Nací en Israel hace 44 años, soy judío, y hace más de tres décadas vivo en la Argentina. Desde entonces visité varias veces el Estado de Israel, anduve por ciudades y pueblos árabes, conversé con los denominados árabes israelíes (palestinos que quedaron dentro de las fronteras israelíes luego de la guerra que siguió a la autoproclamación del Estado de Israel en 1948), crucé los check points y recorrí los territorios ocupados. En especial caminé Hebrón más de una vez —una de las ciudades palestinas con fuerte presencia militar y de colonos israelíes— y conversé con familias y jóvenes palestinos residentes ahí. No tuve la suerte de conocer Gaza. Para alguien con nacionalidad israelí es prácticamente imposible hacerlo desde hace 16 años.
En marzo pasado, Israel celebró su 75º aniversario como Estado. La revista The Economist comentó: “Hoy Israel es enormemente rico, más seguro que durante la mayor parte de su historia y democrático, claro está, si uno está dispuesto a excluir los territorios que ocupa ( ¡sic!) . Ha superado guerras, sequías y pobreza con pocos recursos naturales aparte del valor humano. Es un caso atípico en Medio Oriente, un centro de innovación y un ganador de la globalización”. Estas palabras ahora parecen una broma de mal gusto, dados los acontecimientos de las últimas semanas, o si miramos la historia real del Estado de Israel.
Hoy, ¿el trabajo dignifica? Un trabajo de mierda es un empleo que es tan innecesario que incluso la persona que lo está haciendo cree íntimamente que este empleo no debería existir. Y de estos empleos hay ahora más que nunca y si ocurre lo que no debiera, preparémosnos a la insignificancia ya como algo así como «rutina existencial».