Argentina, año 2024. La sensación cuando se mira en derredor es la de estar viviendo una ficción distópica. Nos metieron en una película futurista noir post apocalíptica en la que apenas se reconoce el paisaje urbano luego del caos nuclear. La sensación se denomina desrealización: las cosas parecen cambiadas. Son y no son. Algo no coincide. No se termina de reconocer el entorno supuestamente conocido como familiar. Eso en lo individual; en lo colectivo se vive como una especie de atontamiento —experiencia que cada día se escucha más, a medida que comienzan a retornar las palabras para narrarla, transitoriamente extraviadas—, y es muy posiblemente un efecto calculado, una condición necesaria para la aplicación del ajuste económico más brutal de la historia económica de Occidente.
De la aproximación de esta columna se desprenden una serie de conclusiones que en una apretada síntesis son: la imposición de la valorización financiera por parte de la dictadura militar implicó una modificación cualitativa de la restricción externa porque a partir de allí no está determinada por el saldo de la balanza comercial como ocurría en la segunda etapa de sustitución de importaciones y sostienen actualmente los neodesarrollistas, sino que a dicha variable se le agrega ahora la fuga de capitales locales al exterior como núcleo central de la misma que es menos -o nada- considerarada por el neodesarrollismo y a la que Milei considera sencillamente «heroica».
África se ha revalorizado como pieza geopolítica clave, con la irrupción de nuevos actores, como Rusia y China, la preocupación de Estados Unidos por la violencia yihadista y, sobre todo, el repliegue de una antigua potencia colonial como Francia, que ve naufragar política exterior con la que Emmanuel Macron apostaba a dejar atrás el neocolonialismo de la “Françafrique” sin perder su histórica influencia.