Las pasadas semanas en los medios de comunicación y en las redes sociales explotó el fenómeno de la investigación encabezada por la ONG Ocean Schmidt en lo que todos los países del mundo reconocen, conforme al derecho internacional, como la Plataforma Continental Argentina.
Su transmisión en YouTube tuvo picos inéditos de visualizaciones llevando a que en redes como “X/Twitter” se iniciara una pelea entre usuarios libertarios y opositores con acusaciones cruzadas. Por definición, a toda investigación científica le sigue una decisión política. Quizás el ejemplo más conocido -y extremo– llevado a los cines de todo el mundo fue el caso del Proyecto Manhattan liderado por Robert Oppenheimer. La decisión política posterior: bombardear Hiroshima y Nagasaki.
La independencia de los bancos centrales se multiplicó no porque fuera más eficiente para controlar la inflación o evitar colapsos financieros, sino porque encajaba con la teoría neoliberal de que la libertad de los mercados y las finanzas, sin el control gubernamental, era lo mejor para el capitalismo. Los llamados bancos centrales independientes son independientes solo de los parlamentos, las organizaciones sociales, de la gente de a pie. Obviamente están completamente dependientes de los bolsillos de los grupos financieros y de la oligarquía en general.
La intención de Israel de aniquilar Gaza habría quedado clara mucho antes si hubiéramos escuchado a los periodistas palestinos, en lugar de las evasivas y equívocos de la BBC. El oscurecimiento del genocidio de Gaza, y de la colusión occidental en él, proporciona una instantánea en alta definición de las agendas racistas y coloniales que dominan lo que llamamos «noticias».