Asumir las transformaciones inexorables en el tipo de unidad histórica, política y social que se construyó para el lapso comprendido entre los años 2019-2023 sin perder la vocación de mayorías, es el gran desafío de la etapa actual para el peronismo kirchnerista, tarea compleja, sin duda, pero inevitable e históricamente recurrente.
Esta nota Casullo la escribió en la coyuntura de auge de los populismos regionales. Hoy en el aparente reflujo, lejos de perder actualidad, obliga a releerla para interpretar lo que nos pasa.
Existe un curioso progresismo conservador argentino, entre otras cosas antipopulista e instalado hoy precisamente en la derecha de una historia político intelectual del país, es hijo de nuestros años ’90, que no solo dieron corruptos peronistas o tarjetas banelco sino algo similar a eso pero también desplegado en el todo cultural. Fenómeno que aparece como síntoma profundo de las pérdidas de ideas sufridas en un largo y reciente período, que no solo angostó categóricamente la participación trabajadora en el producto bruto, sino que de manera concomitante elitizó y a la vez barbarizó la práctica política que hace referencia a lo popular: a la biografía y lucidez política del pueblo llano. Siempre con el corazón helado.
Hay un silencio que ya es atronador. Nada nuevo, siempre sucedió en el peronismo. Me acuerdo de los años setenta donde desde las tapas de «El Descamisado» se advertía :»Para el Consejo Superior Justicialista está prohibido ser peronista» . Y cito los setenta y aquella juventud, porque hay también un transvasamiento generacional que en el peronismo es doctrina y se impone más allá de la voluntad de los dirigentes tradicionales que siempre la resisten. Consecuentemente hay un tipo de unidad histórica que está de salida. Todo está en la superficie y cualquiera podría verlo sin esfuerzo. Pero el que domina, nomina y deja ver. O no. Nada es para siempre.