científicos era simple: dinero. Epstein ofrecía financiación generosa para sus proyectos favoritos, lo que llevó a algunos investigadores a minimizar la gravedad de sus delitos sexuales e incluso a validar sus reflexiones pseudocientíficas, según New York Times. Los científicos asistían a cenas en su mansión de Manhattan, donde fluían el Dom Pérignon y vinos caros, aunque Epstein no bebía. Organizaba almuerzos buffet en el Programa de Dinámica Evolutiva de Harvard, que había ayudado a fundar con una donación de 6,5 millones de dólares. Otros volaron a conferencias patrocinadas por Epstein en las Islas Vírgenes, donde fueron agasajados en su isla privada.

En una sesión con científicos de Harvard, Epstein criticó los esfuerzos por reducir el hambre y brindar atención médica a los pobres, con el argumento de que aumentaba el riesgo de sobrepoblación, según Steven Pinker, una eminencia de la psicología cognitiva autor de 14 libros. Pinker refutó el argumento y citó investigaciones que demuestran que las altas tasas de mortalidad infantil provocan que las personas tengan más hijos. Epstein se molesto, y un colega de Harvard le comunicó posteriormente que lo habían “expulsado de la isla” y ya no era bienvenido en “sus reuniones” con científicos, de acuerdo a la reconstrucción hecha por New York Times.
A partir de principios de la década de 2000, Epstein contó a científicos y empresarios sobre sus planes de usar su rancho de Nuevo México como base donde mujeres serían inseminadas con su esperma para dar a luz a sus bebés, según dos científicos galardonados y un asesor de grandes empresas. Epstein no ocultó su interés en manipular genes y perpetuar su propio ADN. Un partidario del transhumanismo reveló que Epstein le habló sobre criogenia, una ciencia no probada que congela cuerpos para revivirlos en el futuro. Epstein le confesó que quería congelar su cabeza y su pene. En 2011, una organización benéfica fundada por Epstein donó 20.000 dólares a la Asociación Transhumanista Mundial (ahora Humanity Plus), cuyo objetivo era «influir en una nueva generación de pensadores que se atrevan a visualizar los próximos pasos de la humanidad».

El 6 de agosto de 2012, en un correo dirigido a Richard Merkin, fundador y ex-CEO de Heritage Provider Network, una de las redes de proveedores de atención médica más grandes de California, el propio Epstein habló de financiar “un laboratorio de genética e ingeniería del comportamiento en Stanford”. Ese mismo día, en otro mail acordó el itinerario para visitar a Stephen Kosslyn, entonces director del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias del Comportamiento (CASBS) de Stanford y profesor emérito de la Universidad de Harvard, para conversar, según se sobreentiende, sobre su iniciativa de crear un laboratorio de “ingeniería de comportamiento”. Según un correo dos años antes, Kosslyn pensaba convertir la “División de Educación Continua” de Stanford en el laboratorio experimental que deseaba el financista. Entre muchas de las ideas para poner en marcha el proyecto, Epstein quería profundizar “en la idea de que los humanos sueñan constantemente, pero que cuando están despiertos, esos pensamientos y visiones permanecen en un segundo plano”. El laboratorio, por supuesto, no llegó a ninguna parte a pesar de que el científico y Epstein continuaron con sus encuentros durante largos años.

Todos estos esfuerzos de Epstein por influir en el estudio genético, de comportamiento y el trashumanismo coinciden con su personalidad ególatra y sus obsesión por manipular (y abusar) de las personas. La red de cómplices de Epstein, además, es tan inabarcable, como asombrosa, por su grado de complejidad. Un verdadero caso de estudio.