Tras una primera vuelta electoral deslucida, donde el candidato oficialista Iván Cepeda intentó atenuar, opacando, la polarización que intrudujo el Pacto Histórico con el gobierno de Petro, (en La Argentina hay antecedentes de este fenómeno de opacamiento en el año 2015), la segunda ronda sin embargo se asumió como estructural la polarización y los resultados para la izquierda fueron, aún derrotada, muy promisorios. El análisis que sigue se aparta de las interpretaciones que presentan la elección como un «rechazo definitivo» al gobierno de Petro. En cambio, propone entenderla como una alternancia dentro de un sistema bipolaremergente, donde la izquierda ya no es una fuerza testimonial sino un competidor permanente por el poder.
Desde una perspectiva comparada latinoamericana, el caso colombiano muestra una dinámica semejante a la observada en otros países de la región: gobiernos que alternan con diferencias electorales muy reducidas, alta polarización ideológica y electorados prácticamente divididos por mitades.
En ese sentido, la principal conclusión no es que la derecha haya construido una mayoría sólida, sino que ningún bloque consiguió transformarse en mayoría hegemónica. El nuevo gobierno comienza con legitimidad electoral, pero también con una oposición extraordinariamente fuerte, mientras que el progresismo pierde el Ejecutivo pero conserva un volumen político suficiente para disputar nuevamente el poder en el próximo ciclo electoral.
La hipótesis de la nota trasciende el debate sobre el empleo. Plantea que el conflicto político argentino actual consiste en definir qué significa «mejorar». Mientras una tradición política evalúa el desempeño económico mediante salarios reales, empleo formal y distribución del ingreso, el oficialismo busca instalar otros criterios —estabilidad macroeconómica, libertad de mercado y responsabilidad individual— como parámetros de éxito. En este contexto la disputa central es, por tanto, una lucha por el sentido de los indicadores económicos y por la legitimidad del modelo de sociedad que esos indicadores representan. La estabilidad política del gobierno no descansa sólo en la desaceleración inflacionaria o en su capacidad comunicacional, sino también en la fragmentación estructural que impone el modelo, tanto en el terreno laboral, social, productivo y de representación política, donde comienzan a convivir muy diversas realidades, sumamente heterogéneas. Una consigna movilizadora como «Cristina Libre», no es una consigna electoral, es un límite a la disolución del plexo nacional de la representación política: la reaparición de un sujeto opositor con capacidad de disputar simultáneamente el sentido de la economía, la democracia y la representación popular a pesar de la fragmentación estructural. productiva , laboral y de representación política con el marco institucional de la constitución reformada del 94 que ofrece una vía regia a la disolución del plexo nacional.
El artículo utiliza el caso del jet de Infantino como una metáfora del capitalismo global contemporáneo: el deporte deja de ser un espectáculo aislado para convertirse en un espacio donde se articulan intereses empresariales, diplomáticos y geopolíticos, cuestionando la idea de que el poder reside exclusivamente en los Estados nacionales. Es real.