En medio de un severo ajuste económico, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) atraviesa una crisis marcada por despidos masivos y reducción de presupuesto. Más de 60 trabajadores fueron cesanteados en junio de 2026, en un clima de tensión que incluyó presencia policial en la sede central. La medida, impulsada por el gobierno de Javier Milei, es interpretada como un desmantelamiento institucional que pone en riesgo la seguridad de las centrales y la continuidad de proyectos estratégicos.
Mientras tanto, experiencias como el reactor RA-4 de Rosario —administrado por la Universidad Nacional de esa ciudad— muestran el potencial educativo y científico de la energía nuclear. Allí se forman ingenieros y científicos, se producen materiales radioactivos y se desarrollan aplicaciones que van desde la medicina hasta la industria naval, pasando por la descontaminación de obras de arte.
El debate sobre la viabilidad de la energía nuclear se intensifica. Sus defensores destacan que no emite gases de efecto invernadero y garantiza producción constante. Sus críticos, como el especialista Pablo Bertinat, advierten sobre los altos costos de seguridad, la dependencia de un recurso limitado como el uranio y la posibilidad de reemplazar su aporte —apenas un 7 a 8% de la matriz energética nacional— con fuentes renovables más limpias y baratas.
La paradoja es evidente: mientras se impulsa un nuevo reactor en Ezeiza, se recortan fondos y se despide personal altamente capacitado en otros centros. El futuro de la energía nuclear en Argentina aparece así atravesado por contradicciones: entre su valor estratégico y científico, y la fragilidad que impone el ajuste económico.
El artículo de Jacobin, «The Case Against Centrism» (julio de 2026), parte de una pregunta estratégica para la izquierda estadounidense y más allá ¿puede -en este caso- el Partido Demócrata derrotar en -nuevamente este caso- al trumpismo desplazándose hacia el centro o, por el contrario, necesita profundizar un programa de transformación social? El autor responde que el centrismo no sólo ha fracasado electoralmente sino que ha debilitado la capacidad de construir una mayoría popular duradera.
El texto sostiene cinco ideas principales para la izquierda estadounidense, que están también en el debate de la oposición popular democrática en La Argentina:
El centrismo no garantiza victorias electorales. La experiencia reciente del Partido Demócrata demostraría que moderar el programa para conquistar al votante medio no impidió el regreso de Donald Trump ni frenó el avance de la derecha.
La izquierda gana cuando organiza. El crecimiento de candidatos identificados con el socialismo democrático no sería producto de campañas digitales o fenómenos culturales, sino del trabajo territorial, la militancia voluntaria y la organización comunitaria.
El pragmatismo tiene límites. El artículo cuestiona la idea de que gobernar consiste únicamente en administrar lo existente. Afirma que aceptar de antemano las restricciones impuestas por el mercado termina reduciendo cualquier proyecto reformista a una gestión tecnocrática.
La desigualdad exige respuestas estructurales. Frente al aumento de la concentración de la riqueza, la precarización laboral y la crisis habitacional, el autor sostiene que sólo reformas de gran alcance —fortalecimiento sindical, ampliación de derechos sociales, política industrial y mayor intervención pública— pueden reconstruir la base social de una mayoría progresista.
El socialismo democrático aparece como alternativa. El texto presenta al socialismo democrático no como una ruptura inmediata con el capitalismo sino como una estrategia para redistribuir poder económico y político mediante mecanismos plenamente democráticos.
Más allá de la discusión electoral, el artículo puede interpretarse como una crítica a la lógica de acumulación del capitalismo contemporáneo. Su tesis implícita es que el centrismo administra los efectos sociales del neoliberalismo, mientras que una izquierda democrática debería modificar las relaciones de poder entre capital y trabajo.
Desde esa perspectiva, el problema no sería únicamente Donald Trump, sino la incapacidad del centrismo para ofrecer mejoras materiales sostenidas a las mayorías populares. Esa frustración social habría creado las condiciones para el avance del populismo de derecha, Trump en USA, Milei en La Argentina.
El texto de Jacobin concluye que la principal disyuntiva para la izquierda estadounidense no es entre radicalismo y moderación, sino entre administrar un modelo económico que produce desigualdad o construir una alternativa capaz de redistribuir riqueza y poder. La apuesta estratégica consiste en combinar un programa económico de transformación con una intensa organización política de base, rechazando la idea de que el centro político sea, por definición, el camino más eficaz para ganar elecciones. Una discusión muy pertinente también en La Argentina, obviamente con otros actores.
Durante el Mundial de 2026, la selección argentina volvió a quedar en el centro de una discusión que excede el fútbol. Las redes sociales y numerosos medios extranjeros instalaron la idea de una «Argentina blanca» a partir de la composición del plantel campeón, reabriendo un debate sobre la identidad nacional y el peso de un relato construido desde fines del siglo XIX.
El artículo publicado por Sin Permiso sostiene que esa imagen responde menos a una realidad histórica que a un proyecto político impulsado por las élites liberales de la llamada Generación del ’80. Bajo el ideal de «civilizar» el país mediante la inmigración europea, el Estado promovió un relato nacional que invisibilizó deliberadamente a los pueblos originarios, a la población afroargentina y a las múltiples formas de mestizaje que atravesaron la historia del país.
Desde esa perspectiva, la escasa diversidad étnica visible en la selección nacional no constituye una prueba de una Argentina homogéneamente blanca, sino la expresión de procesos históricos, sociales y regionales mucho más complejos. El texto cuestiona además la tendencia a interpretar la realidad argentina mediante categorías raciales propias de Estados Unidos, donde la clasificación étnica tiene un desarrollo institucional muy distinto.
La crítica apunta también al sentido político del mito de la «Argentina europea». Durante más de un siglo esa narrativa sirvió para legitimar un modelo de nación que identificó el progreso con Europa y relegó a un lugar marginal a quienes no encajaban en ese ideal. Los censos, la escuela y buena parte de la historiografía oficial contribuyeron a consolidar esa representación, cuyos efectos culturales aún perduran.
En ese marco, la polémica mundialista funciona como una oportunidad para revisar una identidad nacional construida sobre numerosas omisiones. Más que una anomalía explicada por la composición de un equipo de fútbol, el debate revela las limitaciones de un relato que durante décadas negó la diversidad constitutiva de la sociedad argentina y cuya persistencia continúa alimentando simplificaciones tanto dentro como fuera del país.