En 2021, Guglielmo Carchedi y yo publicamos un artículo en Materialismo histórico llamado La economía del imperialismo moderno. El documento se centró exclusivamente en los aspectos económicos del imperialismo. Lo definimos como la apropiación neta persistente y de largo plazo de plusvalía por parte de los países capitalistas avanzados de alta tecnología transferida desde los países dominados por baja tecnología. Identificamos cuatro canales por los cuales fluye la plusvalía hacia los países imperialistas: señoreaje monetario; flujos de ingresos provenientes de inversiones de capital; intercambio desigual (UE) a través del comercio; y cambios en los tipos de cambio.
Supongamos que se dicte una ley para promover los asesinatos con armas de fuego. Imaginemos que un fumador empedernido gusta de hacer acopio de nafta en su casa. Elucubremos que el presidente de una cooperativa ganadera decide cambiarle su objeto social para que funcione ahora como un casino. Según la Corte Suprema de la Nación Argentina, ningún ciudadano tendrá caso o controversia que lo habilite a ir ante la Justicia, hasta que no le descerrajen un tiro en la frente. Ningún vecino del tabaquista tendrá caso o controversia para solicitar auxilio en tribunales, hasta que no vuele el edificio donde vive. Ningún cooperativista tendrá caso o controversia para quejarse ante un Juez, hasta que no le rematen la cooperativa porque Jacobo Winograd hizo saltar la banca.
El capitalismo presenta un gran número de defectos, pero la tasa de ganancia, los beneficios y el modelo de crecimiento indiscriminado quizás sean el mayor impedimento para la transición energética. No es que esta no pueda llevarse a cabo a largo plazo; el problema radica en que no es posible realizarla con esta escala de producción debido a la escasez física de los materiales. Tal vez con una escala menor, más equitativa, con necesidades más racionales y con una menor disparidad, podría ser posible.