Un informe de TN encendió todas las alarmas: $4.000 millones destinados a combatir el consumo problemático habrían sido desviados desde la APRECOD hacia organizaciones evangélicas sin antecedentes y alineadas políticamente con el gobernador Maximiliano Pullaro y con Milei. El entramado involucra asociaciones creadas hace meses, convenios millonarios sin controles y vínculos directos con el partido UNO, el brazo evangélico del oficialismo provincial de gran inserción en los barrios populares, cuya ideología sionista es evidente y tan obvia, que como todo lo evidente, se oculta. En fin, notable capítulo de «la batalla cultural» bastante poco analizado, claro: «El método es la economía, el objetivo es el alma» señalaba Thatcher en los 80. Y allá van ellos…
La fractura entre el sionismo secular y religioso opone a dos generaciones de colonos que desgarra a la sociedad israelí. Ese choque puede derivar en la implosión del Estado. El declive del sionismo es visible en el plano internacional y las acusaciones de antisemitismo pierden credibilidad. Intentan consumar un proyecto colonial fuera de época, en un marco de guerra permanente, que incentiva la deshumanización y fascistización del país. La división de la elite gobernante contrasta con la cohesión del pasado, mientras flaquea el reclutamiento y la inmigración. Una Intifada Global de movilizaciones callejeras empuja al país al mismo status de Paria, que detonó el fin del Apartheid. La nueva generación batalla contra la ultraderecha con la bandera de Palestina.
En los últimos cincuenta años, para tomar un período acotado, las escenas que propician la vida colonial tienen libretistas y actores: el argumento lo inspira el poder económico local e internacional y sus actores han sido y son: la dictadura establishment-militar, Menem, Macri y Milei, continuadores de los Rivadavia, Carlos María de Alvear, Manuel José García, integrantes de una nutrida lista del siglo XIX.