El debate sobre si la economía actual representa un neofeudalismo (o tecnofeudalismo) impulsado por gigantes tecnológicos o la evolución hacia el hipercapitalismo se centra en cómo las grandes corporaciones obtienen sus ganancias. Quienes argumentan que vivimos en un neofeudalismo (como Yanis Varoufakis) sostienen que el capitalismo tradicional ha muerto. Señalan que las plataformas digitales actúan como «señores feudales» que cobran rentas o peajes por el uso de sus ecosistemas, mientras que los usuarios generan valor simplemente existiendo y navegando en ellos. En contraposición, académicos marxistas y teóricos de la economía política sostienen que calificarlo de feudalismo es un error. Desde esta perspectiva, la economía moderna sigue basándose en la maximización de ganancias, la extracción de plusvalía y la explotación capitalista clásica. Las llamadas «rentas» tecnológicas son simplemente nuevas estrategias de acumulación y monopolio dentro del hipercapitalismo
La «trampa de Tucídides» es una teoría geopolítica, popularizada por el politólogo Graham Allison, que postula que cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia hegemónica establecida, el choque violento suele ser la norma. En el contexto del declive del imperialismo estadounidense, describe el temor de Washington ante el ascenso de China.
El artículo de Enrique Carpintero en Topía sostiene que la inteligencia artificial no es neutral, sino una herramienta del tecnocapitalismo que concentra poder, mercantiliza la subjetividad y profundiza la precarización laboral.
Desde una perspectiva marxista y psicoanalítica, plantea que la llamada “IA” no posee inteligencia propia: funciona sobre conocimiento social producido colectivamente y apropiado por grandes corporaciones tecnológicas. El riesgo principal no sería que las máquinas se humanicen, sino que los humanos adopten una lógica maquínica basada en eficiencia, control y cuantificación permanente.
El autor defiende la “singularidad de lo vivo”: cuerpo, deseo, vínculos, conflicto y experiencia humana irreductibles a algoritmos. La disputa central sobre la IA sería política y de clase: quién controla la tecnología y para qué fines sociales se utiliza.