La democracia hoy está siendo asediada desde su propia “institucionalidad”, por aquellos que fueron elegidos en su nombre y para defenderla: desde el propio gobierno. Ya no solo se trata de una democracia condicionada por los poderes económicos, mediáticos y judiciales, de adentro y de afuera. La dictadura del capital logra imponer leyes, decretos y resoluciones judiciales. Y también, que sus representantes nítidos e indisimulados lleguen a los máximos cargos de decisión.