Cuentan quienes vivieron los años bárbaros del tardofranquismo que los agentes que la Brigada Político-Social infiltraba en las clases de Gustavo Bueno en la Facultad de Filosofía, incapaces de entender si allí verdaderamente se gestaba una insurrección contra el régimen, tomaban nota en un cuaderno del número de veces que se citaba a Karl Marx o a Friedrich Engels, palito a palito. Supongo que la formación de batalla impartida por el siniestro Claudio Ramos no les permitiría identificar a Louis Althusser, Theodor Adorno o Max Horkheimer cuya mención les sonaría más parecida a la de Ferenc Puskás, Ladislao Kubala o Lev Yashin. Así que, con aquel recuento, cubrían el expediente y tiraban adelante como prueba de la naturaleza subversiva del materialismo filosófico.
Seis ruedas de acciones y bonos a la baja y el riesgo país que se escapa de los estándares internacionales para considerar a la Argentina “solvente”, fueron suficientes para que el presidente Javier Milei use una carta con una sola chance de que tenga el efecto deseado.
El fascismo no se caracteriza tanto por lo impide sino por lo que obliga a decir. Otra gran polémica se abre mientras el despojo y la represión atraviesan La Argentina, cuya unidad jurídica, política y económica esta por verse. Mientras la tupacamarización avanza, el mainstream siguen sacando conejos de la galera, ya muchos salen muertos, claro que si.