El gobierno de Milei no sólo redujo la inflación y el déficit: modificó la distribución del ingreso y las relaciones de poder. El ajuste recayó sobre salarios, jubilaciones y consumo popular, mientras el capital financiero y los sectores concentrados ampliaron su participación en el excedente. Mil días después, el experimento libertario deja una sociedad más desigual, hogares más endeudados y una Argentina nuevamente condicionada por la valorización financiera y la dependencia externa ya en fase colonial.
Milei no sólo modificó precios relativos, salarios y cuentas públicas. En sus primeros mil días de gobierno intentó alterar la relación de fuerzas entre capital y trabajo, redefinir el papel del Estado y transformar el sentido mismo de la política argentina. El resultado es una sociedad más desigual, más endeudada y con una economía crecientemente subordinada a la lógica financiera y geopolítica de Estados Unidos.
Hay una manera convencional de evaluar los mil días de Javier Milei: inflación, déficit fiscal, reservas, riesgo país, crecimiento y tipo de cambio. Es una perspectiva necesaria, pero insuficiente. Porque el dato decisivo del experimento mileísta no está solamente en las variables macroeconómicas sino en quiénes ganaron y quiénes perdieron durante el proceso.
Desde esa perspectiva, el balance adquiere otra dimensión. La política económica aplicada desde diciembre de 2023 produjo una transferencia de ingresos de una magnitud extraordinaria desde el trabajo hacia el capital. La cuestión central no es, entonces, cuánto consiguió ordenar Milei, sino qué sociedad produjo ese ordenamiento y sobre qué sectores recayó su costo.
En una de nuestras primeras columnas sobre el nuevo gobierno , “Vox Dei: licuación de ingresos, desempleo, pobreza y desigualdad”, la hipótesis aparecía ya formulada con claridad. Tras la devaluación inicial, se advertía que la caída del salario real estaba produciendo una verdadera licuación de ingresos: en apenas tres meses, señalaba, la pérdida salarial inducida por el gobierno equivalía aproximadamente a un tercio de la registrada durante los ocho años anteriores. Y sintetizaba el cuadro como una combinación de “licuación de ingresos, aumento de la pobreza y el desempleo”, junto con una concentración creciente del ingreso.
Aquella observación temprana permite comprender lo ocurrido posteriormente. El ajuste no fue un accidente ni un efecto colateral. Fue el mecanismo mediante el cual se reconstruyó una nueva estructura distributiva. En “Estamos mal y vamos peor”, secuantificó que, desde el final del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hasta el primer año de Milei, los asalariados habían perdido 7,7 puntos de participación en la distribución del ingreso. La pérdida, valorizada por FLACSO, representaba decenas de miles de millones de dólares transferidos desde el trabajo hacia otros sectores de la economía.
Ese dato es probablemente uno de los mejores indicadores para comprender los mil días. Porque permite superar la discusión sobre si la inflación bajó o subió y formular una pregunta más importante: ¿qué clase social financió la estabilización?
La respuesta resulta evidente. La estabilización nominal se asentó sobre una profunda modificación de los ingresos relativos. Jubilaciones, salarios públicos, ingresos informales, transferencias sociales y remuneraciones privadas fueron comprimidos mientras se recompusieron márgenes empresarios y rentabilidades financieras. No se trató simplemente de reducir el gasto: se modificó la distribución social del excedente.
La propia evolución del consumo confirma esa hipótesis. En “Hay gorro, bandera y vincha”, se advertía que mientras el Gobierno celebraba la desaceleración inflacionaria, el consumo doméstico acumulaba caídas consecutivas, la utilización de la capacidad industrial se encontraba por debajo de los niveles previos y la participación de los trabajadores en el ingreso descendía. La paradoja era evidente: la inflación podía bajar mientras empeoraban las condiciones materiales de una parte sustantiva de la población.
Aquí aparece uno de los rasgos ideológicos más importantes del mileísmo: convertir una cuestión distributiva en una cuestión moral. El trabajador que no llega a fin de mes aparece como alguien que debe adaptarse; el jubilado que pierde capacidad de compra, como una consecuencia inevitable; la PyME que cierra, como una empresa que no supo competir. El mercado aparece como un mecanismo neutral cuando, en realidad, expresa una determinada relación de fuerzas.
Por eso el endeudamiento de los hogares constituye una dimensión central de estos mil días. Cuando el ingreso laboral deja de alcanzar para reproducir la vida cotidiana, las familias compensan la pérdida mediante tarjetas, préstamos y refinanciaciones. La deuda privada funciona así como un mecanismo de administración de la crisis social: permite sostener transitoriamente el consumo que los salarios ya no pueden financiar, pero transforma la pérdida de ingresos presente en una obligación futura.
La desigualdad tampoco puede observarse exclusivamente mediante el coeficiente de Gini. En “La receta del ‘León de Palermo’: mayor desigualdad, caída de ingresos medios y fuga galopante”, se mostró que detrás de modificaciones aparentemente menores del Gini se escondía una ampliación de la distancia entre los sectores extremos: el 10% más rico concentraba una proporción de ingresos muy superior a la del 10% más pobre, mientras los sectores medios quedaban cada vez más expuestos.
Esto es particularmente relevante porque el mileísmo no construyó su legitimidad solamente sobre los sectores de mayores ingresos. También consiguió interpelar a sectores medios afectados por años de inflación y deterioro económico. Allí radica una de sus principales fortalezas políticas: transformó el malestar producido por la crisis anterior en consentimiento para una política que profundizó determinadas dimensiones de esa misma crisis.
La cuestión de la inflación completa el cuadro. En “Hay gorro, bandera y vincha: el IPC en su contexto”, se puso en discusión no la existencia de la desaceleración inflacionaria sino la estructura estadística con la que se mide. Recordó que el IPC continúa utilizando ponderadores derivados de la ENGHo 2004/2005, pese a que los patrones de consumo de los hogares argentinos cambiaron sustancialmente. La actualización propuesta a partir de la ENGHo 2017/2018 produciría, según el ejercicio citado, una inflación significativamente mayor para 2024.
El punto político no es menor. Si la estructura de consumo de los hogares cambió y los servicios —vivienda, salud, educación, transporte y otros— tienen hoy un peso mayor, una inflación que se desacelera estadísticamente puede convivir con una percepción cotidiana mucho más severa. La estabilidad de los precios no equivale automáticamente a estabilidad social.
Pero hay otra dimensión de los mil días que tampoco puede omitirse: la fuga de capitales y la inserción internacional. En “Héroes: la fuga en cuestión”, se recuperaba el análisis de Eduardo Basualdo para señalar que la fuga constituye una pieza estructural del patrón de valorización financiera argentino. En “La receta del León de Palermo”, además, señalaba que solamente entre abril y mayo de 2025 la formación de activos externos había alcanzado una magnitud considerable respecto de los dólares ingresados por el nuevo acuerdo con el FMI.
Así, el círculo se completa: el Estado ajusta, el salario pierde participación, el consumo se contrae, las familias se endeudan y una parte de los dólares disponibles vuelve a salir por los mecanismos tradicionales de fuga. La restricción externa no desaparece: cambia de forma.
Por eso tampoco resulta suficiente describir al gobierno de Milei como un simple programa neoliberal. Hay una dimensión geopolítica. La recuperación de una relación privilegiada con Estados Unidos, el nuevo protagonismo del FMI y la orientación de los recursos estratégicos nacionales hacia capitales transnacionales forman parte de una estrategia de inserción internacional que reduce márgenes de autonomía económica.
Los mil días muestran entonces algo más profundo que un gobierno que ajustó el gasto público. Muestran un proyecto de reorganización social. Su objetivo no es solamente equilibrar las cuentas del Estado sino consolidar un determinado patrón distributivo: menor participación del trabajo, mayor concentración del ingreso, mayor centralidad del capital financiero y menor capacidad estatal para intervenir en la economía.
En este punto aparece el problema político decisivo. El desgaste del gobierno no produce automáticamente una alternativa. La historia argentina demuestra que los gobiernos pueden fracasar económicamente y, sin embargo, conservar capacidad política si la oposición no logra construir una representación social capaz de articular los intereses dispersos de quienes pierden.
Por eso los mil días de Milei deben ser leídos también como una advertencia para el peronismo. No alcanza con denunciar el ajuste; es necesario construir una mayoría social capaz de derrotar el sentido común que lo legitima. Y tampoco alcanza con una unidad concebida exclusivamente como acuerdo entre dirigentes. La reconstrucción política requiere volver a representar materialmente a trabajadores, jubilados, sectores medios, pequeños empresarios y territorios castigados por la apertura y la concentración.
La disputa, en definitiva, no es sólo entre Milei y una oposición electoral. Es entre dos proyectos de sociedad.
El mileísmo pretende convertir la desigualdad en resultado natural del mercado, la deuda en responsabilidad individual, la pobreza en costo inevitable de la estabilización y al Estado en una anomalía que debe reducirse.
La alternativa deberá demostrar exactamente lo contrario: que la economía es una construcción política, que la distribución del ingreso expresa relaciones de poder y que la democracia pierde densidad cuando una mayoría social carece de condiciones materiales para ejercer efectivamente sus derechos.
Después de mil días, la pregunta ya no es solamente si Milei consiguió estabilizar determinadas variables.
La pregunta verdaderamente importante es qué país queda después de la estabilización.
Y allí el balance resulta mucho menos triunfalista: una Argentina con menor inflación, sí, pero también con una distribución más regresiva, con mayor vulnerabilidad social, con hogares que recurren crecientemente al endeudamiento para sostener su reproducción cotidiana y con una estructura económica que vuelve a colocar la valorización financiera y la subordinación externa en el centro de la escena.
Los mil días de Milei no fueron solamente un experimento económico. Fueron un experimento de poder. Y todavía está abierta la disputa por sus consecuencias históricas.
Columnas : “Vox Dei”, “Estamos mal y vamos peor”, “Hay gorro, bandera y vincha”, “La receta del León de Palermo” y “Héroes: la fuga en cuestión”, que aparecen además reunidas en el archivo de columnas publicadas en diario Perfil