La realidad del capitalismo moderno es la inestabilidad permanente pero sin perspectiva de una crisis que le ponga fin al sistema. Una vez que un país acepta la camisa, sus alternativas políticas se reducen a Pepsi o Coca, a ligeros matices de gusto, ligeros matices políticos, ligeras modificaciones de diseño que pretenden tener en cuenta las tradiciones locales, a relajar un poco tal o cual punto, sin nunca desviarse mucho del núcleo de las reglas de oro.