La democracia hoy está siendo asediada desde su propia “institucionalidad”, por aquellos que fueron elegidos en su nombre y para defenderla: desde el propio gobierno. Ya no solo se trata de una democracia condicionada por los poderes económicos, mediáticos y judiciales, de adentro y de afuera. La dictadura del capital logra imponer leyes, decretos y resoluciones judiciales. Y también, que sus representantes nítidos e indisimulados lleguen a los máximos cargos de decisión.
No se puede negar la importancia de las causas reales del descontento que tiene que ver con la frustración generada respecto de los gobiernos precedentes de Macri y Alberto Fernandez. Sin esta realidad previa, los ingenieros del caos no hubieran tenido éxito. En todo caso, su merito es el de haber sido capaces de instrumentalizar antes que nadie los signos de la transformación en curso para pasar de los márgenes al centro del sistema.
«Pareciera ser que la carga de odio que atraen las mujeres con liderazgo y peso dentro de los sectores populares o los movimientos de trabajadores y trabajadoras, tiene una dosis extra. La violencia irracional que emanan tanto hombres como mujeres con un discurso de enojo y hartazgo, son la fiel representación de un odio de clase, de los sectores dominantes, de los grandes poderes económicos, eclesiásticos y militares. Tanto Evita como Cristina están llenas de contradicciones, pero incluso desde la incomodidad, se ganaron un lugar recuperando y haciendo propias políticas profundamente irreverentes contra el poder. Pero no las dejemos solas.» Laura Gotfryd, Marcos Mattos