El silencio de los inocentes

La conexión emocional y de identidad entre un sector importante de la sociedad y la figura de Cristina Kirchner está hoy opacado por parte de propios y extraños.
Más allá de los expedientes judiciales o los tecnicismos legales, la opinión de los asesores o la propia voluntad de los dirigentes, existe un componente simbólico que trasciende lo jurídico. Para muchos segmentos populares lo que le sucede a CFK es percibido como algo que le sucede a su propia decisión de representación política y social y un peor aún, un ataque a su memoria emocional construida por vivencia propia o por narrativas cercanas, familiares.
El silencio nunca fue salud para desplegar un proyecto popular-democrático.
Algo muy malo está sucediendo ahí ... y lo veremos en acto. Como sostuvo Sarte" Traicionar es, hacer nacer un destino", y hay que hacerse cargo.

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«Así, el único factor disponible y consistente que tenemos de esperanza genuina es reemplazado por una ilusión con consistencia bastante superficial.

No se quiere dialogar e intercambiar con Cristina porque se teme que arruine el juego de las ambiciones. Ese temor refleja que los dirigentes y referentes están más preocupados por sí mismos que por resolver los problemas reales del país. El diálogo con Cristina apunta a esto último y no a lo primero.

La condición de posibilidad de reproducir ese juego de la interna peronista y esa dominación del establishment es, justamente, la exclusión, omisión, indiferencia (forzada), ausencia, desaparición simbólica de CFK.

Introducir a Cristina en la ecuación revienta todo, la interna y la externa, y eso arruina el «juego de las ambiciones» y el delirio de la dominación perpetua del establishment.»

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De eso no se habla

Cinco militantes. Seis horas de ruta. Una actividad política en Buenos Aires como destino. El tipo de viaje donde normalmente se habla de todo: candidatos, internas, estrategia, el humor de la tropa. Esta semana pasada, en ese auto, el tema no apareció. Ni una vez. No hubo una pausa incómoda ni una frase a medias. Simplemente no existió.

Cristina Kirchner está presa. Y en el peronismo, de eso no se habla.

No es que se hable en voz baja. No es que haya un debate interno que no trasciende. Es que el debate no existe. Hay una aceptación tácita, no acordada, no discutida, de que ese es un tema que no se toca. Una omisión que se reproduce sola, sin que nadie la ordene y sin que nadie la cuestione.

En 2025, durante la campaña de medio término, un militante de base se animó a pedirlo en una reunión. Quería un pronunciamiento del espacio sobre Cristina. Los candidatos no contestaron. Cambiaron de tema. Nadie en la sala lo señaló. La conversación siguió como si la pregunta no hubiera ocurrido.

Hace pocos días, un precandidato a gobernador zanjó la cuestión con una frase que resume todo: «Cristina debe resolver su problema judicial.» Como si la proscripción de la principal figura opositora del país fuera un trámite personal. Como si el peronismo no tuviera nada que decir al respecto. Como si no fuera, también, un problema político colectivo.

Lo más llamativo no es el silencio en sí. Es su origen. Nadie convocó una reunión para acordarlo. No hubo un comunicado interno, una indicación de conducción, una bajada de línea. Nadie sabe quién tomó la decisión, cuándo se tomó ni dónde. Y sin embargo todos la acatan. El silencio no fue construido, fue adoptado. Se instaló solo, como una evidencia, y el espacio lo naturalizó sin pestañear.

Eso tiene un nombre en política: hegemonía del miedo. No el miedo a una represalia concreta sino el miedo difuso a tocar algo que puede explotar. El problema es que ese miedo tiene un costo. Un tema con capacidad movilizadora real, que interpela a la militancia, que tiene carga simbólica y potencial electoral, está siendo dejado sobre la mesa. No porque el debate haya concluido que es mejor no usarlo. Sino porque el debate nunca ocurrió.

El peronismo tiene una historia larga de convertir causas judiciales en combustible político. Lo hizo con Perón. Lo hizo con el propio kirchnerismo en otros momentos. Sabe, cuando quiere, transformar una proscripción en bandera. No es un recurso ajeno ni novedoso. Es parte del manual.

La pregunta que nadie se hace en voz alta es si la situación de Cristina Kirchner tiene ese potencial. Y la respuesta honesta, incómoda, es que probablemente sí. No porque el resultado del debate esté garantizado ni porque todas las conclusiones posibles sean convenientes. Sino porque hay una base social que siente esa causa como propia y que está esperando que alguien la nombre con seriedad.

Artemio López lo dijo esta semana en Canal Abierto sin ningún cargo partidario que lo obligara a callarse: Cristina Libre es la condición de posibilidad para que en el espacio popular democrático surja un candidato potenteEn su blog va más lejos aún y traza el paralelo con ‘Perón Vuelve’: no como consigna electoral sino como condición necesaria para restaurar la democracia plena.

Eso no es prudencia. Es una dimisión política.

El debate podría concluir que el tema es un arma de doble filo. Podría concluir que los tiempos no son los correctos. Podría incluso concluir que es mejor no convertirlo en eje de campaña. Todas esas son posiciones legítimas. Pero son posiciones que requieren un debate previo. Lo que hay hoy no es una conclusión. Es una evasión.

Cinco militantes. Seis horas de ida. Seis de vuelta. A mitad del camino alguien dijo: che, no fuimos a San José 1111.

De eso no se habla. Y esa, en sí misma, es una decisión política. Aunque nadie la haya tomado.

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Periodista, ciclista amateur, observador desde las orillas. Fundador y Director de Regional 97.3. En este espacio escribo con libertad y humor, sin compromisos de cobertura ni solemnidad.

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4 comentarios

  1. Muy bien expresado por mi tocayo.

    En términos lacanianos sería una «represión» o «forclusion»?

    Introducir a Cristina en la ecuación revienta todo, la interna y la externa, y eso arruina el «juego de las ambiciones» y el delirio de la dominación perpetua del establishment.

  2. La condición de posibilidad de reproducir ese juego de la interna peronista y esa dominación del establishment es, justamente, la exclusión, omisión, indiferencia (forzada), ausencia, desaparición simbólica de CFK.

  3. Así, el único factor disponible y consistente que tenemos de esperanza genuina es reemplazado por una ilusión con consistencia bastante superficial.

    No se quiere dialogar e intercambiar con Cristina porque se teme que arruine el juego de las ambiciones. Ese temor refleja que los dirigentes y referentes están más preocupados por sí mismos que por resolver los problemas reales del país. El diálogo con Cristina apunta a esto último y no a lo primero.

  4. Pero lo real, es decir, el liderazgo de Cristina, no se puede anular por decreto o por omisión. Ese liderazgo produce efectos que se mantienen latentes que, en cualquier circunstancia, pueden aflorar.

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