Palantir y Dataminr, una ‘startup’ con estrechos vínculos con X, controlan el nuevo complejo militar estadounidense en Israel. Están ansiosas por acumular datos y perfeccionar nuevas tecnologías en condiciones reales
Hay momentos en los que la geografía deja de ser un dato y se convierte en un problema político. La Argentina está entrando en uno de esos momentos. Y Tierra del Fuego, lejos de ser un rincón periférico, aparece en el centro de una disputa global que combina poder militar, recursos estratégicos y un nuevo imperialismo sin disfraces. Quienes habitamos esta tierra, quienes luchamos por una Provincia Grande, nunca nos consideramos periferia, sino todo lo contrario.
Donald Trump no es solo un dirigente autoritario y un exabrupto de la política estadounidense. Es la expresión más cruda de una potencia que entra en declive y decide responder no con cooperación, sino con fuerza. Sus declaraciones sobre Groenlandia, planteando directamente la anexión por razones de “seguridad nacional” no fueron un error ni una provocación aislada. Fueron una definición política.
En medio de toda la fanfarronería y amenazas sobre Groenlandia en su discurso de Davos, el presidente estadounidense Trump hizo una serie de jactancias sobre el éxito de la economía estadounidense, que, por supuesto, se debió a él. «El crecimiento está explotando, la productividad se dispara, la inversión se dispara, los ingresos están subiendo y la inflación ha sido derrotada», dijo a la reunión de la élite política y financiera mundial. «Somos el país más caliente del mundo.» (Y no se refería al calentamiento global.)