Se calla pudiendo decir algo que se decide no decir. Se calla por amor, por discreción, por temor, por asentimiento. Se elige callar. Enmudecimientos no se deciden, suceden. Se enmudece por mucho dolor, por mucha soledad, por mucha información, por mucha emoción. No se trata del adjetivo de la cantidad, sino del adjetivo de la intensidad. Dolores excesivos inmovilizan y endurecen. Vidas advertidas y protegidas, callan. Vidas anonadadas enmudecen ante la impudicia de la muerte y el hambre.
¿Se ha vuelto reaccionaria la juventud europea? No nos apresuremos a llegar a esta conclusión. Por ahora, lo único que podemos deducir de la revuelta populista de los jóvenes es reactivo. La corriente política dominante no ofrece respuestas satisfactorias a sus quejas. Las promesas de prosperidad inclusiva de la izquierda no resultan convincentes cuando se comparan con el costo social de la transición ecológica. Las promesas de centroderecha moderada son falsas. Una vida plena de logros profesionales y comodidad económica no son creíbles frente a un mercado laboral de empleo precario. Es el centro político, con sus respuestas fáciles e inverosímiles, lo que puede estar alimentando la legítima rabia de los jóvenes.
En las elecciones del 29 de mayo, el antiguo partido de Nelson Mandela ha sufrido un derrumbe electoral. Fuerza hegemónica tras la caída del apartheid, el CNA impulsa ahora un «gobierno de unidad nacional» ,un recurso retórico habitual recurrir a la «unidad nacional» cuando el hambre merodea (Milei lo va a usar próximamente). Esta vez en Sudáfrica será utilizado para conseguir la reelección de Cyril Ramaphosa y permanecer en el poder.