La frustración que provoca la crisis económica empuja a los ciudadanos hacia la política del odio y la destrucción que, en Argentina, encarna Javier Milei. Sin embargo, entre sus votantes, solo una porción lo elige por convicción con sus propuestas, mientras que otros sectores, que acumulan malestares, lo votan atraídos por una narrativa que ofrece culpables y perspectivas de salida.
La región necesita encontrar un nuevo lugar en una economía mundial que experimenta un proceso de desglobalización, donde las relaciones comerciales y los flujos de inversión pasan a verse condicionados y determinados por la geopolítica antes que por la maximización de las ganancias (y la reducción de costos).
Para muchos estas elecciones marcan el final de esa etapa abierta en 2003, que no se llamó “kirchnerismo” hasta que generó su “anti” en 2008, durante el enfrentamiento con el llamado “campo” (nombre vacío para el antipopulismo, que retorna siempre como encarnación de un falso republicanismo envuelto en banderas argentinas). Esa etapa ya era contexto consciente en Tierra de los padres (2011), que a pesar de su circular pesimismo no dejaba de albergar el optimismo de creer que ese resucitado pedido de sangre estaba mayormente confinado a los discursos. En 2022 (diez años después de su estreno, un año antes de esta nueva elección presidencial), tuvo lugar el intento de magnicidio contra Cristina Kirchner, que hizo evidente que los consensos democráticos en torno a la violencia política estaban rotos.