El fracaso de las negociaciones para un tratado global contra la contaminación por plásticos ha sido un fracaso significativo para el multilateralismo y la diplomacia. A pesar de la creciente presión mundial para limitar la producción de plástico, los países no lograron un consenso que estableciera metas y compromisos para frenar la contaminación plástica global. La cumbre de 180 países en Ginebra para sentar las bases de un tratado internacional vinculante que regule todo el ciclo de vida del plástico, letal para el planeta y la salud humana, fracasaron al cabo de dos años y medio y seis rondas de negociaciones, básicamente por la resistencia de países productores de petróleo.
Norma Plá es un fantasma irredento. Su susurro pulula en calles y plazas y lo hace cada vez con más fuerza en las movilizaciones contra el proyecto político de La Libertad Avanza.
Norma Plá oprime como un mal sueño las espaldas de las clases dominantes y lo hace en cada espacio feminista que proclame que unir las luchas es la tarea.
Cada vez que un centro de estudiantes reúne jóvenes que se proponen defender su educación con uñas y dientes.
Y sobre todo, en cada uno de los miércoles donde los jubilados, pese a los palos y los gases lanzados como balaceras, sostienen la movilización en defensa de lo suyo. Ayer contra el peronista Menem, contra el radical De la Rúa y hoy contra el libertario Milei. Esos miércoles en los que se reclama, desde hace 33 años, el derecho a una vejez digna.
Las pasadas semanas en los medios de comunicación y en las redes sociales explotó el fenómeno de la investigación encabezada por la ONG Ocean Schmidt en lo que todos los países del mundo reconocen, conforme al derecho internacional, como la Plataforma Continental Argentina.
Su transmisión en YouTube tuvo picos inéditos de visualizaciones llevando a que en redes como “X/Twitter” se iniciara una pelea entre usuarios libertarios y opositores con acusaciones cruzadas. Por definición, a toda investigación científica le sigue una decisión política. Quizás el ejemplo más conocido -y extremo– llevado a los cines de todo el mundo fue el caso del Proyecto Manhattan liderado por Robert Oppenheimer. La decisión política posterior: bombardear Hiroshima y Nagasaki.