A lo oscuro por lo más oscuro …

A lo oscuro por lo más oscuro …

Los años 1955 y 2026 se tocan. Cuando se excluye a un liderazgo nacional estructurante con condena, atentado y falsas consignas mediáticas, el sistema no se estabiliza: se fragmenta. El resultado son gobiernos débiles, dependientes del FMI y una sociedad que paga el ajuste con 46% de informalidad y deuda para comer. En este contexto de fragilidad cualquier cosa puede suceder, menos una: Estabilizar el desastre socioeconómico que, como objetivo central, diseñó paso a paso el gobierno nacional. Horacio Rovelli en la apertura, analiza el rumbo del modelo actual una vez más, pero en su tramo final ya con el tiempo jugando en su contra y el ocaso acelerándose notablemente.

agosto 19, 2026
Cuando la deuda estalla, el estado rescata al sistema financiero

Cuando la deuda estalla, el estado rescata al sistema financiero

La refinanciación de las deudas familiares impulsada por el Gobierno porteño, con el Banco Ciudad y otras entidades financieras, se presenta como una respuesta al sobreendeudamiento de los hogares. Pero detrás del alivio a las familias aparece otra función decisiva: evitar que el crecimiento de la morosidad se transforme en un problema para el sistema financiero. La deuda no desaparece: se reestructura, se prolonga y se administra. El Estado interviene así en una contradicción cada vez más visible: salarios que no alcanzan, hogares que recurren al crédito para sostener su reproducción cotidiana y bancos que necesitan que esa deuda siga siendo pagable.

agosto 18, 2026
USA: La derecha retrocede, pero el malestar sigue sin representación

USA: La derecha retrocede, pero el malestar sigue sin representación

El artículo de Jacobin de Jared Abbott y Joan C. Williams es particularmente interesante porque permite leer la crisis de la coalición de Trump no como un simple problema electoral, sino como un fenómeno de realineamiento de clase y ausencia de representación.

El dato central es contundente: entre los votantes que llevaron a Trump a la victoria en 2024, quienes hoy dudan de volver a votar republicano pasaron del 20% en febrero al 23% en abril y a más del 25% en julio de 2026. Entre quienes ganan menos de US$50.000, la proporción llega al 32%, frente al 18% entre quienes ganan más de US$100.000.

Pero hay algo todavía más importante: la pérdida de Trump no se transforma automáticamente en recuperación demócrata. Menos de uno de cada cinco de esos votantes fluctuantes dice que votaría demócrata en 2028; el 56% permanece indeciso, el 22% optaría por un independiente o un tercer partido y el 5% directamente no votaría. Es decir, los demócratas recuperaron menos del 5% de los votantes que Trump obtuvo en 2024.

Aquí aparece, a mi juicio, la cuestión de fondo.

La lectura convencional diría: Trump está perdiendo trabajadores porque su gobierno no cumple sus promesas. Pero el artículo muestra algo más profundo: una parte creciente de la clase trabajadora está abandonando la identificación partidaria sin encontrar todavía una representación política alternativa.

Y esto tiene una enorme importancia desde una perspectiva de clase. La crisis no es solamente de Trump; es también una crisis de representación política de las clases subalternas.

Los propios encuestados explican por qué no saltan hacia los demócratas. El 37% de las respuestas negativas sobre el Partido Demócrata se relacionan con corrupción, intereses propios y enriquecimiento de sus dirigentes; otro 12% con debilidad e incapacidad para actuar, y alrededor del 10% con la percepción de que el partido ya no conoce ni representa la vida cotidiana de los sectores populares. En conjunto, estos tres elementos explican alrededor del 60% de las opiniones negativas.

Esto es especialmente significativo porque desmonta una explicación muy difundida: el problema de los demócratas no es principalmente que los trabajadores los consideren «demasiado izquierdistas». Las cuestiones vinculadas al llamado wokeness representan una proporción bastante menor de las críticas. El problema central es otro: no creen que los demócratas estén de su lado.

Ahí está probablemente la clave política del fenómeno.

Trump consiguió construir una coalición interclasista de derecha utilizando demandas materiales reales —inflación, salarios, costo de vida, inmigración— y combinándolas con una política cultural y nacionalista. Pero esa coalición tenía una contradicción estructural: la base popular y trabajadora de Trump no pertenece necesariamente a la misma clase cuyos intereses económicos expresa el núcleo de poder que rodea al presidente.

Por eso resulta tan reveladora la observación de los autores sobre el círculo de multimillonarios de Trump. La cuestión no consiste simplemente en denunciar la riqueza de sus dirigentes, sino en mostrar la contradicción entre un discurso político dirigido a trabajadores y una estructura de poder profundamente ligada al capital concentrado.

Y aquí podemos hacer una lectura todavía más amplia: la derecha populista puede capturar el malestar de clase sin resolver la contradicción de clase que lo produce.

Ese mecanismo no es exclusivamente estadounidense. Es uno de los grandes problemas políticos contemporáneos: cuando las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora dejan de ser percibidas como instrumentos efectivos de representación, el descontento social queda disponible para fuerzas que pueden desplazar el conflicto desde el terreno económico hacia el cultural, nacional, racial o moral.

La consecuencia es paradójica: trabajadores enfrentados a problemas semejantes pueden terminar votando políticamente en sentidos opuestos porque la experiencia de clase deja de traducirse automáticamente en conciencia y representación de clase.

Por eso el dato más importante del artículo quizá no sea que Trump esté perdiendo trabajadores. Es que esos trabajadores todavía no encontraron quién los represente.

Y esa diferencia es fundamental.

Trump puede perderlos sin que los demócratas los ganen. Pueden pasar a un tercer partido. Pueden abstenerse. Pueden permanecer indecisos. Incluso pueden volver a votar republicano como «mal menor». En otras palabras, la crisis de la hegemonía trumpista no equivale todavía a una nueva hegemonía popular.

Desde esta perspectiva, 2026 no muestra simplemente el comienzo del derrumbe de Trump. Muestra algo más interesante: la apertura de una disputa por la representación política de la clase trabajadora estadounidense.

Y allí está la verdadera pregunta estratégica para la oposición : ¿quién consigue convertir el malestar económico en organización polítca con Cristina Kirchner proscripta antes de que ese malestar vuelva a ser canalizado por la derecha?

Ese interrogante excede ampliamente a Estados Unidos. También permite pensar, por analogía, algunas de las dificultades actuales de las fuerzas populares en Argentina.

agosto 18, 2026