Tucker Carlson lleva una década en el meollo de la conversación política y de los medios conservadores en Estados Unidos. Pocas figuras de los medios de comunicación se identifican más con la era Trump. Su popularísimo programa en Fox News comenzó justo después de las elecciones de 2016 y, a pesar de ser despedido por esa cadena en 2023, Carlson ha seguido siendo un elemento fijo del mundo Trump: lanzó su propia cadena, impulsó a Donald Trump en su pódcast y en los mítines de campaña, ocupó el palco de Trump durante la Convención Nacional Republicana y asistió a su toma de posesión.
Luego, en febrero, el presidente Trump llamó a atacar Irán junto con Israel, una decisión a la que Carlson se opone totalmente. Ahora dice que se arrepiente de haber apoyado a Trump y se ha convertido en un influyente y clamoroso crítico de la gestión en su programa. También culpa a Israel de convertir a Trump en un “esclavo” al —como él lo caracteriza— empujar al presidente a la guerra. Debido a este enfoque en Israel, y a su muy sonada entrevista al influente nacionalista blanco Nick Fuentes, los críticos le han acusado de antisemitismo.
Para entender esta ruptura con el presidente y otras cosas más, viajé a Maine para encontrarme con Carlson, y volvimos a comunicarnos unos días después. Sostuvimos una amplia conversación sobre sus opiniones sobre la guerra, su episodio de Fuentes, su amistad con el vicepresidente JD Vance y, lo que es más subrepticio, sobre si cree que Trump es el Anticristo, algo sobre lo que ha estado reflexionando en su programa.
En Anatomía de un sistema de IA, Kate Crawford y Vladan Joler hacen un mapa material y político de la inteligencia artificial, mostrando cómo cada etapa —desde la extracción de minerales hasta el entrenamiento de modelos y el trabajo de moderación de contenidos— se sostiene en la apropiación del excedente de valor. Siguiendo a Marx, señalan que el capital no se limita a automatizar, sino que busca abaratar la fuerza de trabajo desplazando empleos de alta remuneración y sustituyéndolos por una combinación de:
Automatización técnica: algoritmos y máquinas que reemplazan tareas cognitivas o rutinarias.
Externalización global: mano de obra barata en países periféricos, encargada de tareas invisibles como etiquetar datos, moderar contenidos o ensamblar hardware.
El resultado es una cadena global de explotación donde el beneficio del capital proviene de la diferencia entre el costo laboral y el valor generado. La IA capitalista se convierte así en un dispositivo de reorganización del trabajo: no elimina la explotación, la redistribuye y la intensifica en nuevas geografías.
💡 Una forma de pensarlo es como un “espejo roto”: en el centro del sistema se exhibe la promesa de innovación y eficiencia, pero cada fragmento refleja un tipo distinto de precarización —desde el minero del Congo hasta el programador desplazado en Silicon Valley.
En esta artículo Michael Roberts analiza algunos libros recientes de economía publicados por diversos autores, tanto marxistas como no marxistas. En el comienzo que es el final una cita de James O’Toole, como en su momento lo hizo Mark Fisher sugiere lo inimaginable y esperemos no se suicide por disentir con Alberto Benegas Lynch (h) : «Los humanos modernos llevamos unos 300 000 años en la Tierra. La sociedad de clases tiene unos pocos miles de años y el capitalismo solo unos cuantos cientos. No hay nada natural en este sistema. En esos pocos cientos de años, el capitalismo nos ha llevado a un punto en el que la codicia empresarial podría llegar a destruir los cimientos naturales de cualquier orden social avanzado. El tiempo corre. Este sistema no es natural. Podemos vivir de otras maneras. Nosotros, los trabajadores y trabajadoras, creamos este sistema. Está en nuestras manos. Los trabajadores y trabajadoras tenemos que tomar el control». En fin, como lo señala Esteban Schmidt «gente a favor de estar en contra».