Cuando cogobierna el Fondo el camino a una crisis social e institucional profunda está abierto. En su recorrido aparecen propuestas esotéricas, síntomas . La dolarización es una que, previo a la mega crisis de 2001, también tuvo sus diez minutos de gloria a través del CEMA y Jorge Ávila como emisores. Hoy le toca a Milei, pero no es el peluca el problema, la maldición es el FMI. Nos gobierna el ajuste.
Asumir las transformaciones inexorables en el tipo de unidad histórica, política y social que se construyó para el lapso comprendido entre los años 2019-2023 sin perder la vocación de mayorías, es el gran desafío de la etapa actual para el peronismo kirchnerista, tarea compleja, sin duda, pero inevitable e históricamente recurrente.
Esta nota Casullo la escribió en la coyuntura de auge de los populismos regionales. Hoy en el aparente reflujo, lejos de perder actualidad, obliga a releerla para interpretar lo que nos pasa.
Existe un curioso progresismo conservador argentino, entre otras cosas antipopulista e instalado hoy precisamente en la derecha de una historia político intelectual del país, es hijo de nuestros años ’90, que no solo dieron corruptos peronistas o tarjetas banelco sino algo similar a eso pero también desplegado en el todo cultural. Fenómeno que aparece como síntoma profundo de las pérdidas de ideas sufridas en un largo y reciente período, que no solo angostó categóricamente la participación trabajadora en el producto bruto, sino que de manera concomitante elitizó y a la vez barbarizó la práctica política que hace referencia a lo popular: a la biografía y lucidez política del pueblo llano. Siempre con el corazón helado.