El artículo de Ludueña muestra que la financiarización de la economía argentina ya no se expresa solamente en el mercado financiero. También se instala en los hogares, donde el crédito comienza a funcionar como una herramienta para sostener un consumo que los ingresos laborales ya no alcanzan a financiar.
La diferencia es sustancial. Mientras en la cúspide del sistema la deuda puede convertirse en un instrumento de valorización del capital, en los sectores populares y medios se transforma en una obligación sobre ingresos futuros.
El dato más significativo es que el endeudamiento se concentra en los hogares de menores ingresos. No estamos, por lo tanto, ante un problema de decisiones individuales de consumo, sino frente a una consecuencia de la pérdida de poder adquisitivo y del deterioro de las condiciones de reproducción social.
La paradoja del modelo económico es evidente: mientras la valorización financiera ofrece oportunidades extraordinarias para quienes poseen capital, una parte creciente de la sociedad debe recurrir al crédito para llegar a fin de mes.
La timba financiera y la deuda cotidiana no son fenómenos desconectados: pueden ser las dos caras de una misma estructura económica. Arriba, el capital busca multiplicarse mediante las finanzas. Abajo, los trabajadores se endeudan para sostener su vida cotidiana.

En la Argentina actual, las finanzas volvieron a ocupar el centro de la escena. Mientras tasas de interés, bonos, ingreso de capitales, carry trade y grandes inversiones se presentan como señales de normalización económica, millones de hogares enfrentan una realidad bastante diferente: necesitan endeudarse para sostener su vida cotidiana.
Desde diciembre de 2023, la apertura financiera, la liberalización cambiaria y los incentivos al capital convivieron con una fuerte expansión del crédito a las familias y, más recientemente, con un acelerado crecimiento de la morosidad. Los datos muestran, además, que el endeudamiento golpea de manera desigual: cuanto menores son los ingresos, mayor es la necesidad de recurrir a préstamos y más importante se vuelve la ayuda de familiares y amigos.
Este artículo busca analizar esa paradoja: una economía en la que las finanzas pueden multiplicar el dinero de quienes tienen excedentes, mientras endeudarse se vuelve una necesidad para quienes no llegan a fin de mes. La relevancia radica en que es importante entender las dinámicas estructurales para no creer que el problema es que las personas se compraron televisores para ver el mundial.
CUANDO GANAR DINERO CON DINERO SE VUELVE EL EJE DE LA ACUMULACIÓN
Un modo o patrón de acumulación describe la forma predominante mediante la cual se reproducen y amplían los capitales en una economía. Esto no significa que exista una única actividad rentable, sino que determinadas actividades, precios, políticas económicas y relaciones sociales adquieren una capacidad particular para ordenar el funcionamiento del conjunto.
En Argentina, el concepto de valorización financiera suele utilizarse para caracterizar el patrón de acumulación consolidado a partir de la última dictadura militar. En ese esquema, sectores del capital concentrado destinaron una parte creciente de sus excedentes hacia activos financieros, especialmente cuando las rentabilidades obtenidas mediante colocaciones financieras resultaban superiores a las vinculadas con la inversión productiva. El mecanismo combinó distintos elementos: endeudamiento externo, altas tasas de interés internas, valorización de los capitales dentro del sistema financiero y posterior salida de esos recursos hacia activos externos. De esta manera, una parte importante del excedente económico podía obtener ganancias sin necesariamente traducirse en ampliación de la capacidad productiva, incorporación de tecnología o generación de empleo.
Algunos prefieren referirse a un patrón rentístico-financiero para describir economías abiertas y desreguladas donde adquieren particular importancia tanto las rentas financieras como, en determinadas etapas, aquellas vinculadas con la explotación y exportación de recursos naturales. La consolidación de este tipo de esquema no implica necesariamente una retirada completa del Estado. Por el contrario, el Estado puede desempeñar un papel fundamental en su construcción. La liberalización financiera, la apertura económica, la eliminación o modificación de regulaciones y la definición de determinadas políticas monetarias, cambiarias y fiscales pueden generar las condiciones necesarias para que ciertas formas de valorización del capital resulten particularmente rentables.
En este contexto adquiere importancia el papel del sistema financiero. Su existencia no constituye en sí misma un problema: un sistema financiero cumple funciones esenciales como canalizar el ahorro hacia el crédito y la inversión, organizar los pagos, administrar riesgos y conectar a quienes poseen recursos excedentes con quienes necesitan financiamiento.
La cuestión central aparece cuando las finanzas dejan de funcionar principalmente como una herramienta al servicio de la producción y comienzan a condicionar la lógica general de la economía. Cuando resulta sistemáticamente más rentable comprar títulos financieros, aprovechar diferencias entre las tasas de interés y el tipo de cambio o capturar determinadas rentas que invertir en una fábrica, desarrollar proveedores o generar empleo, se modifica el orden de prioridades de la acumulación. Por eso, la discusión sobre la financiarización no consiste en oponer producción y finanzas como si fueran actividades necesariamente incompatibles. El problema es establecer qué relación existe entre ambas. El crédito y los mercados financieros pueden impulsar la inversión productiva; pero también pueden crear mecanismos donde una parte creciente del capital se orienta hacia operaciones financieras que generan rentabilidad sin ampliar proporcionalmente las capacidades productivas del país.
La experiencia argentina de valorización financiera estuvo históricamente asociada a esa combinación entre endeudamiento, elevadas tasas internas, valorización financiera y posterior fuga de capitales. El interrogante relevante es, entonces, hasta qué punto algunos de esos mecanismos vuelven a adquirir centralidad en la etapa actual.
MILEI Y EL RETORNO DE LAS FINANZAS AL CENTRO DE LA ECONOMÍA
Desde diciembre de 2023, el gobierno de Javier Milei puso en marcha una política económica basada en el ajuste fiscal, la desregulación, una mayor apertura de los mercados, la liberalización cambiaria y la búsqueda de una reinserción acelerada de Argentina en los mercados internacionales de capital.
Uno de los hitos de ese proceso fue el nuevo acuerdo alcanzado con el Fondo Monetario Internacional en abril de 2025. El programa involucró un financiamiento de USD 20.000 millones, con un desembolso inicial de USD 12.000 millones, y estuvo acompañado por modificaciones importantes en el funcionamiento del mercado cambiario. En este marco, el Banco Central eliminó las restricciones para la compra de moneda extranjera por parte de las personas, flexibilizó distintos pagos al exterior, habilitó la distribución de utilidades hacia accionistas extranjeros para nuevos ejercicios y estableció un régimen de flotación del tipo de cambio dentro de bandas.
La combinación entre tasas de interés en pesos y expectativas de relativa estabilidad cambiaria creó, durante determinados períodos, condiciones favorables para operaciones de carry trade (bicicleta financiera). Desde la perspectiva del Gobierno, estas políticas forman parte de un proceso de normalización macroeconómica basado en el equilibrio fiscal, la disminución de la inflación, la eliminación del financiamiento monetario del déficit y la recuperación del crédito privado. Desde una lectura vinculada con la valorización financiera, sin embargo, el interrogante es diferente. Lo relevante es observar si las tasas de interés, el tipo de cambio, las regulaciones y las expectativas comienzan nuevamente a organizarse alrededor de la rentabilidad financiera y si esa lógica condiciona las decisiones de inversión productiva.
A la dimensión financiera se suma otro elemento: la creciente importancia económica de las rentas derivadas de los recursos naturales. En este terreno, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) constituye una de las herramientas centrales del programa oficial ya que ofrece beneficios tributarios, aduaneros, regulatorios y cambiarios para grandes proyectos de inversión, principalmente vinculados con sectores como minería, petróleo, gas, energía, infraestructura y siderurgia. Para el Gobierno, estas condiciones permiten reducir la incertidumbre, atraer grandes inversiones, incrementar las exportaciones y aprovechar el potencial argentino en sectores como energía y minería. El objetivo sería generar un fuerte flujo de capitales que permita ampliar la capacidad exportadora y obtener las divisas que históricamente han funcionado como una restricción para el crecimiento de la economía argentina. Sin embargo, desde una perspectiva rentístico-financiera aparece otra cuestión, ya que la combinación entre apertura financiera, grandes inversiones orientadas a recursos naturales y capitales predominantemente exportadores puede configurar una economía donde determinados sectores dinámicos convivan con una pérdida de centralidad relativa de la industria y del mercado interno. Es necesario analizar cuánto empleo generan esos sectores, qué encadenamientos producen con proveedores nacionales, cuánto valor agregado permanece dentro del país, qué proporción de las ganancias se reinvierte y cuánto excedente puede remitirse al exterior.
La cuestión de fondo es qué tipo de crecimiento se construye. Importa saber cuáles son los sectores que lideran la acumulación, cuánto empleo produce, cómo se relacionan con la industria nacional, cómo se distribuyen los beneficios y hacia dónde se dirige el excedente generado. Desde esta perspectiva, el debate sobre el actual programa económico excede la discusión coyuntural sobre inflación, reservas, riesgo país o ingreso de capitales. Lo que está en discusión es una cuestión más estructural: si Argentina está configurando nuevamente un patrón en el cual la valorización financiera y las rentas asociadas a los recursos naturales adquieren un peso creciente frente a una estrategia centrada en la ampliación de la producción, el mercado interno y el desarrollo industrial.
LA OTRA CARA DE LAS FINANZAS: HOGARES CADA VEZ MÁS ENDEUDADOS
Mientras las finanzas recuperaron protagonismo en la macroeconomía, el crédito también avanzó sobre la economía doméstica. Los microdatos de la EPH del primer trimestre de 2026 muestran que el 28,85% de las personas viven en hogares que recurrieron a préstamos de familiares o amigos, bancos o financieras: alrededor de 8,7 millones de personas.
La incidencia del endeudamiento es marcadamente desigual según el nivel de ingresos. Entre el 10% más pobre, el 34,6% vive en hogares que recurrieron a alguna de esas formas de crédito, frente al 14,1% del decil más rico. Además, los sectores de menores ingresos dependen mucho más de redes personales: en el primer decil, el 27,4% acudió a familiares o amigos y sólo el 12,5% a bancos o financieras.
El crecimiento del crédito también estuvo acompañado por un fuerte aumento de la mora. A diciembre de 2025 había 14,8 millones de personas con deuda de tarjetas y 11,9 millones con préstamos personales. La irregularidad de los créditos a las familias pasó del 9,3% en diciembre de 2025 al 12,8% en mayo de 2026, muy por encima del 3,5% registrado entre las empresas.
CUANDO LA DEUDA DEJA DE FINANCIAR EL FUTURO
El crédito no es, por definición, un indicador de deterioro social. Un préstamo hipotecario, un crédito para comprar una máquina o una financiación destinada a estudiar pueden ampliar el patrimonio, mejorar la productividad o aumentar los ingresos futuros. De hecho, una economía sin crédito enfrenta serias dificultades para crecer. El problema aparece cuando el endeudamiento cambia de función. Cuando las personas dejan de pedir dinero para adquirir activos o financiar inversiones y comienzan a hacerlo para cubrir gastos corrientes, la deuda deja de ser un puente hacia el futuro y pasa a funcionar como una forma de compensar ingresos presentes insuficientes.
Los datos permiten dimensionar esa tensión. En el primer trimestre de 2026, el INDEC estimó que el ingreso per cápita familiar promedio fue de $728.008 mensuales, mientras que la mediana se ubicó en $500.000. Esto significa que la mitad de la población vivía con menos de esa suma por integrante del hogar. A su vez, nuestro procesamiento de la base individual de la EPH muestra que aproximadamente uno de cada diez ocupados que trabajó durante la semana de referencia tenía más de un empleo. La combinación entre ingresos insuficientes, pluriempleo y creciente endeudamiento constituye una señal relevante sobre las condiciones económicas de los hogares.
En este contexto, la deuda adquiere una doble dimensión. Para el sistema financiero representa un activo que genera intereses; para las familias, un pasivo que compromete una parte de sus ingresos futuros. Allí aparece una de las contradicciones centrales de una economía financiarizada: las mismas finanzas que ofrecen oportunidades de rentabilidad a quienes poseen excedentes pueden convertirse en una carga creciente para quienes necesitan endeudarse para sostener sus gastos cotidianos.
DOS CARAS DE UNA MISMA ECONOMÍA
Los datos de la EPH muestran que millones de argentinos recurren a préstamos bancarios, financieras, familiares o amigos. Al mismo tiempo, el incremento de la morosidad indica que una proporción creciente encuentra dificultades para cumplir con esas obligaciones. La discusión sobre la financiarización deja así de ser exclusivamente académica y pasa a tener una expresión concreta en la vida cotidiana. Por eso, no alcanza con observar cuánto aumentó el crédito, cuánto rinden los bonos, cuántos dólares ingresan al país o cuánto disminuye el riesgo país. También es necesario preguntarse quién toma ese crédito, para qué lo utiliza, en qué condiciones accede, quién recibe los intereses y qué parte de los ingresos futuros de los hogares queda comprometida.
Una economía puede mostrar un sistema financiero más activo y, simultáneamente, familias financieramente más vulnerables. Esa tensión ayuda a comprender una de las características de la Argentina actual: mientras para quienes poseen capital el endeudamiento y las finanzas pueden constituir herramientas de valorización, para una parte creciente de los hogares la deuda se transforma en un mecanismo para sostener el consumo cotidiano y llegar a fin de mes.