La disputa por el financiamiento universitario excede la discusión presupuestaria. Frente al incumplimiento de una ley votada por el Congreso, el conflicto pone en cuestión el vínculo entre Estado, legalidad y democracia. A partir de un pasaje de Georges Bataille, este texto propone pensar la negativa oficial a aplicar la norma como un rasgo constitutivo de la lógica fascista contemporánea: del tecnofascismo.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe
La Ley de financiamiento universitario concierne a la actualización, según la inflación, de los salarios de lxs trabajadores de las universidades, de los presupuestos de funcionamiento de las instituciones, de las becas estudiantiles, y a mantener negociaciones salariales periódicas. Fue aprobada por el Congreso y el gobierno se niega a aplicarla porque considera que compromete el equilibrio fiscal. Sostener el «equilibrio fiscal» significa generar un fuerte desequilibrio social. Máximo Kirchner viene insistiendo sobre la idea de que «es necesario construir justicia fiscal para que haya equilibrio social». La disputa entre el sector universitario y lo que por inercia de la lengua seguimos llamando «gobierno» terminó judicializada. El sector universitario organizó movilizaciones masivas en todo el país, paros docentes, clases públicas, tomas estudiantiles para que el ejecutivo cumpliera con la ley vigente y recompusiera salarios y presupuestos.
El 10 de junio se firmó parcialmente un acuerdo entre las partes: el gobierno, lxs rectores y las representaciones gremiales. El acuerdo incluye un incremento salarial para lxs trabajadores universitarixs – cercano al 24% (cuando en realidad se perdió casi del 50% del volumen salarial) -, una actualización del 20% en gastos de funcionamiento de las instituciones, fondos para los hospitales universitarios y un aumento de las becas Manuel Belgrano. Sin embargo, una parte conspicua, disidente, del sector considera que estas medidas no son suficientes porque no equivalen a la aplicación de la Ley.
¿Por qué el gobierno se resiste a aplicar la Ley?
El poder fascista se caracteriza por una incapacidad orgánica de dotarse de una ley, o sea, de fundar un Estado que funcione -más o menos- para todxs. De hecho, la estatalidad ha sido alejada de las masas laboriosas mientras se la dispone en tanto máquina efectiva para gestionar los asuntos existenciales, económicos y de poder de la clase dominante.
En el momento en el que el fascismo arqueológico se estaba consolidando en Europa, en 1933, Georges Bataille escribió La estructura psicológica del fascismo. Es un libro cortito. Y es uno de los primeros intentos de explicar el fascismo no solo como fenómeno económico y político, sino también como fenómeno afectivo, simbólico y psicológico. Si recurrimos a este ensayo podemos decir que el poder fascista es un agente de cambio que se sitúa «por encima de los hombres, de los partidos, e incluso de las leyes: es la fuerza que rompe el curso regular de las cosas, la homogeneidad apacible pero fastidiosa e impotente para mantenerse por sí misma; el hecho de que la legalidad esté rota no es sino el signo más evidente de la naturaleza trascendente, heterogénea, de la acción fascista».
¿Qué hacer? Ayudar al sector universitario a pasar de la lucha fraccionalista a una lucha en unidad -de sus trabajadores- contra el gobierno, que es el actor que incumple con la Ley de financiamiento universitario. Esto implica reorganizar la unidad alrededor del sujeto trabajador, ante el deterioro de la fuerza del sector, con el propósito de sostener la ley en tanto sustento del poder democrático. Y ayudar a las masas laboriosas a pasar de sus luchas cotidianas a la lucha por el poder. La disputa central puede frasearse así: fascismo versus democracia, entendida como fraternidad (de clase) en el ejercicio del poder.
Las condiciones objetivas de la emancipación parecerían estar maduras. Esa madurez históricamente estuvo atada a la crisis social y económica. (La crisis actual se debe a la transformación del capitalismo de libre empresa en capitalismo monopólico -corporativo, absolutista, totalitario-, que provoca una carrera en procura de los mercados globales, en la que los factores centrales son las mercancías, los capitales y las fuentes de materias primas: los bienes naturales comunes). Sin embargo, la clase trabajadora y su vanguardia (los aparatos políticos y sindicales de la clase) aún no parecen haber llegado a ese mismo nivel de madurez. Las generaciones mayores están abatidas y las generaciones más jóvenes, además de compartir el abatimiento, aún parecen inexpertas. Para superar estas contradicciones, hay que ayudar a las masas laboriosas a pasar de sus luchas cotidianas a la lucha por el poder. Para organizar ese salto es necesario elaborar un sistema de reivindicaciones transitorias (la plena vigencia de la Ley de financiamiento universitario es una de ellas), a partir de las condiciones y la conciencia actuales de los sectores de la clase trabajadora, que la conduzca a la conquista del poder del Estado.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión del autor.
*Filósofo y analista político. CONICET.