¿Qué es el imperialismo MAGA? El editor de Monthly Review, John Bellamy Foster, dice que, a pesar de sus fintas hacia el aislacionismo antiimperialista, la política exterior del presidente Donald Trump se ha fusionado en una forma «hipernacionalista» de populismo conservador que rechaza la adhesión de Estados Unidos al internacionalismo liberal después de la Segunda Guerra Mundial y promueve el dominio sobre otros países a través del poder militar en lugar de la globalización económica. Foster explica que esta «doctrina Trump se opone a los imperios multiétnicos y las naciones multiétnicas», que operan bajo una «definición racial de política exterior, con la noción de que Estados Unidos es un país blanco y otras etnias no pertenecen». Y aunque algunos análisis de la coalición de Trump ubican su base en la «clase trabajadora blanca», en realidad esta ideología está arraigada en la clase media baja, que posee más propiedades y se opone menos a la clase capitalista rica. «Si nos remontamos a la década de 1930, a Italia y Alemania, es el mismo electorado que impulsó el movimiento fascista, pero es el resultado de una alianza entre el gran capital… y la clase media baja.
El gobierno de Javier Milei asumió con una narrativa muy explícita de devolver confianza a los mercados, lo que suponía, entre otras cosas, adecuar incentivos para aumentar los flujos de inversión extranjera. En una economía atravesada por la restricción externa, la expectativa residía en disminuir el “riesgo político” (o “riesgo kuka”) consolidando a La Libertad Avanza en todo el país, para de esta manera generar un mejor “clima de negocios” y atraer capitales que fomenten el empleo privado y estimulen la actividad.
Sin embargo, luego de un año y medio de gestión, y con políticas públicas de fuerte incentivo al sector privado como el Régimen General de Grandes Inversiones (RIGI), esos flujos de inversión no terminan de consolidarse. A juzgar por las últimas informaciones publicadas, parecieran por el contrario estar huyendo de Argentina, dejando al Gobierno en evidente contradicción entre lo que pregona y lo que consigue.
El Peronismo sin Perón, fue una posibilidad que comenzó a barajarse después del golpe del 55, ondeando de derecha a izquierda, pero siempre marcado de cerca por Perón en el exilio, bendiciendo y condenando, y siempre preparando su regreso.
El primer intento de un neoperonismo fue el caso Bramuglia y la formación de Unión Popular, una figura destacada, considerado «el más eminente y talentoso ministro de la primera presidencia de Perón». Una experiencia que, siendo menos conocida, es sin embargo conceptualmente más contemporánea que el intento de Augusto Timoteo Vandor, cuyo neoperonismo tuvo epicentro gremial en la Unión Obrera Metalúrgica en los años 60, cuya centralidad y poderío hoy es incomparable.
Volviendo al caso Bramuglia, poco tiempo después del derrocamiento de Perón en septiembre de 1955, el partido Justicialista fue proscripto y su actividad declarada ilegal.
No obstante, la masa de seguidores del líder proscripto continuaba constituyendo un tesoro político y un capital electoral que atraía tanto a políticos como a dirigentes gremiales.
Diversas personalidades, que en uno u otro período formaron parte del bando peronista, abrigaban la esperanza de aprovechar el distanciamiento geográfico de Perón de la arena política argentina, impuesto por los nuevos gobernantes militares del país, para lanzar una carrera política propia e independiente.
Semejante pretensión era imposible mientras el carismático líder sujetara las riendas, pero parecía viable en la nueva coyuntura política.
A continuación, fragmentos del historiador Raanan Rein.