Categoría Geopolítica

La burbuja de la IA en Asia ha estallado

De este trabajo de Michael Roberts se infiere que el problema del capitalismo contemporáneo no es que carezca de innovaciones tecnológicas. Es que necesita convertir cada innovación en una fuente de rentabilidad privada extraordinaria.

La inteligencia artificial puede elevar la productividad, transformar procesos industriales, modificar el trabajo y reducir costos. Sin embargo, nada garantiza que esos avances se traduzcan en una tasa de ganancia suficiente para remunerar el volumen de capital invertido.

La carrera por la IA está concentrando recursos, infraestructura, conocimiento y capacidad de decisión en un puñado de grandes corporaciones. Al mismo tiempo, amenaza con reorganizar el mercado laboral, intensificar la vigilancia sobre los trabajadores y desplazar empleos.

Es decir, los costos sociales de la transformación pueden distribuirse sobre el conjunto de la sociedad mientras los beneficios de la propiedad tecnológica permanecen concentrados.

Hay una paradoja adicional: si la IA termina siendo una tecnología de uso general, cada vez más barata y accesible, su éxito productivo podría entrar en contradicción con las expectativas de rentabilidad monopólica que hoy sostienen buena parte de su valorización financiera.

La pregunta no es si la inteligencia artificial tiene futuro. La pregunta es quién se apropia de sus frutos, quién financia su desarrollo y quién paga los costos de una eventual crisis de sobreacumulación.

La gente habla de IA todo el tiempo. Termina la conversación y nos damos cuenta de que nadie sabe bien de qué está hablando

La entrevista con Cory Doctorow tiene una virtud: evita el determinismo tecnológico. La inteligencia artificial no aparece como un sujeto autónomo que transforma inevitablemente la sociedad, sino como una tecnología incorporada a una determinada estructura de propiedad y acumulación.

Sin embargo, hay un aspecto que merece discusión.

Doctorow deposita una expectativa considerable en la competencia como mecanismo para limitar el poder de las grandes corporaciones. Pero la competencia capitalista también produce concentración, centralización del capital y nuevas formas de monopolio.

Marx ya había identificado esa tendencia como una dinámica constitutiva de la acumulación capitalista.

Por eso, el problema no se resuelve solamente multiplicando competidores. La cuestión decisiva es quién controla la infraestructura tecnológica, los datos, la capacidad de procesamiento y los resultados de la automatización.

La IA puede elevar la productividad social y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones materiales de quienes producen esa riqueza.

La contradicción no está en la tecnología: está en las relaciones sociales bajo las cuales se desarrolla y se apropia su productividad.

Lula y los límites de la política reducida a las redes sociales

"Los que tienen vocación de profetas dicen que @LulaOficial ganó gracias a las redes. Seguramente les gustaría ser @AndreJanonesMG.
Pero no es cierto. Las redes (y todo a lo que obligan) ya son condición necesaria, pero no suficiente para ganar unas elecciones. En los 10 millones extra de la segunda vuelta está la fuerza de Lula, las victorias en los debates, la reforma laboral, la prohibición de los casinos, la defensa de la soberanía, la educación y sanidad públicas... y millones de jóvenes que salieron a la calle a defender su democracia de los mafiosos Bolsonaro. La política no se reduce a las redes y la política de izquierdas aún menos." Juan Carlos Monedero

En la apertura video de Juan Carlos Monedero analiza el tema específico del desplazamiento hacia las redes de los efectos de la práctica política y Amado Boudou señala los fundamentos y efectos política y socialmente disruptivos del sostenimiento de los objetivos irrenunciables del Perón Vuelve y Cristina Libre.

Justicia de clase: impunidad para el poder, persecución para Cristina Kirchner

La secuencia analizada por Emilia Trabucco permite formular una hipótesis contundente: la disputa por el Estado no se libra solamente en las elecciones, el Congreso o la calle; también se desarrolla en los tribunales, donde se definen responsabilidades, se habilitan investigaciones y se condiciona la representación política.

Pero hay una cuestión estratégica adicional para el peronismo. La denuncia de la persecución judicial es necesaria, aunque insuficiente si queda encerrada en la defensa de sus dirigentes. Para convertirse en una bandera democrática mayoritaria, debe articularse con los problemas materiales de las clases populares: el salario, las jubilaciones, el endeudamiento, el empleo y la soberanía económica.

La defensa de Cristina y la defensa de la democracia no deberían aparecer separadas de la disputa por quién paga el ajuste y quién se beneficia de él. Allí reside la posibilidad de transformar una denuncia judicial en una confrontación política más amplia.

En definitiva, Cristina Libre es también una discusión sobre los límites de la democracia cuando la voluntad popular choca con estructuras de poder capaces de condicionar sus resultados. La cuestión no es solamente quién puede ser candidato, sino quién tiene capacidad efectiva para decidir el rumbo económico y social del país.

Dale la vuelta, dale la vuelta

La lección de Lula no es que una campaña digital exitosa pueda resolver cualquier crisis política. Es que una fuerza popular no puede dar por garantizada la transmisión de su identidad histórica entre generaciones.

En la Argentina, esto obliga a pensar la relación entre el peronismo, la juventud y las nuevas formas de circulación de la política sin reducir el problema a una cuestión de marketing. No alcanza con invocar a Perón, a Néstor Kirchner o a Cristina Kirchner si esa tradición no logra traducirse en una experiencia contemporánea reconocible para quienes padecen la precarización laboral y la pérdida de ingresos.

Tampoco alcanza con acumular reproducciones, seguidores o tendencias. La pregunta estratégica es qué organización y qué proyecto social quedan cuando desaparece la urgencia electoral.

La tecnología puede ampliar la voz de una fuerza política, pero no reemplaza su inserción social. El desafío consiste en conectar la comunicación inmediata con una organización capaz de sostener conflictos, construir solidaridad y ofrecer un horizonte material. De lo contrario, la viralización puede producir una victoria circunstancial sin resolver la debilidad política que la hizo necesaria.

Ese es el punto más fértil de la experiencia brasileña: no la sustitución de la política por las redes, sino la posibilidad de utilizar las redes para reconstruir vínculos entre una tradición popular, las nuevas generaciones y las condiciones concretas de la lucha social.

¡Gracias Néstor!

La figura de Néstor Kirchner no puede separarse de la de Cristina Fernández de Kirchner sin mutilar el sentido histórico del proceso político que ambos protagonizaron. Néstor inauguró una etapa de recuperación de la iniciativa estatal y de recomposición de las condiciones de vida de las mayorías populares; Cristina profundizó esa experiencia, amplió derechos y llevó más lejos la confrontación con los intereses económicos concentrados. No fueron dos liderazgos idénticos, sino dos momentos de un mismo ciclo político, atravesado por continuidades, tensiones y transformaciones.

Imitar el ejemplo de Néstor implica también defender a Cristina. Porque la disputa no es solamente por la memoria de un gobierno, sino por la vigencia de un proyecto de país que cuestionó la subordinación de la política a los mercados y modificó la distribución del ingreso. La persecución judicial y la proscripción política de Cristina no pueden leerse al margen de esa historia: expresan también una disputa por los límites de lo que las mayorías populares pueden elegir y por la posibilidad de que el peronismo vuelva a construir una alternativa al orden neoliberal.

Néstor y Cristina representan, en ese sentido, una experiencia política común, aunque no exenta de contradicciones. Evocar al primero mientras se acepta la exclusión de la segunda supone convertir una tradición de confrontación en una memoria inocua, tolerable para quienes fueron adversarios de aquel proceso. No hay reivindicación consecuente de Néstor si se renuncia a defender la participación política de Cristina.

Imitar el ejemplo, entonces, no significa repetir consignas ni refugiarse en la nostalgia. Significa recuperar la capacidad de intervenir sobre las relaciones de fuerza, identificar a los beneficiarios y perjudicados de cada política económica y reconstruir una fuerza social capaz de disputar el rumbo del país. La memoria de Néstor cobra actualidad cuando se convierte en acción política; la defensa de Cristina forma parte de esa disputa por la continuidad, el balance crítico y la renovación de aquel proyecto. Esperemos que las nuevas generaciones, a las que Cristina Kirchner llamó a tomar en sus manos el destino del país, imiten su ejemplo cerrando filas junto a ella, como siempre lo indicó Néstor Carlos Kirchner. ¡Gracias Néstor!

“Argentina Oil & Gas Expo 2026″: Empapadas en ginebra

En Honky Tonk Women, los Rolling Stones le ponen ritmo a un mundo de excesos, dinero y placeres. En la Argentina de Milei, la fiesta también existe, pero tiene invitados exclusivos: las grandes petroleras, las mineras y los grupos financieros que se benefician del RIGI, la deuda y la explotación de los recursos naturales. Para las mayorías populares, en cambio, la música es otra: salarios que no alcanzan, jubilaciones deterioradas y familias endeudadas para sobrevivir. Mientras unos disfrutan la fiesta de la renta extractiva, otros pagan la cuenta. El rock puede ser universal; los beneficios del modelo colonial, evidentemente, no.

Lula: The lunatic is on the grass (No se me ocurre nada que decir. Excepto que me parece maravilloso)

La derrota de la extrema derecha en Brasil a manos de Lula no solo le asegura al presidente brasileño un lugar definitivo en la historia de la democracia mundial, sino que también ofrece valiosas lecciones para los socialistas de todo el planeta. Frente a un mundo oscuro, dominado por las corporaciones tecnológicas (el "camino" y los algoritmos que la canción o la realidad intentan controlar), la victoria masiva y sorpresiva de Lula funciona como una suerte de desvío impredecible —una "locura" colectiva y esperanzadora para los descartados — que rompe con el supuesto orden preestablecido. Lula Lá.

Anteojeras

A pesar de la ratificación de los resultados por el Tribunal Superior Electoral (TSE), Flávio Bolsonaro anunció que pedirá la anulación de los comicios, tachando de ilegítima la prórroga del horario de votación y rehusándose a reconocer la derrota. Se calentó.

Miro a través tuyo

El problema teórico que plantea este escriti es más interesante que la disputa por la propiedad simbólica de los Beatles.

El capitalismo no produce solamente mercancías materiales: también organiza la circulación de la música, las imágenes, los deseos y las formas de identificación colectiva. La industria cultural puede transformar una expresión de rebeldía en un producto rentable, separar una obra de sus condiciones históricas de producción y convertir la disidencia en un estilo de consumo.

Pero ese proceso nunca es absoluto. La comercialización de una obra no elimina necesariamente sus significados críticos, del mismo modo que su origen obrero no garantiza una orientación socialista. La posición de clase de un artista, su compromiso político y el sentido social de su obra son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes.

Los Beatles fueron una mercancía extraordinariamente exitosa y, al mismo tiempo, participaron de una transformación cultural que cuestionó convenciones generacionales, sexuales y sociales. Ambas cosas pueden ser ciertas sin necesidad de resolver la contradicción mediante una apropiación ideológica.

La pregunta decisiva, entonces, no es si los Beatles pertenecen a la izquierda, sino qué hace la izquierda con la cultura popular: ¿se limita a reivindicar retrospectivamente los productos culturales que considera afines o construye las condiciones para que los trabajadores sean productores, protagonistas y organizadores de su propia cultura?

Desde esta perspectiva, la discusión remite a una cuestión gramsciana: la disputa por la hegemonía no se libra únicamente en las instituciones políticas y económicas. También se desarrolla en el terreno de la cultura, donde se forman el sentido común, las aspiraciones y las representaciones de lo posible.

La izquierda no necesita convertir a los Beatles en militantes socialistas póstumos. Necesita comprender por qué una música nacida en una ciudad obrera pudo convertirse en una experiencia colectiva mundial y qué contradicciones atravesaron ese proceso. Esa explicación es más productiva que una disputa por la propiedad ideológica de una banda.

La cultura popular no es automáticamente emancipadora ni necesariamente conservadora. Es un terreno de conflicto en el que el mercado puede apropiarse de la rebeldía, pero no siempre consigue clausurar sus significados. La tarea crítica consiste, precisamente, en estudiar esa contradicción sin confundir el éxito comercial con la emancipación ni la circulación mercantil con la desaparición de toda potencia crítica.

Francia: La estrategia de pudrición

El gobierno espera un nuevo día de movilización masiva el sábado 24 de octubre. Un mes después del inicio del movimiento de la escuela secundaria, las reivindicaciones contra la vida cara se han sumado a la ira de la juventud para convertirse en la base de un movimiento a gran escala. El candidato de La France insoumise (LFI) en las elecciones presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, reafirma a Sarah Benhaïda e Ilyes Ramdani de Mediapart su apoyo a la movilización y denuncia “el estancamiento” en el que Emmanuel Macron ha sumido al país.

María Antonia: Feminismo popular

Sobreviviente de la Masacre de Trelew y militante revolucionaria desaparecida durante la dictadura, María Antonia Berger representa una experiencia política que todavía interpela al presente.

Recordarla no significa convertir los años setenta en una leyenda, sino recuperar los conflictos de clase, las aspiraciones y las contradicciones de una generación que quiso transformar la sociedad argentina.

Italia: Pietre, petardi, bastoni

El 17 y 18 de octubre Italia se vio sacudida por una oleada de protestas en ciudades como Milán, Turín, Bolonia, Génova, Roma y Florencia, en una combinación de manifestaciones de las y los jovenes (como en Milan, donde la convocatoria partía de la red Movimiento 17 de octubre) hasta el bloqueo del aeropuerto de Génova protagonizados por trabajadores siderúrgicos o los bloqueos de puertos y autopistas por parte de transportistas y agricultores en Nápoles.

Una movilización a la que el Gobierno Meloni respondió con el endurecimiento de su política represiva. Publicamos a continuación el Editorial de la revista Manifesto y un articulo de Diroberto Rotunno publicado por Fatto Quotidiano

Finalmente, no es casualidad que la señal de alarma sea dada por estos jóvenes que la italianísmoa Giorgia Meloni había identificado desde el principio como una amenaza. Lo son, para su gobierno neoliberal y globalista, lo son.

Elecciones en Brasil: Gualicho de Ipanema

En su crónica desde Río de Janeiro, Esteban Schmidt registra una diferencia política que interpela directamente a la Argentina: mientras en Brasil la disputa electoral se expresa también en la calle, aquí la oposición parece atrapada entre las pantallas, la fragmentación de las protestas y la dificultad para construir una alternativa colectiva. Falopa digital entretenida.

Su observación abre una discusión que va más allá de la campaña brasileña. La calle no es solamente un escenario de protesta: es el espacio donde el malestar individual puede convertirse en experiencia compartida, identidad política y organización.

Pero movilizar no es suficiente. El desafío consiste en articular a trabajadores formales e informales, estudiantes, jubilados y sectores medios golpeados por el ajuste en un proyecto capaz de disputar el rumbo del país. Porque el rechazo a Milei no garantiza, por sí mismo, una alternativa política ni resuelve las diferencias de intereses que atraviesan a la oposición.

La pregunta, entonces, no es solamente quién gana la calle, sino qué fuerza social consigue organizarla, con qué programa y al servicio de qué intereses de clase.

Desde esa perspectiva, la crónica de Schmidt ofrece un punto de partida para pensar una cuestión decisiva: cómo transformar la resistencia dispersa en una voluntad política capaz de construir una alternativa de poder.

Al pié datos oficiales de la segunda ronda en la elección de Brsil a partir del las 19hs. En la apertura transmisión especial en vivo de NODAL y continúa Federico Montero explicando el triunfo de Lula.

Todo lo sólido se desvanece en el aire

El desgaste de Milei no garantiza una alternativa política, del mismo modo que la unidad del peronismo no asegura un proyecto de gobierno. La experiencia mexicana de AMLO y la ruptura con el PRI ofrecen una clave para pensar el dilema argentino: cuando las diferencias programáticas se subordinan al rechazo de un adversario común, la victoria electoral puede postergar, pero no resolver, las contradicciones. En la noche de Milei, todos los gatos son pardos; el problema comienza cuando amanece y hay que decidir quién paga los costos de la crisis y en beneficio de quién se gobierna. En el video de apertura, Amado Boudou acerca de la "Unidad" y el frente "Anti Milei".

La «Democracia casino»: El capital financiero apuesta por el poder

Las apuestas electorales convierten la disputa por el poder en un negocio financiero y comunicacional. Detrás de las cotizaciones digitales confluyen fondos de inversión, magnates tecnológicos y redes vinculadas a la derecha global. Ya no se trata solamente de anticipar quién ganará en las urnas, sino de quién tiene capacidad para producir expectativas, instalar ganadores y condicionar la percepción pública de la democracia.

Francia: la crisis del poder adquisitivo y el precio social de la austeridad

La tesis más potente de este trabajo de Michael Roberts es que la austeridad no constituye una respuesta neutral a la deuda pública: es una disputa por la distribución de los costos de la crisis. Cuando cae la rentabilidad del capital y se debilita la inversión productiva, los gobiernos pueden intentar recomponer las condiciones de acumulación mediante la contención salarial, la reducción de derechos sociales y la transferencia de recursos hacia otras prioridades estatales.

El problema es que esa estrategia puede profundizar la propia crisis: al reducir los ingresos populares y deteriorar los servicios públicos, restringe el consumo y agrava el malestar social. La crisis francesa muestra así el límite de una política económica que exige disciplina a los trabajadores mientras protege la confianza de los acreedores y los intereses del capital.

La disputa electoral de 2027 agrega otra contradicción. Roberts advierte que la extrema derecha de Marine Le Pen también propone un ajuste fiscal severo. Por eso, el conflicto no puede reducirse a una oposición entre globalismo y nacionalismo, ni entre élites y pueblo en abstracto: hay que examinar qué clases sociales se benefician de cada programa y quién termina pagando sus costos.

La pregunta central es esta: ¿quién debe financiar la salida de la crisis: los trabajadores mediante salarios, pensiones y servicios públicos deteriorados, o los sectores propietarios mediante una redistribución de la riqueza y de los recursos acumulados? En el video de apertura análisis múltiple en el stream "El viejo Topo" de la situación de crisis y alzamiento popular en diversos países de Europa y en el cierre, video on line sobre la protesta y represión en Francia.

Venezuela: el negocio privado detrás de la presión imperial de Trump

El eje de la investigación de Bruno Sgarzini es una contradicción central del orden político estadounidense: mientras Washington invoca la lucha contra la corrupción para disciplinar a gobiernos y dirigentes extranjeros, su propio sistema de lobby permite que empresarios contraten a operadores vinculados con funcionarios de alto nivel para obtener ventajas comerciales.

El artículo sostiene que, alrededor de Marco Rubio y de la política estadounidense hacia Venezuela, se habría configurado una trama de intermediación política, concesiones económicas y acceso privilegiado a recursos estratégicos. El caso involucra a empresas energéticas y mineras, firmas de lobby vinculadas a exfuncionarios y operaciones sobre petróleo, oro y aluminio.

La lectura de clase es decisiva: la presión geopolítica no aparece solamente como una disputa por la orientación política de Venezuela, sino también como un mecanismo para reorganizar la propiedad y el control de sus recursos naturales en favor del capital privado.

Según Sgarzini, Mercuria Energy y Heeney Capital pagaron 330.000 dólares a Continental Strategy, una firma de lobby fundada por Carlos Trujillo, exembajador estadounidense ante la OEA. Posteriormente, las empresas obtuvieron oportunidades comerciales vinculadas con materias primas venezolanas, aluminio y concesiones mineras. La secuencia plantea interrogantes sobre conflictos de intereses y acceso privilegiado, aunque la existencia de esos pagos y contratos no demuestra por sí sola la comisión de un delito de soborno.

La cuestión de fondo excede las conductas individuales: cuando la diplomacia, las sanciones económicas y las licencias comerciales se articulan con los intereses de corporaciones privadas, la política exterior puede funcionar como instrumento de acumulación de capital.

Venezuela aparece así como un territorio donde la presión de una potencia y las necesidades de inversión de un Estado en crisis pueden abrir oportunidades extraordinarias para determinados grupos empresarios. El resultado potencial es una transferencia de activos y rentas estratégicas hacia capitales privados, mientras la sociedad venezolana soporta los costos de la crisis y pierde capacidad de decisión sobre sus recursos.

La pregunta decisiva es quién se beneficia de la política de Washington y quién paga sus consecuencias. Detrás del discurso de la democracia, la seguridad y la lucha contra la corrupción, hay que examinar quién controla el petróleo, los minerales y las empresas estratégicas. Esa es la dimensión material del conflicto: no solo quién gobierna Venezuela, sino quién se apropia de la riqueza que produce.