¿De qué va lo de Epstein? Pues va, básicamente, de clase y de género. De ricos, asquerosamente ricos, acumulando cada vez más y más riqueza a través de la especulación financiera, de contratos públicos millonarios, de política internacional, de filantropía, de medios de comunicación
En 1975, Pasolini estrenó “Saló o los 120 días de Sodoma”. La cinta -durísima, repulsiva- es una revisión política de un relato del Marqués de Sade que cuenta la historia de cuatro poderosos dignatarios: el Duque, el Obispo, el Magistrado y el Presidente. Cuatro señores que, en 1944, en los últimos estertores de la república fascista de Saló en Italia, firman un pacto de sangre y secuestran a un grupo de adolescentes de familias locales (partisanos o pobres) para encerrarse con ellos en una villa palaciega custodiada por guardias armados.
Allí instauran un microestado totalitario regido por un código de leyes absurdo y cruel, donde la única norma es el capricho de los poderosos, que se resume en imponer sus manías, su mierda y su sangre. Los jóvenes son despojados de todo, hasta de su identidad, y van transitando de la humillación psicológica a la violencia física extrema, la tortura o el asesinato. Afuera, la guerra arde. Adentro, arde el infierno. Pero bueno, podemos respirar tranquilos…al final y al cabo, solo es una película.
En uno de los correos filtrados, Peter Thiel, el millonario tecnológico padre de Palantir o de PayPal, le dice a Epstein que hay que convertir el mundo en un “mess”, en un desastre. Y vaya si lo han conseguido
Mientras una parte de los archivos siguen custodiados, ocultos a buen recaudo y probablemente jamás vean la luz, otros recorren ahora internet a plena luz, pero lo hacen intoxicados y mezclados con teorías de la conspiración. Cada quien utiliza el caso Epstein para lo que le interesa: para señalar a sus enemigos políticos, para confundirles, o para cobrarse venganzas de telediario que se olvidarán mañana. Y de fondo, como si fueran un decorado, están las víctimas de esta trama de poderosos, corruptos y agresores sexuales, esas niñas y mujeres que, como los muchachos de Saló, adornaban los salones con sus cuerpos insoportablemente violentados. ¿Alguien se acuerda de ellas? ¿A alguien le importan de verdad?
Solo un grupo de periodistas -todas mujeres, por cierto- se atrevió a dar tímidas patadas al avispero Epstein hace ya casi dos décadas, y solo un grupo de mujeres tuvieron el coraje de enfrentarle, algunas pagándolo con su vida. Quizá, antes de comenzar a tirar de los muchísimos cabos del poder que merecen ser investigados, habría que comenzar por darles las gracias.
Así que vamos a centrarnos: ¿De qué va lo de Epstein? Pues va, básicamente, de clase y de género. De ricos, asquerosamente ricos, acumulando cada vez más y más riqueza a través de la especulación financiera, de los contratos públicos millonarios, de la política internacional, de la filantropía, de los medios de comunicación, de las agencias de inteligencia, de la endogamia de su universo, que celebran en sus cenas de postín, y follándose pobres y niñas desde la cima del mundo. Y a medida que acumulan cada vez más y más capital, y más y más poder, van transgrediendo todos los límites éticos y morales a costa de los parias de la tierra. Y sin currárselo demasiado, así, en correos de Gmail. Así contado, esto es una especie de desmoralización colectiva, un mensaje de impunidad internacional.
Los archivos de Epstein no hablan de Epstein, que no actuaba solo, por muy hábil que fuera como fontanero de las cloacas del poder. Hablan de cómo opera la élite de la élite en occidente, en el que dicen, es el mejor de los mundos posibles. Una élite, por cierto, que nace de los estertores de la Guerra Fría y que, como afirmaba la analista georgiana Sopo Japaridze, es una élite surgida del aparato anticomunista construido durante décadas para garantizar la hegemonía del capital y ahogar cualquier alternativa: Bretton Woods, CÍA, Mossad, la academia, los think tanks atlantistas, sus ONGs, sus representantes políticos. Una arquitectura, como dice Japaridze, que se ha privatizado, y que ha encontrado acomodo en el mundo de los ultrarricos y de los tecnofaraones.
En uno de los correos filtrados, Peter Thiel, el millonario tecnológico padre de Palantir o de PayPal, le dice a Epstein que hay que convertir el mundo en un “mess”, en un desastre. Y vaya si lo han conseguido. Pero no han sido ellos solos: son todos y cada uno de los que durante décadas usaron sus servicios financieros, sus aviones de lujo, sus acuerdos millonarios, participaran o no en sus orgías, fueran republicanos o demócratas, abogados o actores, anónimos o no. Participar de las orgías de Saló es terrible, abominable, pero subirse al avión de este ser abyecto, como hizo Aznar, también lo es, así como alternar con él en una cena, o enviarse correos maravillándose de su universo de relaciones y poder, como hacía, duela o no reconocerlo, Noam Chomsky.
Resulta que hemos crecido con historias de terror sobre bárbaros de tierras remotas que tienen harenes, que practican costumbres salvajes, que tratan a sus mujeres así o asá, que son terroristas, o traficantes, o vaya usted a saber, y resulta que los bárbaros y salvajes más terribles siempre han estado aquí, encima de nuestras cabezas. No hacían falta historias de terror ni teorías de la conspiración ni bárbaros incivilizados de otras culturas. Tenemos Gaza como la evidencia más gráfica de su crueldad y su cinismo.
Para hacer un abordaje serio de todo lo que los archivos de Epstein plantean habrá que esperar un tiempo, y poder así investigar con rigor los datos, encajar fechas, nombres, eventos y procesar la información conocida, que es muchísima. Solo de ese modo se podrá también exponer lo qué nos falta por saber. En paralelo, además, convendría plantearse por qué la reparación real y material de las víctimas de toda esta violencia sexual se da como un caso cerrado que casi nadie cuestiona reabrir.
Y un tercer planteamiento que deberíamos hacernos quienes trabajamos con la información y la comunicación es si la tiranía de la atención y el escándalo explosivo nos ayuda a explicar todo esto. No hay que inventar películas snuff ni querer correr más que nadie, menos aún bailarle el agua a la extrema derecha MAGA y sus estrategias de intoxicación. Entre su basura desinformativa y el silencio cómplice del mainstream mediático, para la exposición de este hundimiento moral de occidente y su naturaleza caníbal necesitamos no perder el eje, y sabe comunicarlo. Por eso vuelvo a Pasolini.
La suya no era una peli de terror, era una lección de marxismo: la villa de Saló representaba el sistema capitalista llevado a su extremo fascista, donde los cuerpos humanos son reducidos a mercancías desechables para el uso exclusivo de la élite, atragantada de poder, ya sea para sus orgías, para sus guerras o para sus mercados. Perdonen el spoiler, pero la película acaba con los señores turnándose los prismáticos para contemplar las torturas que se ejercen en el patio desde la ventana mientras en el salón continúa el baile. Es una peli de 1975, de hace medio siglo. Ay, Pier Paolo, si te contáramos.
Las orgías y la depravación moral no es patrimonio ni de una clase ni de un género. La impunidad sí. Esa es la diferencia, los ricos pueden manipular por mucho tiempo a las víctimas, a la ley, a la opinión pública. Los pobres no pueden hacer eso.