Era una típica tarde triste de invierno porteño. Se cerraba junio de 1983. Ese día hacía
frío y estaba nublado. En el centro de Buenos Aires la humedad pegajosa potenciaba el humo
de los caños de escape hasta el hastío. Todavía la dictadura militar estaba en el poder. Con la
complicidad del empresariado y la dirigencia política agrupada en la “Multipartidaria”, las
Fuerzas Armadas preparaban su retirada ordenada. Recién se levantaba la veda política. En
las universidades y en los colegios se volvían a organizar los centros de estudiantes, todavía
ilegales y clandestinos. Tres miembros del por entonces naciente Centro de Estudiantes del
ILSE (dos de 16 años y uno de 15) entrevistamos a Hebe de Bonafini, presidenta de las
Madres de Plaza de Mayo. Estos adolescentes se negaban a creer en el discurso pedagógico
oficial que en esos años escuchaban diariamente en las aulas (contra la “subversión” y el
“terrorismo”). Pero sospechaban que las Madres de Plaza de Mayo no los iban a atender. Se
equivocaron.
“Todos los argentinos nos merecemos un barco, todos soñamos con el timón de madera de roble lustrado haciendo la travesía Punta- Floripa, o vestidos de blanco con dos tremendas putas en la cubierta. Todos queremos lo mismo, y sólo cien tipos lo pueden tener. La puta que los parió a esos cien”. The Palermo Manifesto, 2008.
El trabajo moderno ha creado una epidemia de mala salud mental, y sin embargo cada caso es tratado como un problema individual. Solucionar esta crisis, que es creada y alimentada diariamente por el capitalismo potenciada en su fase neoliberal, exige cambios políticos profundos.