En las últimas semanas, el inesperado anuncio de la ex diputada laborista Zarah Sultana de un nuevo partido a la izquierda del Laborismo fue recibido con exultación por millones de personas en toda Gran Bretaña, desesperadas por apoyar una fuerza política que se oponga al apoyo de Keir Starmer al genocidio y la austeridad. Al momento de escribir este artículo, más de 650.000 personas se han inscrito para potencialmente afiliarse al partido. Y más allá de la opinión mediática, generalmente poco perceptiva, el anuncio también ha generado un florecimiento de debates en una izquierda británica muy consciente de su obligada ausencia del debate político general desde 2022.
En Octubre el electorado argentino votará en elecciones nacionales. A partir de la cercanía con los comicios, la pregunta por la baja participación va encontrando a las organizaciones y representantes políticos convocando a emitir su voto. En la Ciudad de Buenos Aires, las elecciones legislativas del pasado 18 de mayo dejaron una postal inquietante: En la Comuna 1 —donde se encuentra el barrio popular de la Villa 31— la participación apenas superó el 37 %; en la Comuna 8 —que abarca otros barrios obreros del sur como Villa Lugano y Soldati— fue del 40,1 %. En barrios más adinerados del norte, como Palermo, en cambio, los niveles de votación superaron el 68 %.». La participación política parece ensanchar sus distancias al ritmo de la desigualdad.
Los países tenían tres opciones a la hora de sentarse a negociar con Donald Trump: ignorar sus amenazas, tomar represalias o capitular. La mayoría, excepto China, México o Canadá, optaron por distintas versiones de la última, según el analista financiero Alan Beattie. En su opinión, esta conducta se basó en “aguantar la presión de Trump, conseguir el arancel base más bajo posible, ofrecerle concesiones atractivas pero de bajo impacto, destacar la importancia del acuerdo para su propio beneficio y esperar que siga adelante” con otro país.