Se analizan las tensiones internas dentro del peronismo y se traza un paralelismo histórico sobre los intentos de construir alternativas por fuera de los liderazgos mayoritarios:
“Esto viene desde 1955 con el primer intento de neoperonismo de Bramuglia tras el derrocamiento de Perón, criticándolo por 'personalista' y por tomar decisiones 'a dedo'.
Si hacés un esfuerzo, parece exactamente lo que se discute hoy. No me llama la atención que, en medio de la proscripción de Cristina Kirchner, surjan intentos de desconocer su conducción, pero es una tradición donde todos los ensayos terminaron mal”.
Se desestian las comparaciones con figuras históricas como Augusto Timoteo Vandor y remarcan la falta de volumen político de los armados actuales:
“Comparar la emergencia de neoperonismos o dirigentes que intentan alternativizar la conducción de Cristina con lo que fue Vandor es un exabrupto insostenible; la UOM de los 60 tenía una fuerza territorial e industrial que hoy nadie tiene.
En la interna Cafiero-Menem no había un liderazgo constituido, pero con Perón sí lo había y se lo desafió igual. Desconocer liderazgos populares consolidados en momentos de persecución política siempre condujo al fracaso”.
Mirá el programa en el video de apertura.
“EL INTENTO DE DESAFIAR LA CONDUCCIÓN DE CRISTINA VA A TERMINAR MAL, VA A SER UN FRACASO”
Tu naturaleza te quiere matar
ojos con dos pupilas te van a matar
dale que va
Estás frito, angelito!
La comparación histórica con 1955 resulta particularmente significativa. Tras el derrocamiento de Perón, los primeros intentos de reconstrucción de una identidad peronista sin su conducción —entre ellos el protagonizado por Juan Bramuglia— reprodujeron una discusión que hoy vuelve a aparecer: la acusación de que el liderazgo popular es «personalista», que decide «a dedo» y que su conducción constituye un obstáculo para la renovación.
La cuestión, sin embargo, no puede reducirse a una discusión sobre estilos de liderazgo. La conducción política expresa una determinada relación de fuerzas sociales. Por eso, los sucesivos intentos de construir un peronismo prescindiendo de su liderazgo histórico chocaron con un problema que no se resuelve mediante declaraciones de autonomía: la ausencia de una fuerza política, sindical y territorial capaz de reemplazarlo.
La comparación con Augusto Timoteo Vandor también debe ser tomada con cautela. La UOM de los años sesenta no era simplemente una organización sindical poderosa: estaba asentada sobre una estructura industrial, obrera y territorial que le otorgaba un volumen político excepcional. Pretender trasladar mecánicamente aquella experiencia al presente supone desconocer la transformación estructural de la clase trabajadora argentina, la fragmentación del movimiento sindical y la pérdida de densidad industrial.
Por eso, comparar dirigentes actuales con Vandor no sólo es históricamente desproporcionado: puede ocultar la verdadera naturaleza del problema. Hoy no existe un actor con aquella capacidad de articulación entre sindicato, territorio, industria y representación política.
La experiencia histórica deja entonces una enseñanza incómoda para quienes pretenden resolver la crisis del peronismo mediante el desplazamiento de su conducción: desconocer a un liderazgo popular consolidado en condiciones de persecución y proscripción no genera automáticamente una alternativa; puede generar, por el contrario, un vacío de representación.
La cuestión decisiva no es si Cristina Kirchner puede ser reemplazada discursivamente. La pregunta es qué fuerza social concreta posee hoy el volumen político suficiente para sustituir la conducción que ella todavía representa para una parte sustantiva del electorado peronista.
En ese sentido, el debate actual corre el riesgo de repetir el viejo ensayo neoperonista: construir un peronismo sin Perón —o, en la coyuntura contemporánea, un peronismo sin Cristina— suponiendo que basta con modificar la conducción para resolver una crisis cuya raíz es mucho más profunda: la transformación de la estructura social argentina y la correlación de fuerzas entre capital y trabajo.
Y allí aparece la cuestión fundamental: no hay conducción política que pueda inventarse al margen de una fuerza social que la sostenga, del mismo modo que no hay renovación dirigencial capaz de producir por decreto el volumen político que las organizaciones han perdido.